La posición de un hijo de Dios es tan elevada que casi parece demasiado alta para ser cierta ¿Cómo podría uno imaginarse que un pecador, salvado por la maravillosa gracia de Dios, sea puesto en el lugar más alto a la vista de Dios? Sin embargo, ponga atención a estas palabras: En el Señor Jesucristo “habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad” (Colosenses 2:9, 10). ¡Estamos completos en aquel que tiene la preeminencia en todas las cosas! Estamos completos en aquel Jesús amado por el Padre, quien es adorado por todas las huestes del cielo. El creyente no tiene una aceptación limitada, antes bien ¡la posición más alta! El no es visto en la imperfección de las debilidades humanas, sino que es visto como “perfecto para siempre” (Hebreos 10:14). Ha sido hecho tan aceptable ante el Padre como el mismo Señor Jesús. ¡Qué asombrosa transformación! El que una vez estuvo muerto en delitos y pecados ahora ha sido colocado en Cristo (Efesios 2:1–7).
¿Cuándo ocurrió esto? Cuando un pecador escucha el evangelio de salvación, cree en él y confía en el Señor Jesucristo, es sellado en Cristo por el Espíritu Santo (Efesios 1:13). El Espíritu de Dios lo bautiza o lo incorpora plenamente dentro del Cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:13). En Cristo todos los creyentes son bendecidos con toda bendición espiritual que Dios puede dar (Efesios 1:3). En Cristo somos hechos justicia de Dios (2 Corintios 5:21). En Cristo somos amados y aceptados así como él porque estamos unidos a él. Gracia o favor inmerecido no nos es dado libremente, sino porque estamos en el Amado (Efesios 1:6). Como lo expresó el compositor: “Dios ve a mi Salvador y luego me ve a mí, aceptado y libre, en el Amado”.
Posición versus práctica
Para muchos es difícil entender estas gloriosas verdades. ¿Acaso el creer en ellas nos hará cesar todo esfuerzo espiritual para complacer a Dios? No, por el contrario, ellas están para despertar una maravillosa apreciación hacia el autor de “tan grande salvación”. Son para producir una vida en armonía con este ilustre llamamiento. Es por esta razón que libros tales como Efesios, exponen en sus primeros capítulos nuestra posición en Cristo y luego en el resto del libro nos exhortan a vivir de acuerdo a ese llamado. Nuestra posición es la manera en que Dios nos ve a causa de lo que Cristo ha hecho por nosotros; nuestra práctica es la forma en que vivimos diariamente. Y ¿qué de las diferentes amonestaciones, exhortaciones y correcciones para los creyentes? Estas tienen que ser comprendidas recordando que la posición en Cristo no es lo mismo que la práctica en la vida, aunque nuestra práctica debería de concordar cada vez más con nuestra posición. Compare lo siguiente:
| POSICION EN CRISTO | PRACTICA EN LA VIDA |
| Es inalterable por medio de la salvación de Dios (Colosenses 2:10) | Nuestra respuesta a tan grande salvación (1 Corintios 15:58) |
| Según la estimación de Dios hacia su Hijo (Colosenses 1:13) | Según nuestra apreciación hacia su Hijo (Juan 14:15, 21) |
| Eterna, inalterable (Efesios1:13, 14) | Temporal, variable (1 Corintios 3:1–3, 15) |
| Somos santos (Colosenses 3:12) | Debemos buscar la santidad (1 Pedro 1:16) |
| Somos perfectos (Hebreos 10:14) | Debemos buscar la perfección (Filipenses 3:12) |
| Somos justos (Filipenses 3:9) | Debemos hacer justicia (1 Juan 3:7) |
| Hemos muerto al pecado (Romanos 6:2) | Debemos considerarnos muertos al pecado (Romanos 6:11) |
| Somos elegidos por Dios (1 Pedro 1:2) | Debemos hacer firme nuestra elección (2 Pedro 1:10) |
Relación versus comunión
Otra forma de expresar esta diferencia es comparando la relación con la comunión. Cuando recibimos al Señor Jesús con verdadera fe nos convertimos en hijos de Dios. Somos renacidos por la Palabra de Dios (1 Pedro 1:23) por el Espíritu Santo (Juan 3:5, 6). Venimos a ser hijos de Dios, miembros de su familia divina (Romanos 8:16; 1 Juan 3:2). Esto es relación. El hijo que peca no es expulsado de la familia. Hay una ruptura en la comunión. Esto causa la disciplina de Dios cuando no hay una autocorrección inmediata (Hebreos 12:5–6). La disciplina de Dios puede implicar aflicción corporal y aun la muerte (1 Corintios 11:30–32). La autocorrección incluye confesión y abandono del pecado (Proverbios 28:13; 1 Juan 1:9; Salmos 32:5; 51:1–4). Cuando hay pecado se pierde el gozo de la salvación pero no la salvación en sí (Salmos 51:12). Relación no significa comunión. Posición no significa práctica. La confusión de ambos conceptos causa la confusión del alma y la contradicción de las Escrituras. La inconstancia en la vida diaria del creyente le hace dudar de su posición en Cristo al pensar erróneamente que la salvación tiene que ver con las obras que el hombre realiza para Dios. La Escritura nos enseña que la salvación es la obra de Dios por nosotros. La salvación es por gracia (Efesios 2:8), por fe (Gálatas 2:16) y es el don gratuito de Dios (Romanos 6:23; Apocalipsis 22:17). La paz con Dios se obtiene únicamente mediante la sangre de su cruz (Colosenses 1:20). Ningún esfuerzo humano puede añadirse a esta obra misericordiosa de Dios en nuestras almas (Tito 3:5). La obra de Dios en nosotros traerá como resultado buenas obras (Efesios 2:10; Tito 3:8). El permanecer en Cristo trae frutos para su gloria (Juan 15:1–16). Una vida consagrada tiene recompensas futuras (1 Corintios 3:10–15). Sólo la fe en Cristo forma la base para nuestra posición y permanencia en él.
Aspectos de la doctrina posicional
La posición del creyente en Cristo se expone desde muchos puntos de vista. Una atenta consideración a cualquiera de ellos nos convencería de una posición, lo cual es algo más que un desafío; entenderíamos plenamente el por qué de la invitación de Dios a acercarnos a su trono con libertad y en plena certidumbre (Hebreos 10:19–22). Mientras examinamos cada declaración de Dios, notamos que ninguna de ellas tiene algo que ver con nuestros sentimientos. Cada declaración es una revelación de la Palabra de Dios y tiene que ser creída porque Dios lo dice así, y no por los estímulos emocionales interiores. Considere estas bendiciones espirituales que nos son concedidas tan bondadosamente en Cristo.
1. PERDON DE PECADOS. Hoy, un sin número de personas están oprimidas bajo un peso de culpabilidad delante de un Dios santo. Pero, con mucho consuelo, leemos que en Cristo “tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados” (Colosenses 1:14). Aun los profetas del Antiguo Testamento proclamaron la remisión de pecados sobre el fundamento de la fe (Hechos 10:43). Pecados tan rojos como el escarlata son blanqueados tanto como la nieve (Isaías 1:18), son desechos como una nube (Isaías 44:22), y alejados del creyente así como lo está el oriente del occidente (Salmos 103:12). El Cordero de Dios es quien quita el pecado del mundo (Juan 1:29). Cuando tenemos redención por su sangre, entonces tenemos perdón de pecados (Efesios 1:7; Colosenses 1:14; 1 Juan 1:7; 2:12). El “nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su sangre” (Apocalipsis 1:5). ¿Cómo podemos leer estos versículos y dudar que Dios nos ha perdonado completamente por causa de Cristo? Nuestros pecados nunca más serán recordados (Hebreos 10:17). El creyente confiesa sus pecados para restaurar su comunión rota con Dios (1 Juan 1:9); no para establecer una relación. Como creyentes, buscamos el perdón de un Padre Celestial y no el indulto de un Juez santo.
2. JUSTIFICACION. Este es un acto divino por el cual un Dios santo declara justo delante de él al pecador que cree en Cristo, y le absuelve de toda culpa sin haber mérito alguno. Esto se realiza gratuitamente por su gracia (Romanos 3:24). Es una declaración de Dios, y no algo experimental (Romanos 4:4–25). La justificación se obtiene por fe, no por el esfuerzo humano (Romanos 5:1; Gálatas 2:16; 3:11). Está solamente sobre el fundamento de la sangre de Cristo (Romanos 5:9). Cuando Santiago 2:14–24 habla de la justificación por obras, quiere decir que la fe se manifiesta con actitudes externas y de este modo demuestra la realidad de su fe delante de otros. La justificación no significa “hacernos justos”, sino “declarar” que somos justos. Es una acción significativa de Dios que viene a ser como una imputación o pago de cuenta en lugar de otro. Esta es su divina forma de hacer cuentas. Dios atribuyó, cargó o echó sobre Cristo nuestros pecados (Isaías 53:5, 6; 1 Pedro 2:24). Por otro lado, reconoció para el creyente la justicia de Dios (Romanos 3:22; 2 Corintios 5:21). Es la única clase de justicia que nos hace aceptables ante su presencia (Filipenses 3:9; cf. Isaías 64:6). Así, nos colocamos ante la presencia de Dios completamente limpios de toda culpa y revestidos con su justicia. Nos mantenemos delante de él sin acusación alguna porque estamos en Cristo Jesús (Romanos 8:1).
3. SANTIFICACION. La palabra raíz se usa en formas como “santidad”, “santificar” y “santos” (literalmente “sagrados”). Significa “apartados”. Dios nos ha separado en Cristo (1 Corintios 1:30) para sus propios propósitos eternos y sagrados. Todo creyente es santificado en Cristo y por esa razón es llamado santo (1 Corintios 1:2; Efesios 1:1; Filipenses 1:1). Aunque los corintios tenían pecado entre ellos, eran santos. Puesto que todos los creyentes allí eran justificados, entonces estaban también santificados (1 Corintios 6:11). Fue una obra del Espíritu Santo basada en la sangre de Cristo (1 Pedro 1:2). Los creyentes están llamados a ejercer su posición en Cristo. De este modo, el Señor Jesús oró por la santificación de sus discípulos (Juan 17:17). En Cristo todos somos eternamente santificados. No obstante, somos exhortados a ser santos (1 Pedro 1:15).
Estas profundas bendiciones dadas por nuestro Dios bondadoso deben llenarnos a cada uno de nosotros con una devoción que nunca se apaga. Debemos estar ocupados con la gloria del Señor (2 Corintios 3:18). Tornarnos a nuestros pensamientos, ideas, basándonos en nuestros sentimientos es tener una visión errada. Antes bien, debemos gloriarnos en él (1 Corintios 1:31; 2 Corintios 4:6, 7). Mientras nos enfoquemos en Cristo, nuestro Señor resucitado, nuestros corazones se llenarán de amor y adoración a él, el digno Cordero de Dios (Apocalipsis 5:9–13).
