Fue una escena conmovedora la reunión de Jesucristo con sus discípulos, encuentro que se conoce como “La última Cena”. Ocurrió en la noche que Cristo fué traicionado y en la víspera de su muerte. Son millones las personas en todo el mundo que reconocen al instante la escena, en las distintas formas que el arte cristiano la ha plasmado. Los primitivos creyentes la dejaron impresa sobre los muros de las catacumbas romanas, tal como la tenían grabada en su memoria. Fue en la noche de la Pascua Judía que el Señor Jesús introdujo algo totalmente nuevo. Tomó un pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: “Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mateo 26:26–28). Marcos y Lucas también registran este incidente en sus evangelios (Marcos 14:22–25; Lucas 22:14–20).
Nombres de la Cena
Recibe el nombre de La Cena del Señor (1 Corintios 11:20) ya que fue El quien la convocó, y es El quien la preside. “La mesa del Señor” (1 Corintios 10:21) tiene un significado más amplio e incluye toda su provisión para su pueblo, y no solamente la Cena. La fiesta es llamada la Comunión (1 Corintios 10:16), debido a que hay un compartir en común o comunión con Cristo y unos con otros cuando participamos. Recibe el nombre de Partimiento del Pan (Hechos 2:42; 20:7; 1 Corintios 10:16) debido a que refleja la manera sencilla de una comida ordinaria en la que la frase sería generalmente usada. Muchos hablan de recordar al Señor debido a su mandato que se expresó de esta forma. Hay otros que han usado la expresión eucaristía, que significa “acción de gracias”, por cuanto El dio gracias por los elementos (Mateo 26:26), pero no recibe este nombre en las Escrituras.
Ciertas iglesias aplican la palabra “sacramento” a la Cena. Esto provino del juramento romano de fidelidad al unirse al ejército (sacramentum). El significado posterior de este vocablo se ha apartado considerablemente de esta idea. Hay iglesias que consideran que un sacramento significa un rito por el que Dios confiere su gracia (“un medio de gracia”) y que tiene propiedades sobrenaturales que pueden hacer algo por el participante. Algunos creen que está ligado al perdón de los pecados. Sin embargo, no hay ninguna enseñanza de este tipo en la Biblia. Los que enfatizan la idea sacramental se hallan en contraste con aquellos que ven la fiesta como una conmemoración o memorial en el que los símbolos reflejan (en lugar de conferir) realidades espirituales. Es bueno recordar que los sacrificios de animales del judaísmo jamás quitaron los pecados, sino que eran sólo una anticipación de la sangre que el Señor Jesús derramó sobre la cruz. Sólo su sangre pudo quitar los pecados (Hebreos 9:12–14).
Antecedente histórico de la Cena
La Cena del Señor fue instituida en la noche de la Pascua Judía. 1500 años antes, la mano de Dios había liberado a Israel de la esclavitud en Egipto. Bajo sus órdenes, sacrificaron un cordero sin defecto y aplicaron la sangre a los postes de sus puertas como protección contra el juicio que iba a caer sobre toda la tierra (Exodo 12). Cada detalle de la fiesta, ordenada para su perpetua observancia, tenía un profundo significado. Apuntaba al gran sacrificio que les protegería verdaderamente del juicio de Dios al quitar el pecado del mundo. Dios había dispuesto su Cordero desde mucho antes (Génesis 22:8; Isaías 53:7). Jesús fue saludado por Juan el Bautista como “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Uno de sus títulos gloriosos es El Cordero (Apocalipsis 5:6, 12). El fue el cumplimiento de la fiesta de la Pascua: “Nuestra Pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros” (1 Corintios 5:7). La antigua fiesta era sólo una sombra de un cumplimiento mayor que habría de venir (Colosenses 2:17; Hebreos 10:1).
Cada judío piadoso observaba fielmente la Pascua (Mateo 26:17). Era un recuerdo de su redención. Durante la cena con sus discípulos, Jesús introdujo la observancia memorial del pan y del vino. A partir de entonces esta celebración iba a traer a la memoria de los creyentes su cuerpo entregado y su sangre derramada por la salvación de ellos. Debía ser para los cristianos lo que la Pascua era para los judíos. Para Dios, tomó el lugar de la Pascua. Israel tenía muchas ceremonias, pero la iglesia cristiana recibió sólo una observancia colectiva.
El Señor Jesús le comunicó directamente al apóstol Pablo la importancia de lo que había sido entregado a los creyentes para que lo practiquen. Jesús dijo: “Haced esto en memoria de mí” (1 Corintios 11:23–25). La Cena del Señor vino a ser una parte regular de su adoración (Hechos 2:42, 46). La iglesia primitiva mantuvo su observancia una vez a la semana como el centro de sus reuniones (Hechos 20:7). Se celebraba en el día de la Resurrección (el domingo). Los denominados “padres” de la iglesia primitiva, los líderes de entonces, señalaron que se celebraba cada Día del Señor o domingo (Justino Mártir y la Didache o Enseñanza de los Doce).
Celebración de la Cena
1. ¿QUIEN PUEDE PARTICIPAR? Ciertamente si la Pascua era sólo para los judíos (Exodo 12:43), la Cena del Señor es sólo para los cristianos. Fue para los “suyos” que el Señor instituyó la fiesta en primer lugar. Fueron los discípulos los que empezaron a partir el pan en memoria de El después de su resurrección. Además, la Cena es para cristianos preparados. Había creyentes que eran descuidados acerca de su condición espiritual cuando participaban, y se les advirtió del juicio de Dios (1 Corintios 11:18–31). Los creyentes debían excluir a los que persistían en pecado sin juzgarlos (1 Corintios 5:12, 13) así como a aquellos que mantuvieran doctrinas que minaran el evangelio o la persona de Cristo (2 Juan 9, 10; Gálatas 5:12, 13). Expresado de una manera afirmativa, todos aquellos que confiesen a Cristo como Señor y Salvador y que tienen un comportamiento coherente con esta fe, debieran ser admitidos a la Cena.
2. ¿CUAL ES EL PROCEDIMIENTO? Tenemos el ejemplo del Señor al establecer este memorial como nuestro modelo principal. Parece haber estado caracterizado por la sencillez en lugar de constituirse en una ceremonia elaborada. Cristo no especificó ninguna norma ni procedimiento fijos. El aposento alto no era casa de culto adornada con un altar esmerado. Sólo El presidió la reunión. Los elementos fueron simplemente el pan y la copa, dos elementos muy comunes de la mesa. No es necesario algún tipo de pan especial, aun cuando evidentemente se usó el pan sin levadura en aquella ocasión. Lo que se destaca con esto es que estemos personalmente puros (sin levadura) cuando observemos la fiesta, no el tipo de pan que se emplee (1 Corintios 5:6–8). La copa contenía “el fruto de la vid” (Marcos 14:36; Mateo 26:29). Hasta qué punto este extracto pudiera estar fermentado o mezclado con agua, se discute también en un debate sin fin. Las Escrituras no especifican nada. Lo importante es que veamos que el pan y la copa tipifican el cuerpo y la sangre del Señor Jesús. Tenemos que ocuparnos de El, no de la naturaleza de los símbolos materiales. Cada uno de los discípulos tomó algo del pan y participó de la copa. La sección de 1 Corintios 14:26–34 parece ser una ampliación de lo considerado en 1 Corintios 11 en cuanto al tipo de reunión a la que asistían los creyentes cuando había partimiento del pan. Se indica la participación de varios de los hermanos. Se subraya la necesidad de orden y no de confusión. A menudo había una comida de hermandad asociada con la observancia.
3. ¿COMO DISCERNIMOS EL CUERPO DEL SEÑOR? (1 Corintios 11:29) Evidentemente, deberíamos conocer el significado de los elementos por el testimonio que ellos dan de la obra del Señor Jesús en la cruz, cuando El quitó nuestros pecados por el sacrificio de sí mismo (Hebreos 9:26). Debiéramos examinar nuestras vidas antes de participar (1 Corintios 11:28–32). Hay quienes han relacionado erróneamente con la Cena las palabras que el Señor dijo acerca de comer su carne y beber su sangre (Juan 6:53). Pero esta afirmación no se refiere a la Cena, sino a la apropiación espiritual de Cristo por parte del creyente en la plena suficiencia de su obra salvadora. La afirmación: “Este es mi cuerpo”, es similar a sus palabras: “Yo soy la Puerta”. En ambas se usa un lenguaje figurado, y se hallan entre otras muchas afirmaciones de este tipo. Examinaremos ahora algunas enseñanzas religiosas erróneas, que sugieren unas transformaciones milagrosas en relación con los elementos:
a. Transubstanciación. Este punto de vista mantiene que los elementos se convierten en el mismo “cuerpo, alma y divinidad de Cristo”. Esta “presencia real de Cristo” significa que los comulgantes están comiendo su cuerpo literalmente. Se enseña que el sacrificio del Calvario se repite con cada observancia y que se ofrece por los pecados de los vivos y de los muertos. Hebreos 10:10–18 niega esta idea insistiendo en que hay un sólo sacrificio por los pecados, que nunca puede volver a ser ofrecido. El sacrificio está acabado y consumado.
b. Consubstanciación. Esto significa que el pan y el vino no sufren cambio, pero que, en una manera que no puede ser plenamente explicada, la sustancia material del cuerpo de Cristo está presente y es comunicada a aquellos que participan. No hay ningún pasaje de las Escrituras que enseñe tal cosa.
c. Impanación. Este punto de vista, enseña que el participante recibe a Cristo en la Cena debido a que “Cristo transfunde su vida en nosotros, tal como si penetrara nuestos huesos y tuétanos” cuando tomamos la comunión (Calvino). Esto tampoco tiene base en las Escrituras.
4. ¿QUE CUMPLIMOS AL PARTIR EL PAN? Si no hiciéramos nada más, estaríamos cumpliendo la petición amante del Señor antes de su muerte y mostrando que le amamos al hacerlo así. Esto está muy lejos del legalismo. También deberíamos adaptarnos a la práctica apostólica. Juntos, como creyentes, le recordamos según la manera que El prefiere, no según nuestras preferencias. Nos gozamos en el hecho de que El ha traído a la luz la vida y la inmortalidad mediante el evangelio, y en que nosotros hemos sido incluídos. Compartimos personal e individualmente como miembros de la comunidad de los creyentes, cuando participamos de los elementos. Nuestra unidad queda expresada en el pan que comemos (1 Corintios 10:17). La copa habla de la comunión o de la común participación (1 Corintios 10:16). Somos uno con El, como El lo es con nosotros, en todo lo que El ha cumplido. Compartimos sus sentimientos en cuanto al pecado y a la justicia. Cada vez que comemos el pan y bebemos la copa, anunciamos la muerte del Señor (1 Corintios 11:26). La fiesta es un mensaje de salvación. La duración se describe con la expresión: “hasta que El venga”. Cada conmemoración tiene la posibilidad de ser la última antes de su retorno.
Preparación para la Cena
La preparación para la Pascua en el Antiguo Testamento involucraba muchas cosas. Todos los detalles eran tomados en cuenta. Nosotros debiéramos hacer lo mismo.
1. EXAMEN. La verdadera preparación para la Cena del Señor empieza con el examen de uno mismo (1 Corintios 11:28–32). Esto es para prepararnos, no para impedir que participemos. Uno debería en primer lugar examinar su propia relación con el Señor, y confesar todo pecado conocido. Después debería considerar su relación hacia otros (especialmente otros cristianos). Se debería tratar de solucionar problemas pendientes con otros creyentes antes de participar de la fiesta (Mateo 5:23, 24). Las Escrituras hablan en contra de la falta de un autoexamen, advirtiendo de la acción divina en caso contrario. En la iglesia de Corinto, había personas enfermas y otras habían muerto como resultado de la negligencia de los creyentes en esta área.
2. MEDITACION. Si nos hemos estado entreteniendo en plan de recreo y conversando acerca de temas no relacionados directamente con el Señor antes de venir a la fiesta, nuestra preparación ha fallado. La lectura de la Palabra de Dios, el cantar cánticos espirituales y el compartir con creyentes u otros miembros de la familia acerca del Señor Jesús, son siempre formas de pasar el tiempo preparando el momento de recordarle. Evidentemente, sólo podemos llevarle aquello que ha sido preparado con antelación. David dijo: “No ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada” (2 Samuel 24:24). La celebración de la Cena del Señor quedará liberada de la rutina mortífera cuando nos hayamos preparado de antemano.
Conclusión
La adoración es la suprema responsabilidad y privilegio del creyente (Juan 4:23; Lucas 10:41, 42). Ofrecemos sacrificios espirituales como sacerdotes (1 Pedro 2:5). La conmemoración regular del Señor como El nos mandó, debiera tener preferencia sobre las actividades recreativas, las reuniones familiares y otras obligaciones. Como parte vital del sacerdocio del creyente, tenemos oportunidad, durante la comunión, de ofrecer el sacrificio de alabanza, el fruto de nuestros labios a Dios (Hebreos 13:15). Presentamos ofrendas materiales a Dios como un acto de adoración (Filipenses 4:17, 18). Finalmente, debiéramos ofrecer renovadamente nuestros cuerpos como sacrificio vivo (Romanos 12:1, 2).
El Señor Jesús dijo: “Haced esto en memoria de mí”.
