Los que se están ahogando, muriendo, en peligro, o en angustia, pocas veces tienen dificultad en clamar a Dios. Es algo tan natural como respirar. Tampoco parece haber en esos casos tanta inclinación a las repeticiones mecánicas ni a las oraciones formales pronunciadas por rutina. En estas circunstancias la oración no es un deber aburrido observado con prisa para dar alivio a la conciencia. Lo que hay es sencillamente un clamor desesperado a Dios, que brota de una profunda carga de necesidad personal que sólo El puede aliviar. “¡Oh, Dios, por favor, ayúdame!”, es el clamor de aquellos que ya no están demasiado ocupados, que no se sienten muy auto suficientes, ni demasiado infieles para orar. No buscan a alguien que les enseñe a orar. Sencillamente, oran. Los cristianos confiesan comúnmente que su vida de oración es la parte más débil de su vida espiritual normal. Admiten que el éxito en la obra espiritual depende de la oración, y que el fracaso es resultado principal de la falta de oración. Sin embargo, aunque casi todos ellos oran, son pocos los hombres de oración.
La escuela de oración del Señor
Los discípulos se dieron cuenta de esta falta en ellos mismos. “Señor, enséñanos a orar” –dijeron– “como Juan enseñó a sus discípulos” (Lucas 11:1). La petición ocurrió en una ocasión cuando ellos vieron a Cristo orando. El Señor se levantaba temprano, antes del amanacer, para buscar el rostro del Padre (Marcos 1:35). En ocasiones pasaba toda la noche en oración (Lucas 6:12). Oraba por el bien de ellos y de otros (Juan 17). Para El la oración no era una medida de emergencia, sino una manera de vivir. El quería que ellos oraran, y dijo que debían hacerlo sin fatigarse ni desanimarse (Lucas 18:1). Su escuela de oración estaba reflejada en sus palabras y en el ejemplo de su vida. El dijo: “Pedid, y se os dará; buscad, y halleréis; llamad, y se os abrirá” (Mateo 7:7). La fuerza de la apelación se expresa en el sentido de una acción continua con una intensidad creciente. Pedid y seguid pidiendo. Buscad, y seguid buscando. Llamad, y seguid llamando. Ilustró esta enseñanza con la historia de un amigo importuno llamando persistentemente a una puerta a la medianoche (Lucas 11:5–9).
Dios siempre ha invitado a los creyentes a que le invoquen libremente (Jeremías 33:3). El Señor Jesús amplió e intensificó esto, ligándolo a su propia persona: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (Juan 15:7). Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará … pedid, y recibiréis para que vuestro gozo sea cumplido” (Juan 16:23, 24). La invitación es casi increíble, pero Dios no puede mentir (Tito 1:2). Dejar de creer lo que El dice es hacer de El un mentiroso (1 Juan 5:10). Dios es veraz, aun cuando cada hombre mortal sea mentiroso (Romanos 3:4). R. A. Torrey dijo: “Orar es ir al banco… que tiene mayor capital que cualquier banco en el universo, el Banco del Cielo”.
Conversando con Dios
¿Qué es la oración? Sobre este tema hay varios puntos de vista populares, pero incorrectos. Hay quienes consideran a la oración solamente como una actividad psicológica. Ciertos centros médicos han señalado los efectos de la oración sobre el bienestar emocional de pacientes en estado terminal, la remisión de ciertas enfermedades y la aceleración de la curación. Creen también que tiene efectos sicosomáticos sobre el cuerpo. Otros consideran la oración como una muleta emocional. Dicen: “Si piensas que te es de ayuda, está muy bien”. Los hay que clasifican la oración como una superstición. Es poco el conocimiento que tienen del Dios de la Biblia. Para ellos la oración es como la práctica de la magia: funciona igual si la usa el brujo como el sacerdote o el embaucador religioso. Otros le hablan a Dios, en lugar de hablar con Dios. Así ocurre con los que “recitan sus oraciones” meramente como un ejercicio rutinario. Ninguna de estas ideas abarca el concepto de comunicación con el verdadero Dios de una manera inteligente, consiguiendo la liberación de su poder. Estos puntos de vista no reconocen a Dios como Aquel que oye, interviene y actúa como resultado de la oración.
La oración es una conversación directa con Dios, basada en la revelación que El hace de sí mismo en las Escrituras, con unos principios o leyes espirituales que gobiernan el acceso y la respuesta. Es levantar el alma a Dios (Salmo 25:1); es clamar con profundo sentimiento (Exodo 2:23; Salmo 5:2; 18:6). Cameron Thompson ha escrito: “La oración es el presentar nuestra impotencia y la de otros en el nombre del Señor Jesucristo ante la mirada amante de un Padre que conoce y comprende, que se preocupa y que da respuesta. La oración es el respirar y el gemir de un espíritu que busca a Dios. Es aferrarse al deseo de acercarse a Dios, en lugar de tratar de vencer nuestra falta de disposición y voluntad”. La oración ha sido llamada “la llave que abre la cerradura de la tesorería de Dios”. No se trata de darle a conocer nuestras necesidades, porque El las conoce antes de que le pidamos (Mateo 6:8; Lucas 12:30). No se trata de alterar sus propósitos eternos, sino de orar en armonía con ellos. El elige obrar a través de nuestras oraciones, así como elige obrar a través de nuestra fe. Las oración es, de hecho, una actividad de fe genuina. Asombrosamente, es el medio por el que se nos permite aferramos a Dios (Isaías 64:7). Algunas veces nos vemos inclinados a pensar en la oración sólo como la forma de pedir. Pero tiene horizontes mucho más amplios. ¿Qué conversación o comunión podría dedicarse totalmente a pedir? Aquí tenemos los principales aspectos de la oración:
1. ADORACION. “Entrad… por sus atrios con alabanza”, se nos exhorta en el Salmo 100:4. ¿Cuál es la mejor forma de entrar a la presencia de Dios? “Alabad a Jehová”, o su equivalente hebreo, Aleluya, es una frase característica de los Salmos. Jesús enseñó a la mujer de Samaria que Dios busca adoradores (Juan 4:23). La adoración se centra en lo que Dios es en sí mismo, no en lo que El hace por nosotros, distinción ésta que la mayor parte de los creyentes han perdido de vista. Involucra el dar a Dios, en lugar de recibir de Dios (Salmo 96:8). María cantó: “Engrandece mi alma al Señor” (Lucas 1:46). Magnificar es hacer grande, hablar con orgullo de alguien (Salmo 34:3). Estudie los atributos de Dios para dar sustancia a su alabanza.
2. ACCION DE GRACIAS. Lo que acompaña a la alabanza cuando entramos en la presencia de Dios es la acción de gracias (Salmo 100:4; 95:2). A pesar de las muchas bendiciones del Señor, el mundo perdido vive en un estado de ingratitud (Romanos 1:21). En una ocasión, Jesús sanó a diez leprosos a la vez, pero sólo uno de ellos fue a darle las gracias. El preguntó: “¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?” (Lucas 17:17). Debiéramos revisar nuestras muchas bendiciones cuando venimos delante del Señor y “contarlas una a una”. Hay las bendiciones físicas de la salud y de las provisiones diarias, y las bendiciones espirituales en el Señor y en las comunión de su pueblo. Hay, incluso, dificultades, pero Dios está obrando por medio de ellas para nuestra bendición (Romanos 8:28). Se nos dice: “dad gracias en todo” (1 Tesalonicenses 5:18; Efesios 5:20). La acción de gracias prepara el camino para más bendiciones.
3. CONFESION. Nuestro Dios es un Dios santo, y todo aquello que contamina nuestros pensamientos o acciones es una barrera para la comunión y para nuestras oraciones (Salmo 66:18). Estos pecados tienen que ser confesados y abandonados (Proverbios 28:13). Tenemos que ser honrados ante Dios acerca de nuestro fracaso en hacer lo que debiéramos haber hecho, así como acerca de nuestros pensamientos o acciones pecaminosas. El salmista clamó: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón” (Salmo 139:23). Necesitamos tener corazones limpios a fin de poder caminar con el Santo Dios. La cercanía a Dios acentúa la conciencia de pecado (Isaías 6:5). Cuando haya confesado honestamente sus pecados y faltas, acepte su perdón (1 Juan 1:9).
4. INTERCESION. La preocupación por otros y la convicción de que la oración hace que las cosas cambien, nos hará ir a Dios en oración. La intercesión ha sido denominada “oración con nombres”. Moisés era un poderoso intercesor ante Dios. Quedamos con la clara impresión de que sus oraciones tuvieron algo que ver con el hecho de que su hermana Miriam y la nación de Israel no quedaran sujetas al juicio consumidor de Dios (Números 12:1–13; Exodo 32:7–14). Nuestro Señor sigue intercediendo diariamente por nosotros a la diestra del Padre (Hebreos 7:25). Las cartas del Nuevo Testamento están llenas de intercesiones por iglesias e individuos. Los intercesores serios tienen listas de oración que presentan ante el Señor. Los inconversos que viven a nuestro alrededor, los enfermos y los que están sufriendo, tienen necesidad de nuestras oraciones. Otras grandes necesidades, como los que están trabajando en el campo misionero, debieran también ocupar nuestra atención.
5. PETICION. Las necesidades diarias deben ser puestas ante el Señor (Mateo 6:11), pero no debemos angustiarnos por ellas (Mateo 6:25–34). Los asuntos espirituales son importantes, por ejemplo pedirle al Señor que nos dé entendimiento de su Palabra (Salmo 119:34), o buscar ser liberados de iniquidad o de la opresión de los hombres (Salmo 119:113, 134). Necesitamos sabiduría para las actividades de cada día y para decisiones importantes. El, que sabe cuando cae un pajarillo a tierra, y que tiene los cabellos de nuestras cabezas contados, no considera que ningún tema sea demasiado insignificante para la oración (Mateo 10:29–31).
Condiciones de la oración
La oración debe ser hecha en verdad, según los principios, condiciones o leyes de la oración. Estos están descriptos en las Escrituras, y pueden variar en conformidad a lo que imaginamos, creímos o aprendimos en los días de nuestra niñez. Cuando oramos conforme a la verdad de Dios, podemos esperar confiadamente que Dios responda. Es bueno recordar que la oración es un privilegio concedido por Dios. No es un derecho. Dios acepta al espíritu contrito y humilde, no al espíritu exigente y quejumbroso (Isaías 66:2; Salmo 51:17). La soberbia o la arrogancia, en cualquiera de sus formas, es algo muy ofensivo para El (1 Samuel 2:3; 15:23).
1. EL PRIVILEGIO DEL HIJO DE DIOS. Los creyentes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús, y no de otra manera (Gálatas 3:26). Todos los hijos de Dios tienen al Espíritu Santo morando en ellos. Todos los inconversos son hijos de desobediencia y de ira (Efesios 2:1–3). Podemos entrar confiados en la presencia de Dios, pero sólo por la sangre de Jesucristo (Hebreos 10:19). Esto no es, en ninguno de los sentidos, el derecho de cualquier persona. Jesús dijo que no es justo dar el pan de los hijos a los de afuera (Mateo 15:26; Marcos 7:27). La oración tiene que ser en el nombre de Jesús (Juan 14:13, 14; 15:16; 16:23–26). Nadie puede venir a Dios excepto a través de El (Juan 14:6). Dios es glorificado en su Hijo. Esto no niega el derecho de Dios de responder a cualquier persona, si El así lo decide, pero el derecho pertenece a Dios, no al hombre. En nombre de Jesús no es una frase mágica que se adjunta al final de la oración. Más bien, indica sobre qué base nos allegamos a Dios, que estamos llevando ante El aquello que está de acuerdo con su carácter y sus deseos, hasta donde es posible determinarlo. Idealmente, orar en el nombre de Jesús es invitar al Espíritu de Cristo a que controle todo lo que oramos a Dios. ¡Vayamos, pues, con confianza a El en oración! (Efesios 3:12).
2. EL PRIVILEGIO DE LOS QUE CREEN. Es muy poca la fe que se muestra en Dios cuando sólo se va a El en oración después de tratar todas las otras formas, y ver que han fracasado. El que ora con dudas acerca de la verdad de las promesas de Dios con respecto a la oración, deshonra a Dios. Quien así procede, recibe el nombre de persona “de doble ánimo”. “No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor” (Santiago 1:7). El Señor reprochó a sus discípulos incrédulos que no se apropiaron de su poder (Mateo 17:17; Lucas 9:41). La duda funciona como un cortocircuito, no dejando que Dios haga sus grandes obras (Mateo 13:58). Una fe tan pequeña como un grano de mostaza, cuando es situada en el objeto correcto, Dios y su Palabra, es una fe que mueve montañas (Mateo 17:20). El Señor en ocasiones le preguntaba a la gente si creían que El podía hacer lo que ellos pedían. Cuando ellos decían que sí, El contestaba: “Conforme a vuestra fe os sea hecho”, y los creyentes vieron los resultados (Mateo 9:28–30). “Al que cree todo le es posible”, le dijo a un padre suplicante. El padre replicó: “Creo; ayuda mi incredulidad” (Marcos 9:23, 24). Jesús liberó al niño, contestando también la oración del hombre. El centurión sabía poco acerca de la oración, pero su fe estaba puesta en la persona correcta (Lucas 7:2–10). Es imposible, no meramente difícil, complacer a Dios sin fe (Hebreos 11:6). ¿Espera usted una respuesta? Si no, no se preocupe en pedir. Acudamos creyendo, con la oración de fe (Santiago 5:15).
3. EL PRIVILEGIO DE LOS QUE ESTAN DISPUESTOS. La voluntad buena y perfecta de Dios bendice a aquellos que entregan sus cuerpos a El (Romanos 12:1, 2). Cuando aceptamos por adelantado su voluntad, entonces podemos orar de acuerdo con ella (1 Juan 5:14, 15). ¿Cómo podemos conocer su voluntad en asuntos que no están expresamente tratados en las Escrituras? La voluntad de Dios está revelada en las claras promesas de las Escrituras, en las que nos podemos apoyar, en los principios que podemos seguir; en mandatos que podemos obedecer y en advertencias a las que podemos prestar atención. Cuando pedimos según la voluntad de Dios, no seremos egoístas ni pediremos mal (Santiago 4:3). ¿Qué diremos de las oraciones por aquellos que no conocen al Señor? Podemos orar por los incrédulos porque el quiere que todos sean salvos (2 Pedro 3:9; 1 Timoteo 2:4). Hay una relación estrecha entre las oraciones de los creyentes y la salvación de los perdidos. ¿Y las oraciones por los enfermos? ¿Podemos creer que El los curará a todos si oramos? Algunos de los queridos hijos de Dios están convencidos de que así es. Sin embargo, tenemos que considerar la experiencia de Pablo (2 Corintios 12:8, 9), de Trófimo (2 Timoteo 4:20), Epafrodito (Filipenses 2:25–30), Timoteo (1 Timoteo 5:23) y otros, todos los cuales tuvieron enfermedades a pesar de que eran buenos cristianos. Si la sanidad fuera el derecho de cada hijo de Dios, ninguno moriría de enfermedad alguna. Cristo sanó a muchos, como también los apóstoles. Son multitudes las que desde entonces han sido sanadas en su nombre. La oración de fe puede todavía liberar a los enfermos (Santiago 5:15). Si ante el Señor tenemos una convicción de que es su voluntad la curación de alguien, podemos orar conforme a ello. ¿Y qué diremos de las oraciones en relación a las decisiones circunstanciales, por ejemplo: dónde vivir, trabajar, viajar y servir al Señor? (Santiago 4:13–15). ¿Estamos dispuestos a hacer su voluntad? (Lucas 22:42). ¿Aceptaremos algunos consejos piadosos? (Proverbios 11:14). ¿Estamos dispuestos a esperar hasta que tengamos paz acerca de una decisión? ¿Estamos dispuestos a actuar de acuerdo a sus planes y deseos? (Mateo 6:33). Si es así, El nos guiará (Proverbios 3:5, 6). Estemos siempre dispuestos a hacer su voluntad (Juan 7:17).
4. EL PRIVILEGIO DE LOS OBEDIENTES. Ya hemos hecho referencia a la necesidad de ser puros ante los ojos de Dios. El pecado transforma el cielo en bronce (Deuteronomio 28:23), pero la obediencia positiva en cada área conlleva la promesa de la bendición de Dios (Isaías 1:19; Jeremías 7:23). El Señor Jesús fue obediente en cada aspecto de su vida. Cuando habló del Padre, dijo: “…yo hago siempre lo que le agrada” (Juan 8:29). Permanezcamos en El a fin de poder recibir todo aquello que le pidamos (Juan 15:7).
Respuestas a la oración
¿Oirá Dios siempre nuestras oraciones si cumplimos estas condiciones? La respuesta es: sí. Tenemos que recordar que las respuestas de Dios vienen de varias formas. Lehman Strauss define cuatro de ellas como respuestas directas, respuestas tardías, respuestas diferentes y respuestas negadas. A éstas, podrían añadirse respuestas dañinas, que son aquellas peticiones que no debieramos hacer.
1. RESPUESTAS DIRECTAS. Se pueden apreciar, por ejemplo, en la liberación de Pedro de la prisión mientras la iglesia oraba (Hechos 12:5–11), o en la oración de Elías, que en primer lugar cerró los cielos, y después los abrió (Santiago 5:17, 18). El salmista se regocijó de que Dios respondiera a sus oraciones (Salmo 116:1, 2).
2. RESPUESTAS TARDIAS. Pueden ser ilustradas en la petición de millones de creyentes en relación al regreso del Señor Jesús (Apocalipsis 22:20). El tiempo no ha llegado todavía. María y Marta pidieron al Señor Jesús que se apresurara a volver y sanar al hermano de ellas, pero El tardó en llegar hasta que Lázaro murió (Juan 11:3–6, 14, 15). Esta circunstancia le permitió al Señor realizar un milagro aún más grande, al resucitarle de entre los muertos. Esperar en el Señor a menudo no es fácil, pero vale la pena (Salmo 69:3; 37:7, 9, 34).
3. RESPUESTAS DIFERENTES. Son oportunidades para que Dios reemplace nuestras peticiones por una respuesta mejor. El Señor tenía algo mejor para Pablo que librarlo del aguijón en su carne. Era su gracia sustentadora (2 Corintios 12:7–9). La oración del Señor Jesús en Getsemaní fue: “Si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39.) La respuesta del Padre tuvo como resultado la salvación de millones de perdidos mediante la sangre vertida por su Hijo.
4. RESPUESTAS NEGADAS. Son ilustradas por la petición de Elías cuando le dijo a Dios que quería morirse (1 Reyes 19:4, 5), en un momento de desesperanza y debilidad. En lugar de ello, fue fortalecido y restaurado. Los discípulos sugirieron hacer bajar fuego del cielo para consumir un pueblo de samaritanos (Lucas (9:54), pero el Señor había venido a salvarlos, no a destruirlos.
5. RESPUESTAS QUE PERJUDICAN. Se ven en la petición quejumbrosa por un rey (1 Samuel 8:5–18), lo cual era un rechazo a Dios, y también en el deseo de Ezequías de posponer su muerte (2 Reyes 20:1–6), que resultó en días de tragedia (20:12–19). El hecho de que sea posible que Dios nos conceda nuestra petición, y con todo enviar “mortandad”, debiera llevamos a vivir conforme a su voluntad. (Salmo 106:15).
Bendiciones adicionales de la oración
1. PODER ESPIRITUAL. Nos viene cuando oramos, al conectamos con la Fuente de renovación para nuestras almas (Isaías 40:31).
2. SANTIDAD ESPIRITUAL. Viene a ser la porción de aquel que presta oídos al llamado del Señor: “Velad y orad, para que no entréis en tentación” (Mateo 26:41; 6:13).
3. IMPACTO ESPIRITUAL en nuestro ministerio. Esto sucederá cuando oremos con osadía (Hechos 5:29–31) y busquemos la sabiduría de arriba para dar respuesta a los que se oponen (Hechos 6:10).
4. COMUNION ESPIRITUAL con Dios. Nos capacita para ver las cosas como El las ve y a madurar en nuestro conocimiento de El y de sus caminos (Hechos 10:9–35).
5. ILUMINACION ESPIRITUAL. Esta viene cuando le pedimos que abra nuestros ojos para comprender su Palabra (Salmo 119:18) y el camino en que nuestros pies debieran andar (Salmo 119:105).
Los recursos de Dios son ilimitados. El puede suplir todas nuestras necesidades “conforme a sus riquezas en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19). “Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios” (Lucas 18:27). El nos pregunta: “¿Habrá algo que sea difícil para mí?” (Jeremías 32:27; Génesis 18:14). Si creemos y no dudamos, conoceremos la respuesta.
