Es profundamente conmovedor encontrar en las Escrituras la verdad de que el Dios todopoderoso ama y tiene cuidado de cada persona en su inmensa creación. El salmista expresó su delicia en el pensamiento de que era conocido íntima y personalmente por Dios, incluso ya desde antes de su nacimiento (Salmo 139:13–17). Este amante cuidado hizo que Dios diera a su Hijo unigénito a fin de que todos pudieran ser salvos (Juan 3:16). Como individuos, tenemos que recibir al Señor Jesús (Juan 1:12). El nuevo nacimiento es un evento único como el nacimiento físico (Juan 3:5). Incluso el crecimiento y el desarrollo dependen de la respuesta personal a Dios. Estos pensamientos pueden tentarnos a creer que somos creyentes solitarios a los ojos de Dios, viviendo vidas individuales. Pero esto está muy lejos de lo que las Escrituras nos enseñan.
Ser un hijo de Dios es ser un miembro de su familia (1 Juan 3:1; Efesios 3:15). Somos colectivamente “el pueblo de Dios” (1 Pedro 2:9–10; Apocalipsis 21:3). Dios nos ve como una colonia celestial en la tierra, ya que somos ciudadanos de otro reino (Filipenses 3:20). Las referencias bíblicas a los seguidores de Jesucristo son plurales de una manera abrumadora. Estas incluyen términos tales como “creyentes” (Hechos 5:14), “discípulos” (Hechos 9:1), “santos” (Efesios 1:1), “hermanos” (Santiago 2:1) y con menor frecuencia, “cristianos” (Hechos 11:26). Se debiera señalar que en la Biblia no somos nunca llamados “laicos”, que significa “el pueblo común”, en distinción a lo que los hombres llaman “la clerecía”. La mayor parte de las cartas del Nuevo Testamento están dirigidas a grupos de creyentes. Somos considerados como viviendo juntamente en una mutua unidad de unos con otros, y con Cristo (Efesios 2:5, 6; 21, 22). Hemos sido puestos para funcionar juntos y no como partes separadas (1 Corintios 12:12–27). En los tiempos apostólicos, el Señor añadía diariamente a la comunión de los creyentes aquellos que eran salvos (Hechos 2:47). Esta comunión recibía el nombre de ekklesia, que se traduce al castellano como “iglesia”. Este era un cuerpo local, práctico y en funcionamiento, compuesto de creyentes. El plan y el propósito de Dios es que cada creyente forme parte de tal comunión.
Definición de la Iglesia
La palabra “iglesia”, comporta muchos conceptos que están muy alejados del verdadero significado de ekklesia. Hay quienes le dan el significado de un edificio: “La iglesia de la plaza”. Se piensa también en ella en términos de actividades o una suma de varias reuniones: “Vamos a la iglesia los domingos”. En ocasiones se considera como el cumplimiento de ciertas funciones: “Hemos estado siempre muy activos en la iglesia”. Con frecuencia, se concibe como una institución u organización: “Pertenecemos a la Iglesia Católica Romana”. Estas ideas se han ido formando alrededor de la palabra iglesia sin referencia alguna al significado bíblico.
La primera parte de la palabra ekklesia significa “afuera de”, y la segunda parte está relacionada con el verbo “llamar”. Literalmente, se trata de una compañía llamada afuera de una reunión. Se usa la misma palabra en Hechos 19:32, 39, 41 de una muchedumbre llamada a gritar en contra de la predicación de los discípulos. Se trataba de la palabra ordinaria para denotar una asamblea o reunión de personas. Esta palabra es tomada por el Señor y aplicada al conjunto de personas llamadas por Dios a fin de que vivan para El. El nos llama de las tinieblas a su maravillosa luz (1 Pedro 2:9). Somos llamados al reino del amado Hijo de Dios (Colosenses 1:13). Ekklesia, en su aplicación en la Biblia a los creyentes en Cristo, se refiere al pueblo de Dios, no a edificios, servicios de culto, funciones u organizaciones.
Dos aspectos de la Iglesia
En las Escrituras hay dos aspectos de la ekklesia: la Iglesia universal y la iglesia local. La Iglesia universal significa la totalidad de aquellos que han venido a Cristo desde Pentecostés, tanto vivos como muertos, incluyendo a los de toda tribu y nación. Cuando la Biblia dice: “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Efesios 5:25), habla de todos. También es así cuando la referencia es a la Iglesia como su Cuerpo (Efesios 1:22, 23; 4:4) de la que sólo El es la Cabeza (Efesios 5:25; Colonsenses 1:18). Es evidente que sus miembros nunca han estado juntos en un lugar ni han sido parte de una organización terrena. Como unidad divina, existe en la mente de Dios en esta época, y por ello recibe en ocasiones el apelativo de “cuerpo místico”. Esta es la Iglesia, una y verdadera, fundada sobre los apóstoles y profetas del Nuevo Testamento, y de la cual Jesucristo mismo es la principal piedra del ángulo (Efesios 2:20). Es sólo el Espíritu Santo que nos hace miembros al unirnos a Cristo (1 Corintios 6:17; Efesios 5:30). Tal concepto fue un misterio en los tiempos del Antiguo Testamento y de los cuatro Evangelios (Efesios 3:4, 5). Los judíos y los gentiles no eran entonces tratados sobre la misma base (Efesios 2:11–16; 3:6). La Iglesia de Cristo tenía que ser edificada aún (Mateo 16:18). Fue formada por el bautismo del Espíritu al unir a los creyentes a Cristo (1 Corintios 12:13) empezando en el día de Pentecostés (Hechos 1:5; 2:4; 5:11). La Iglesia de Cristo difiere de Israel como la congregación (o iglesia) en el desierto (Hechos 7:38). Los judíos, gentiles y la iglesia de Dios son en la actualidad distinguidos entre sí (1 Corintios 10:32). La nación de Israel es ahora descrita por Dios como “no mi pueblo” (Romanos 9:15; Oseas 2:23). Todos los creyentes en Cristo, en el sentido bíblico, y en ningún otro sentido más que éste, son ahora el pueblo de Dios.
El formar parte de la Iglesia universal no exime a nadie de ser activo en la iglesia local. Aquellos que primeramente creyeron en Cristo fueron bautizados y añadidos a la comunión local en Jerusalén (Hechos 2:41). Estaban juntos con los otros creyentes, participando en su vida común (Hechos 2:42–44). Se fueron estableciendo iglesias en las áreas cercanas con gran rapidez (Hechos 9:31; 15:41; 16:4). Se esparcieron a otras provincias del mundo, como Asia (1 Corintios 16:19), Macedonia (2 Corintios 8:1) y Galacia (Gálatas 1:2). Eran llamadas las “iglesias de Cristo” (Romanos 16:16), las “iglesias de Dios” (1 Corintios 11:16) y las “iglesias de los santos” (1 Corintios 14:33). Algunas veces eran designadas por la ciudad en la que se reunían, tal como Corinto (1 Corintios 1:2), o como los residentes de aquella ciudad, “la iglesia de los tesalonicenses” (1 Tesalonicenses 1:1). Evidentemente durante dos siglos no tuvieron edificios públicos para adorar, y normalmente se reunían en casas (Romanos 16:5; Colosenses 4:15). Tenían una sencilla estructura en cuanto al liderazgo entre los santos, llamados “supervisores” (episkopos) y “diáconos” (Filipenses 1:1; 1 Timoteo 3; Tito 1), ambos en plural. El liderazgo individual no era la pauta entre estas primitivas iglesias en términos de gobierno continuado. Los líderes debían ser respetados y obedecidos (Hebreos 13:17; 1 Tesalonicenses 5:12). No debemos estar sólo sujetos a Cristo. Tenemos que estar también sujetos a los líderes de la iglesia.
Todos los miembros de la Iglesia universal son verdaderos creyentes, y lo mismo debiera suceder con la iglesia local. Sin embargo, esto es a menudo difícil, por cuanto la profesión de fe en Cristo no siempre es equivalente a la verdadera conversión. El Señor Jesús enseñó que la cizaña, o las malas hierbas, existirían juntamente con el trigo en la esfera de la profesión (Mateo 13:24–30, 36–43). La profesión sin realidad será rechazada por El en un día que ha de venir, tanto si los individuos pertenecieron a la iglesia local o no (Mateo 7:21–23).
Las características de la Iglesia
A menudo las personas piensan en la iglesia como si se tratara de un auditorio con un orador, o de una organización con un centro administrativo y una jerarquía de funcionarios. La enseñanza bíblica enfatiza unos conceptos totalmente diferentes.
1. LA UNIDAD (Efesios 4:3–6). La Iglesia es una, y no debiera haber división ni facciones en su manifestación local. Se debieran hacer todos los esfuerzos posibles para mantener esta unidad espiritual (Efesios 4:3). Se debe evitar lo que divida a los creyentes en la comunión (1 Corintios 1:10; 11:18; 12:25; 2 Corintios 12:20). Esto es particularmente cierto de la falsa doctrina (2 Pedro 2:1). Las personas que provocan divisiones tienen que ser advertidas, y después evitadas (Tito 3:10).
2. DIVERSIDAD (Efesios 4:7; 1 Corintios 12:11). Cada miembro tiene una contribución para hacer, aunque de maneras diferentes. Esta contribución de las diferentes partes es dada en la figura de la iglesia como un cuerpo humano (1 Corintios 12:12–27; Romanos 12:4, 5). Cada creyente dentro de la unidad de la Iglesia es como una parte del cuerpo. Cristo es la cabeza del cuerpo. El asigna dones espirituales conforme a su voluntad (1 Corintios 12:13). Cuando las Escrituras nos hablan de desear ciertos dones, esto se refiere a la iglesia local como un todo dando especial valor a algunos de los dones en su medio (1 Corintios 12:31; 14:1), no a las ambiciones personales de un individuo. Lo importante es que cada miembro tiene un don y una función asignada dentro del cuerpo (1 Corintios 12:27). Cada miembro es importante. Cada uno debiera tener la oportunidad apropiada para actuar. Cada uno debiera ser respetado. No todos tienen el mismo don.
3. INTERDEPENDENCIA (Efesios 4:11, 12; 1 Corintios 12:21–24). Nos necesitamos unos a otros, y no hemos sido hechos para funcionar a solas. El propósito de los principales dones es el de edificar a otros creyentes de manera que puedan unirse al ministerio. No deben permanecer como espectadores, como partes individuales, ni deben quedar paralizados. Todos los creyentes están llamados a funcionar en las iglesias locales.
4. ADORACION (1 Pedro 2:4, 5). Tenemos un llamamiento elevado y primario a alabar y adorar a nuestro maravilloso Dios (Juan 4:23). Esta función se simboliza con la figura de la Iglesia como un Templo o Casa de Dios (1 Corintios 3:9, 16, 17; 1 Timoteo 3:15; Efesios 2:22). El pueblo de Dios en el Antiguo Testamento ofrecía su adoración en una carpa especial llamada el tabernáculo en el desierto y después, en Jerusalén, en el Templo. El, más tarde, dejó de morar en templos hechos con manos (Hechos 7:48), importante distinción ésta entre la nación de Israel y la iglesia de Cristo. La casa de Dios es ahora una casa espiritual, hecha de piedras vivientes, lo que significa creyentes en los que mora el Espíritu. Nuestros sacrificios ya no son de animales. Son nuestros propios cuerpos consagrados, nuestra ofrenda material y nuestra alabanza personal. Todos los creyentes en Cristo son sacerdotes, no sólo “la clerecía”, palabra ésta que proviene del término latino para designar a un sacerdote (1 Pedro 2:5, 9). La iglesia de Dios debe tener la adoración como función primordial, y ello consiste en el derramamiento de la alabanza a Dios, no simplemente en escuchar un sermón o repetir al unísono unas palabras leídas de un libro.
5. UNA RELACION DE AFECTO (Efesios 5:23–27; 2 Corintios 11:2). Esto es presentado en particular bajo la figura de la Iglesia como esposa.Desde Pentecostés el pueblo de Dios es comparado colectivamente a una hermosa mujer, prometida de un gran Esposo, el Señor Jesucristo. El ama a su esposa con un afecto insuperable, y quiere que le sea presentada a El en pureza. Como contraste, la nación de Israel es comparada a una mujer divorciada (Isaías 50:1). La Iglesia debe saber que tiene una relación estrecha y entrañable con el Señor Jesús y que tiene un papel central en sus propósitos presentes y futuros. El no tiene en su mente hacia su esposa nada que no sea para bien. La Iglesia tiene que mantener siempre sus ojos centrados en su Esposo.
6. OTRAS CARACTERISTICAS podrían mencionarse aquí. Hay crecimiento, no parálisis (Hechos 6:1, 7; 12:24; 19:20). Hay vida, no mortalidad. Hay santidad, no corrupción (1 Corintios 3:17; 1 Pedro 1:15, 16). Hay pureza doctrinal, no apostasía (1 Timoteo 1:3, 10; Tito 1:9, 10; 2 Pedro 2:1–3; Apocalipsis 2:13, 14, 20). Las enseñanzas de amor, vida y luz, por las que manifestamos a Cristo, tienen que irradiar de una iglesia verdaderamente bíblica.
La función de la Iglesia
¿Cuál es la tarea de la Iglesia en el orden local? Verdaderamente tiene que tomarse en serio la obra que recibe el nombre de Gran Comisión (Mateo 28:19, 20). Esta es la misión de predicar el evangelio a toda criatura en todas partes, haciendo discípulos. La pauta de ello se ve Hechos 2:40–42. La gente oía la proclamación del evangelio, creían, eran bautizados y entraban entonces en una activa vida eclesial. Esta vida y estas funciones consistían en una pauta cuádruple: la doctrina de los apóstoles, la comunión, el partimiento del pan y la oración. Esto lo expresaríamos así: una sólida enseñanza bíblica, la reunión conjunta con otros creyentes en servicios eclesiales, recordando al Señor en el servicio de comunión y orando juntos unos creyentes con otros. ¿Por qué se menciona en esta lista la comunión o partimiento del pan? Parece haber sido lo central en la primitiva reunión eclesial (Hechos 20:7; 1 Corintios 11:23–33). Esta pauta no sugiere que Dios esté interesado en las formas sin vida espiritual. Las observancias religiosas de los judíos en las Escrituras recibieron la condenación de Dios precisamente debido a que dejaron de tener una verdadera vida y un significado real.
La iglesia primitiva ganó a la gente sacándola de la religión muerta de aquel día mediante el amor en acción (Hechos 2:45) y por la atrevida proclamación de la Palabra de Dios (Hechos 4:13, 29, 31). Al dispersarse los creyentes bajo la intensa persecución, su fe se extendió en base al carácter dinámico de la vida y el testimonio de ellos. Con esto no se quiere decir que no hubiera imperfecciones en ellos. En algunas ocasiones recibieron críticas por ser carnales o por ser conducidos por deseos meramente humanos (1 Corintios 3:1–4). A algunos se les pidió que examinaran sus propias vidas para cerciorarse de que eran cristianos (2 Corintios 13:5). Algunos fueron reprendidos por malas doctrinas (Gálatas 1:6–9; 3:1–3). Cuando Cristo fue visto caminando entre las iglesias, El tuvo que darles órdenes y hacerles críticas (Apocalipsis 2 y 3). Sin embargo, las iglesias se extendieron por todo el mundo civilizado y la fe cristiana se hizo dominante. Fueran cuales fueran sus faltas, había vida en las iglesias. Además, Dios estaba llevando a cabo su plan.
El futuro de la Iglesia
El glorioso futuro de la iglesia de Cristo es el de ser arrebatada para reunirse con el Señor en el aire en su segunda venida (1 Tesalonicenses 4:16, 17). Entonces seremos transformados en nuestros cuerpos y en otras maneras (1 Corintios 15:51–54). Estaremos con El y seremos como El espiritualmente (1 Juan 3:2, 3). Seremos sin mancha ni arruga ni cosa semejante (Efesios 5:27). En el cielo, la iglesia será un ejemplo eterno de la gracia de Dios demostrada en favor de los creyentes (Efesios 2:7).
