05 LA SALVACION ETERNA

“MI SALVACION SERA PARA SIEMPRE”, declara el Señor (Isaías 51:6b). Nuestro gran Dios y Salvador ha empezado una obra en su pueblo y “la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6). El Señor Jesús ha obtenido para nosotros una redención eterna (Hebreos 9:12). La vida que está en Dios es eterna (Juan 1:4; 5:26; 1 Juan 1:2). Es aquella misma vida que es impartida al hombre en la salvación (1 Juan 5:11, 12). La vida eterna es dada libremente a aquellos que oyen su Palabra (Juan 5:24), creen en el Hijo (Juan 3:15, 16) y “comen su carne y beben su sangre” (es decir que se apropian de los méritos de su obra en la cruz (Juan 6:56). La vida eterna es el don de Dios (Romanos 6:23; Juan 17:2). Este don fue de gran precio para Dios, requiriendo los sufrimientos y la muerte de su Hijo. No se puede ganar ni con devoción ni con discipulado, porque entonces no se trataría ya de un don sino de una obligación de Dios hacia los merecedores de esta vida (Romanos 4:4). Nada en estas Escrituras indica que la vida eterna sea una vida que una persona comparta temporalmente, condicionada a su buena conducta. No hay doctrina que hable de una vida eterna “temporal”, lo que sería una contradicción de términos.

Es impresionante la cantidad de versículos que hablan de la salvación del creyente como una continuidad segura e ininterrumpida. Somos nacidos de nuevo a “una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero” (1 Pedro 1:4, 5). Nótese la cadena ininterrumpida: “A los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó” (Romanos 8:30). Ni lo presente, ni lo porvenir, nos podrá separar del amor de Dios (Romanos 8:38, 39). Cuando recibimos la vida eterna que nos da el Señor Jesús, nada puede arrebatarnos de la mano guardadora de Dios (Juan 10:28, 29). No se menciona condición alguna como “si las ovejas siguen”, o “si se mantienen en su mano”. Y nadie tiene derecho a añadir condiciones a esta declaración de la Palabra de Dios. El poder preservador reside en Dios y no en el hombre. El es capaz de guardar (Judas 24). El es capaz de confirmar hasta el final (1 Corintios 1:8). El es capaz de proteger (2 Timoteo 1:12). El puede salvar completamente y para siempre (Hebreos 7:25). La salvación es para siempre debido a que su consumador y perfeccionador es nuestro Dios todopoderoso.

La perfección de la salvación eterna

Consideremos la obra salvadora de Aquel que es “el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2).

1. NACIMIENTO PERFECTO. La salvación tiene que ser para siempre cuando nacemos en la familia de Dios. El Señor Jesús le dijo a Nicodemo que es necesario “nacer de nuevo” para entrar en el reino de Dios (Juan 3:3–7). Nacemos de nuevo cuando verdaderamente creemos en el nombre del Hijo de Dios (Juan 1:12, 13). No hay ninguna enseñanza en las Escrituras que nos diga que debemos ser nacidos una y otra vez a fin de llegar a ser miembros de la familia de Dios. Así como el nacimiento físico sólo tiene lugar una vez, lo mismo sucede con el nacimiento espiritual.

2. SACRIFICIO PERFECTO. El libro de Hebreos dice claramente que, en contraste con los muchos sacrificios del Antiguo Testamento, la obra del Señor Jesús en la cruz decide de una vez para siempre la cuestión de los pecados del creyente. Esta obra es perfecta, para siempre y “de una vez por todas”, a la cual nada se puede añadir de parte nuestra. “Somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (Hebreos 10:10). “Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (Hebreos 10:12). “Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Hebreos 10:14). Nada hay en estos versículos que indique que la aplicación de esta obra perfecta a nuestras almas quede condicionada a un buen comportamiento continuado. El creyente reposa sobre la obra acabada por Cristo, sin añadir nada más.

3. UNION PERFECTA. La salvación no sólo nos lleva a la membresía de una iglesia local. Nos introduce espiritualmente al mismo cuerpo de Cristo, en unión con el Hijo de Dios. El Espíritu Santo nos bautiza en el cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:13) y nos hace miembros de El (1 Corintios 12:27; Efesios 5:30). Tan estrecha es esta unión que perseguir a los creyentes es lo mismo que perseguir a Cristo (Hechos 9:4, 5). Nuestra identificación con El en la mente de Dios es tal que somos vivificados con El, resucitados con El y estamos ahora sentados con El en los lugares celestiales (Efesios 2:4–6). El hecho de nuestra unión con Cristo es la pauta espiritual para el lazo del matrimonio (Romanos 7:4; Efesios 5:31, 32). Nada nos puede separar de su amor y cuidado (Romanos 8:35–39). El nos dice: “No te desampararé, ni te dejaré” (Hebreos 13:5).

4. LA OBRA PERFECTA DEL ESPIRITU. La obra del Espíritu en los tiempos del Antiguo Testamento y a través del período de los Evangelios presentaba diferencias con respecto a su obra presente en el Cuerpo de Cristo. El Espíritu venía sobre los hombres y se apartaba de ellos (1 Samuel 16:14). David tuvo miedo que el Espíritu se fuera de él (Salmo 51:11). El Señor Jesús alentó a que se orara para que Dios diera el Espíritu Santo (Lucas 11:13). Pero el Señor Jesús puso en claro que después de su partida vendría una obra nueva y diferente del Espíritu. Antes de que fuera glorificado, el Espíritu “aún no había venido” (Juan 7:39). El Espíritu vendría más tarde, dado por el Señor Jesús para estar para siempre con el creyente (Juan 14:16, 17). Esto fue cumplido el día de Pentecostés, el inicio de la nueva era (Hechos 1:4, 5; 2:1–18, 33). Ningún verdadero creyente puede en la actualidad estar sin el Espíritu de Cristo (Romanos 8:9b). Cuando de verdad creemos el mensaje del evangelio, somos sellados con el Espíritu Santo, que es las arras o garantía de nuestra redención (Efesios 1:13, 14; 4:30; 2 Corintios 1:22). Esta unción del Espíritu permanece en todos los verdaderos creyentes (1 Juan 2:27). Así, cada creyente es sellado por Dios, y recibe la garantía de una redención y herencia eternas.

5. UN ABOGADO PERFECTO. No hay en la Biblia registro de nadie, aparte de nuestro Señor Jesús, que jamás pecara ni fracasara. ¿Qué sucede cuando un verdadero creyente peca? Evidentemente, necesita confesar sus pecados y abandonarlos (Proverbios 28:13; 1 Juan 1:9). Tiene también necesidad de un representante ante un Dios santo. El papel del Señor Jesús como nuestro Sumo Sacerdote es el de estar ante el Padre como nuestro Abogado (literalmente “uno al lado para ayudar”). En este papel El habla al Padre en nuestra defensa (1 Juan 2:1). El está constantemente a la diestra de Dios, intercediendo por nosotros (Romanos 8:34; Hebreos 9:24). El puede salvar para siempre (o consumadamente) a aquellos por los que El intercede (Hebreos 7:25–28). No hay ninguna mención de que esta abogacía esté condicionada a nuestro buen comportamiento. ¿Cómo podemos perdernos ante el Tribunal del Cielo con un Abogado como el que tenemos?

6. PRESERVACION PERFECTA. Toda salvación que dependiera de la fidelidad del hombre se encontraría ya sentenciada a fracasar de antemano. La debilidad de la carne es bien conocida (Romanos 6:19). Lo que ha comenzado en el Espíritu no podrá ser perfeccionado por nuestra carne (Gálatas 3:3). Por ello, es confortante oír las palabras de nuestro Salvador: “Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero. Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo lo resucitaré en el día postrero” (Juan 6:39, 40). El Señor es el guardador de las almas. Esto es constantemente destacado en el Nuevo Testamento (Juan 10:27–30; 1 Corintios 1:8; Filipenses 1:6; Judas 24, 25; 1 Pedro 1:5). Ninguno de estos versículos indica que haya condicionamiento alguno en base de la fidelidad humana.

Los problemas de la salvación eterna

Es comprensible que muchos devotos creyentes tengan dificultades para aceptar la doctrina de la salvación eterna. Sus objeciones se clasifican bajo tres encabezamientos generales.

1. FRACASO DE “ALGUNOS CREYENTES”. Los hay que sostienen que la salvación tiene que ser condicional debido a que algunos individuos que profesaron una vez ser cristianos (incluyendo a predicadores) han fracasado moralmente, se han apartado de Dios, e incluso han acabado rebelándose directamente contra el Señor. Si hay quienes se vuelven a la vieja vida, o se rebelan, ¿cómo pueden conservar la esperanza de la salvación? Para dar respuesta a este interrogante, uno se tiene que preguntar en primer lugar si es que todo aquel que profesa ser cristiano es verdaderamente salvo. La posibilidad de la profesión de fe falsa es patente en el mismo Nuevo Testamento. Jesús contó la parábola del trigo y de la cizaña que crecieron juntos (Mateo 13:24–30, 36–42). Los que representan a la cizaña nunca fueron hijos de Dios. El regreso a la vida de pecado después de haber conocido el “camino de justicia” se asemeja a un perro que vuelve a su vómito, y a una puerca a revolcarse en el cieno (2 Pedro 2:20–22). El perro y la puerca volvieron a sus viejos hábitos debido a que nunca se habían convertido en ovejas de Cristo por el Espíritu de Dios. El Señor Jesús denunciará un día a aquellos que vendrán alegando sus hechos para pretender una relación con El. El les dirá: “Jamás os conocí. Apartaos de mí” (Mateo 7:23). Es significativo que El nunca les dirá: “Una vez me conocisteis, pero os apartasteis de mí”. La fe que salva difiere de la pseudo fe. Una oración infantil, una mano levantada, dirigirse al frente en una reunión de predicación, un bautismo o un papel activo en una iglesia no aseguran a nadie la salvación. No es la profesión la que nos ofrece seguridad eterna, sino la salvación genuina. Los pecados habituales como inmoralidad, contiendas, ira, embriaguez y envidias, son señales de advertencia. “Los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gálatas 5:19–21). Hay pruebas ciertas de la realidad de la fe salvadora en versículos tales como 1 Juan 2:3–6, 15; 3:6–10, 14; 5:2–4. Si no estamos sometidos al Señor Jesús ni a su Palabra, si practicamos el pecado, si amamos al mundo y no amamos al pueblo de Dios, diremos en vano que le conocemos. Dios dice que somos mentirosos (1 Juan 1:6; 2:4). Nunca ha tenido lugar la regeneración.

2. “LICENCIA PARA PECAR”. Hay quienes dicen que si las personas pudieran estar seguras de su salvación eterna, se volverían espiritualmente perezosas. Quedarían entonces libres para “pecar tanto como quisieran”. Esta es una falta seria de comprensión y una falsa interpretación de esta doctrina. Una verdadera oveja de Cristo desea seguir al Señor y no aprovecharse de su amor y su gracia. Por medio de las Escrituras el creyente sabe que Dios tiene sus maneras de tratar con sus hijos cuando éstos caen en pecado. Una de ellas es la “disciplina” que el Señor administra (Hebreos 12:5–11). Ser corregido es algo diferente a ser expulsado de la familia de Dios. Dios actúa también con sus hijos extraviados permitiendo que pierdan el gozo, la paz, el testimonio, el poder de la oración y el fruto en esta vida, como así también la pérdida de recompensas ante el Tribunal de Cristo. No habrá ninguna oveja de Cristo que se sienta cómoda en una condición de extravío.

3. ESCRITURAS QUE “CUESTIONAN” LA SALVACION ETERNA. Hay quienes tratan de refutar la doctrina de la salvación eterna citando pasajes de las Escrituras que parecen contradecir tal enseñanza. Sin embargo, la doctrina se basa propiamente sobre toda la Escritura, y no sobre parte de ella. No se hallará que la Palabra de Dios se contradice a sí misma cuando todos los versículos queden apropiadamente armonizados. Se tienen que examinar muchos versículos que parecen afirmar que aquellos que se identificaron en una ocasión como cristianos más tarde negaron su fe en Jesucristo y perdieron su salvación. Consideraremos los principales pasajes que parecen entrar en conflicto con la doctrina de la salvación eterna.

a. “Apostatar”. Algunos pasajes que hablan de personas que “recayeron” de su fe, se toman como significando que los verdaderos creyentes pueden perder su salvación. Sin embargo, “recaer” (apostasía) es en primer lugar un apartamiento de la fe por parte de aquellos que habían profesado ser cristianos. En particular, ello involucra la negación de la deidad de Cristo y de la redención basada solamente en su sangre derramada en la cruz. Tales personas no necesariamente abandonan la iglesia. Muchas de ellas permanecen y llegan a ser maestros dentro de sus filas. Otros la dejan. “Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros” (1 Juan 2:19). La epístola de Judas describe a tales personas con tanta precisión que ha sido llamada “Los Hechos de los Apóstatas”. Tales personas se introducen encubiertamente. Son “impíos” (v. 4), “nubes sin agua” (v. 12) y “no tienen al Espíritu” (v. 19). Es evidente que no se trata de verdaderos creyentes, aunque puedan tener una “forma de piedad” (2 Timoteo 3:5). Más descripciones de tales personas se hallan en 1 Timoteo 4:1–3; 2 Pedro 2:1, 15–22; 1 Juan 2:18–22 y 2 Juan 7–9. Se usa una palabra diferente de apostasía cuando se describe a aquellos que caen de la gracia (Gálatas 5:4), que caen de su primer amor a Cristo (Apocalipsis 2:4, 5) y que caen de la firmeza (2 Pedro 3:17). Ello involucra un fracaso de los creyentes, pero no una “caída de la salvación”.

b. Cláusulas condicionales. Varios pasajes de las Escrituras hablan de la salvación con un “si” condicional. El “si” se entiende por parte de algunos como significando que la salvación es retenida sólo si seguimos viviendo de una cierta manera. Un estudio más cuidadoso indicará que en realidad significa que en primer lugar la salvación no es genuina, y que queda refutada por una vida que no se ajusta a las normas de las Escrituras. El libro de Hebreos contiene muchos versículos “condicionales” que ponen en tela de juicio la genuinidad de la salvación. Este libro se dirige a un grupo de personas judías que consistía de una mezcla de creyentes regenerados y de seguidores no regenerados, que no eran firmes en la fe. Estos últimos estaban en peligro de volver a la práctica antigua de los sacrificios en vez de confiar solamente en la sangre de Cristo. Cada una de las advertencias se dirige a los vacilantes que estaban al borde de apartarse de una débil esperanza en Jesús que no había resultado en regeneración (2:1–3; 3:6, 12, 14; 4:1; 12:25). Otros pasajes que hablan de una confianza continuada en Cristo son: 1 Corintios 15:1, 2 y Colosenses 1:22, 23.

El pasaje de Hebreos 6:4–6 ha perturbado a muchos. La descripción parecería referirse a cristianos si no fuera por dos cosas. No hay ni mención acerca del sello o morada del Espíritu, sino de una participación en el ministerio del Espíritu (v. 4), que puede ser cierta de alguien que sigue en la profesión sin haber sido salvo. Además, en el versículo 9 el escritor dice que está persuadido “de cosas mejores, y que pertenecen a la salvación”, indicando que la descripción anterior no es aplicable a los verdaderos creyentes. Si este pasaje demuestra que el creyente puede perderse, entonces sería imposible para alguien que jamás ha “caído” ser renovado al arrepentimiento. Este pasaje se refiere a la falta de aceptación de la sangre de Cristo sólo para la salvación, no a fracasos comunes.

Otra seria advertencia la hallamos en Hebreos 10:26–39, que trata de aquellos que “pecan voluntariamente”. Comparando el v. 26 con el v. 39, veremos que se trata de grupos distintos. El pecador voluntarioso del v. 26 se ha apartado del único sacrificio aceptable, y ha “pisoteado al Hijo de Dios” (v. 29). El grupo en claro contraste con ello está en el v. 39: “No somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma”. Los creyentes genuinos no se apartan de la cruz de Cristo la cual es su única esperanza. La fe que salva es permanente.

c. Varias parábolas. Se usan en ocasiones los detalles que se encuentran en ciertas parábolas para apoyar la doctrina de la salvación condicional. Sin embargo, la interpretación bíblica correcta demanda que los detalles de las parábolas sean interpretados a la luz de la enseñanza más amplia de la parábola. A continuación examinaremos cuatro parábolas que se usan comúnmente para enseñar la salvación condicional:

(1) El Sembrador (Lucas 8:4–15). Problema: Hay aquellos de los que se dice que “creen por algún tiempo”. Explicación: También se dice que “no tienen raíces”. ¿Qué es lo que creen? Los demonios también creen, pero no son salvos (Santiago 2:19). La parábola trata de la condición del corazón de aquellos que oyen la Palabra de Dios. Aquellos que oyen con un corazón honesto y bueno y creen, son salvos y dan el fruto correspondiente.

(2) El Mayordomo (Lucas 12:41–48). Problema: El mayordomo infiel no estaba esperando la venida del Señor. Por lo tanto, fue puesto “con los infieles”. Explicación: Cada persona es mayordomo de Dios con respecto a todo lo que le ha sido dado. No hay indicación alguna de que el infiel fuera un creyente que perdiera su salvación.

(3) La Ley del Perdón (Mateo 18:23–35). Problema: Se dice que si no perdonamos a otros, Dios no nos perdonará a nosotros. El siervo malvado fue entregado “a los verdugos”. Explicación: No hay nada que nos indique que el funcionario que actuó sin misericordia era salvo. La lección general que se nos da aquí es la de tratar a los demás a la luz de la gracia de Dios.

(4) La Vid Verdadera (Juan 15:1–7). Problema: “El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan al fuego, y arden”. Explicación: El tema de este pasaje es el dar fruto, para lo cual se precisa de una comunión permanente con Cristo. El quemado de las ramas improductivas por parte de los hombres, como a menudo se hace en los campos, no es el fuego del juicio eterno sobre los perdidos.

d. Otros pasajes. Pasajes que hablan del naufragio de la fe (1 Timoteo 1:19, 20), de extraviarse de la fe (1 Timoteo 5:10, 21) y de trastorno de la fe (2 Timoteo 2:18) se usan a menudo para refutar la salvación eterna. Sin embargo, estos versículos pueden ser considerados como implicando a creyentes extraviados o a falsos profesantes. “Conoce el Señor a los que son suyos” (2 Timoteo 2:19). A menudo podemos dudar de la salvación de alguien cuando nos encontramos con una vida confusa. No podríamos saber, por el relato de Génesis, que Lot era una persona salva, pero se nos afirma que era así en 2 Pedro 2:7–9.

Los creyentes pueden perder su recompensa sufriendo pérdida ante el Tribunal de Cristo, y con todo ello ser salvos, aun cuando la obra de su vida sea “quemada” (1 Corintios 3:15). Es indudable que esto era lo que estaba en la mente del apóstol cuando habló del peligro de ser él mismo “eliminado” o descalificado (1 Corintios 9:27). Esto no significa que Pablo temiera perder su salvación. Estaba confiado acerca de su salvación (2 Timoteo 1:12; 4:7–8).

Conclusión

Las Escrituras son claras acerca de que la fe salvadora continúa hasta el fin de la vida, y que no es meramente el acto de un momento. La fe que salva difiere de una creencia superficial, del asentimiento mental a una doctrina, de la oración ritual o de las varias prácticas de la salvación mediante una fórmula. La verdadera fe nunca repudiará a Cristo ni su obra salvadora como la única esperanza del hombre. Tendrá como resultado una vida buena, no una vida pecaminosa. No es la persona que dice que tiene fe la que es salva, sino la que demuestra la realidad de la fe en su vida (Santiago 2:14–24). El que profese fe sin esta realidad no puede estar seguro de su entrada al cielo. En lugar de ello, puede que se encuentre con el Señor en el día venidero, y que oiga las terribles palabras: “Apartaos de mí. ¡Nunca os conocí!”. En contraste con ello, las verdaderas ovejas de Cristo pueden decir: “El Señor me librará de toda obra mala, y me preservará para su reino celestial” (2 Timoteo 4:18a).