03 EL SEÑORIO DE CRISTO

¿Quién es, para usted, Jesucristo? El suscitó esta pregunta: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” (Mateo 16:13; 22:41, 42; Marcos 12:35–37). Después hizo la pregunta más personal: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”.

El es el Señor. Esta es la forma en que los discípulos se dirigieron a El en cientos de ocasiones en las Escrituras. Ellos nunca le llamaron Jesús. Esto hubiera sido impensable. Ellos se dirigían a El llamándole Maestro y Señor, lo primero en el sentido de que El enseñaba (rabbi, didaskalos), y lo segundo en el de mandatario (epistates, despotes). Fueron lentos en comprender su deidad, incluso cuando El les hizo afirmaciones claras (Juan 14:8–11; Juan 8:24, 58) o mencionó citas como el Salmo 110:1 (Mateo 22:41–45). Les hizo saber que El es quien controla el destino eterno de cada persona (Mateo 7:21, 22). A pesar de las limitaciones de sus entendimientos, confesaron que Jesús era Señor, y le siguieron incluso allí donde otros se apartaban de El (Juan 6:66, 67).

La palabra “Señor” se usa en tres sentidos: posición, condición de dueño y autoridad. El profeta vio “al Señor… alto y sublime” (Isaías 6:1). Este versículo es aplicado a Cristo en el Nuevo Testamento (Juan 12:41). Esta es su posición como el Entronizado. Pablo escribe: “Del Señor es la tierra y su plenitud” (1 Corintios 10:26). Aquí se trata de su condición de dueño de todo lo que se halla en este planeta. Pedro respondió al mandato del Señor de volverse al mar. Dijo: “Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red” (Lucas 5:5). Esta es su autoridad.

Su posición como Señor

1. PROCLAMADO. “Jesucristo; éste es Señor de todos”, dijo Pedro al oficial romano que deseaba que el apóstol le diera a conocer el camino del Señor (Hechos 10:36). Aquel Jesús que había sido crucificado, era algo más que un Libertador ungido. El es “Señor y Cristo” (Hechos 2:36). El es el Creador de todas las cosas (Juan 1:3; Colosenses 1:16). Los ángeles y las autoridades le están sujetos (1 Pedro 3:22). El reina “sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra” (Efesios 1:21). El es el bendito “Rey de reyes, y Señor de señores” (Apocalipsis 17:14; 19:16). Todos se postrarán ante el trono de Dios para adorarle (Apocalipsis 4:10, 11; 5:12–14).

2. RECHAZADO. Es un hecho notable que el Creador omnipotente permitiera la rebelión primeramente en el mundo de los espíritus con Satanás, quien quiso ser igual a Dios (Isaías 14:12–14; Ezequiel 28:13–17). La rebelión se extendió a otros seres angélicos (2 Pedro 2:4). Fue introducida en la tierra entre los hombres (Génesis 3; Romanos 5:12). Provocó una triste aceptación de parte de Dios: “Crié hijos, y los engrandecí, y ellos se rebelaron contra mí” (Isaías 1:2). El descontento contra los líderes señalados por Dios fue considerado por El como un rechazo contra Aquel que los había dado (1 Samuel 8:7). Cuando Dios envió a su Hijo, tambien fue rechazado (Isaías 53:3), y mataron al Príncipe de la Vida (Hechos 3:15).

3. RECONOCIDO. El propósito y gloria última de Dios no dependen de la sumisión del hombre a Dios, de la misma manera que tampoco la existencia del átomo depende de nuestra creencia en él. El grupo que lo rechaza es pequeño en comparación del inmenso universo. Los vientos y las olas le obedecieron en la tierra (Mateo 8:27). Los demonios se sujetaban a su palabra (Marcos 1:27). Legiones de ángeles están dispuestas a actuar a sus órdenes (Mateo 26:53). Son millones los seres humanos que se han sometido voluntariamente a su autoridad como respuesta a su amante sacrificio. Sus propios enemigos serán conducidos a alabarle (Salmo 76:10). Las huestes del infierno se unirán un día con las de los lugares celestiales en doblar la rodilla ante Jesucristo, confesándole como Señor (Filipenses 2:10, 11). Jesús dijo: “Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy” (Juan 13:13).

Dueño y Señor

1. LA AFIRMACION. Dios es dueño de todo (Salmo 50:10–12), y ello en virtud de su derecho como Creador. El Señor se lamentaba de que incluso el buey y el asno conocen a sus dueños, pero que su pueblo desconocía a quien pertenecían (Isaías 1:3). Como el barro en las manos del alfarero, ellos eran suyos para hacer con ellos como mejor le pareciera (Jeremías 18:6). Además, los hombres pertenecen a Dios por derecho de redención, por la sangre preciosa de Cristo (1 Pedro 1:18). El murió por los pecados de todo el mundo (1 Juan 2:2). El compró a los falsos maestros que le rechazaban (2 Pedro 2:1).

2. ACEPTADO COMO TAL. Llegamos a ser hijos de Dios por elección, por la aceptación de Jesucristo como Señor y Salvador (Juan 1:12). A partir de entonces, el creyente no se pertenece a sí mismo, sino que ha sido comprado por precio (1 Corintios 6:19, 20). Ha reconocido que no es capaz de ser su propio dueño, como tampoco es capaz de salvarse a sí mismo. Confiesa a Jesús como Señor, tal como lo hiciera Tomás (Juan 20:28). No hay apoyo bíblico para ningún concepto como: “He aceptado a Jesús como mi Salvador pero no como mi Señor”. La expresión “Señor Jesucristo” o “Jesucristo nuestro Señor”, aparece en más ocasiones que la de “Jesús nuestro Salvador”. Aceptar a Jesús es aceptar al Señor. Puede que uno no comprenda todas las implicaciones del señorío de Cristo en el momento de recibir la salvación, o fracase dolorosamente en la ejecución de la voluntad de su Señor. Inclusive se puede tropezar y caer, pero un verdadero creyente no rehusará su señorío, ni lo separará deliberadamente de su condición de Salvador.

3. LA EVIDENCIA. El Maestro preguntó por qué la gente le llama “Señor, Señor” y con todo no hacen lo que El dice (Lucas 6:46). Tal actitud no es verdadera delante de sus ojos. Clamar: “Señor, Señor” en la eternidad, con pruebas de grandes obras, no servirá para conseguir la admisión, si se rehusa hacer la voluntad de Dios. El replicará: “Nunca os conocí” (Mateo 7:21–23; Lucas 13:25–27). El que afirma que es creyente y desobedece la Palabra de Dios, es un mentiroso. (1 Juan 2:3, 4). El hijo de Dios confiesa a Jesucristo como Señor, y evidencia por su vida que esta confesión es verdadera.

Su autoridad como Señor

¿Qué debemos hacer? Muchos han aceptado a Jesús como Señor sólo de palabra. Otros se han dado a sí mismos el nombre de cristianos sin tan siquiera esta formalidad. Siempre ha habido resistencia a su reinado (Lucas 19:14, 27). La sociedad ha desarrollado el concepto del hombre autónomo, que rige sus propios destinos, independientemente de controles externos. Ha ido ganando terreno en puestos de influencia bajo la forma de un movimiento llamado “selfismo” o “yo-ismo”. A las personas se les dice: “Tú eres supremo, y lo que tú pienses o sientas es lo que tiene valor. Lo importante es que te sientas bien contigo mismo”. Conceptos como autorealización, autodescubrimiento, amor propio, desarrollo del yo, etc., se exponen y se presentan bajo múltiples formas.

Las Escrituras nos enseñan que somos llamados a hacer la voluntad de Dios, no la nuestra; a vivir conforme a las órdenes de Dios, no a las nuestras; al descubrimiento de Dios, no al descubrimiento del yo; a amar a Dios, no a ejercer el amor propio; a tener como centro de nuestra vida a Dios, no al yo. El modelo que se nos muestra en las Escrituras no es “Yo primero”, sino “Dios primero, los demás después y por último yo”. Muchas personas, en la actualidad, son como el carácter mitológico griego llamado Narciso. Se enamoró de su propia imagen mirándose en las aguas de una fuente, en el fondo de la cual se precipitó porque no pudo consumar el amor de sí mismo. El colapso moral en los últimos tiempos estará caracterizado por hombres “amadores de sí mismos” (2 Timoteo 3:2). En la actualidad hay una mayor adoración de la criatura que del Creador (Romanos 1:25).

La necesidad de recibir a Cristo como Señor tiene que ser traducida a la vida y a la práctica. Para efectuar progresos en la vida cristiana necesitamos negarnos a nosotros mismos. Los macedonios “se dieron primeramente al Señor” (2 Corintios 5:8). Después de contarnos como muertos al pecado (Romanos 6:11), tenemos que rendirnos a Dios (Romanos 6:13). Debemos presentar nuestros cuerpos al Señor como sacrificio vivo (Romanos 12:1, 2), para poder experimentar la transformación de vida que pertenece a aquel a quien Dios gobierna. El conocimiento de esta supremacía debiera traernos al propósito espiritual de que “en todo tenga la preeminencia” (Colosenses 1:18). Tenemos que decir en las palabras de la oración del Señor: “Hágase tu voluntad” (Mateo 6:10). Estas son las áreas en las que se debiera evidenciar su control:

1. PRIORIDADES. “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia” (Mateo 6:33). Cristo no puede tener el segundo lugar en nuestras vidas y a la vez obrar eficazmente en nosotros.

2. EL CUERPO. Somos comprados por precio y esta compra incluye el mismo cuerpo en el que vivimos (1 Corintios 6:19, 20). Nuestro cuerpo es su templo.

3. LAS POSESIONES. El es Señor de todo lo que nos ha dado (1 Crónicas 29:14). Somos los mayordomos o administradores (1 Corintios 4:2). Las posesiones, los talentos y el tiempo le pertenecen a El y nos han sido confiados a nosotros no como propiedad sino como bienes de los que tenemos que dar cuenta.

4. RELACIONES. El nos manda amarnos unos a otros como El nos amó (Juan 15:12). Es la característica del discípulo del Señor Jesús (Juan 13:35). El amor es sacrificial, no sentimental. Tenemos que cuidarnos unos a otros como lo hizo el Señor. Recordamos que El estuvo moralmente separado de los pecadores (Hebreos 7:26), sin embargo comía con ellos (Lucas 15:2). Tanto el amor como la santidad tienen que gobernar nuestra conducta para con los demás. Las Escrituras prohiben la “amistad con el mundo” (Santiago 4:4) o lo que ella representa (1 Juan 2:15, 16). También tenemos que respetar el orden debido en las relaciones hogareñas (Efesios 5:22–25; 6:1, 2).

5. ASUNTOS DE NEGOCIOS, EL HOGAR Y LA ESCUELA. Tanto si somos empresarios como trabajadores, estamos llamados a ser honorables y rectos (Efesios 6:5, 9; Santiago 5:4). Tenemos que hacerlo todo como para el Señor (Colosenses 3:23).

6. LO QUE HABLAMOS Y PENSAMOS. El debiera ser el Señor de nuestra lengua y de nuestra mente. El está dispuesto a hablar a través de nosotros, si le dejamos (Mateo 10:20). Tenemos que ser prontos para oír, pero tardos para hablar (Santiago 1:19). No debemos hablar mal de otros (Santiago 4:11). El mira dentro de nuestros pensamientos y detesta la impureza (Mateo 15:19, 20).

7. ESPERANZAS Y AMBICIONES. ¿Qué es lo que soportará la prueba de su valoración eterna? (1 Corintios 3:11–15). Tenemos que “buscar las cosas que están arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Colosenses 3:1). ¿Qué cosas terrenas hay que sean de una importancia eterna?

La siguiente lista puede sernos de ayuda para centrarnos en áreas en las que necesitamos mejorar:

¿Empiezo cada día con una nueva consagración de mi cuerpo al Señor?

¿Tienen los intereses del Señor preferencia frente a todos los otros?

¿Tomo en cuenta a Dios en cada decisión que hago?

¿Mis decisiones concuerdan con el compromiso que he asumido con el Señor?

¿Tienen su aprobación cada una de mis relaciones?

¿Está El presente en cada una de mis actividades?

¿Está cada área de mi vida bajo su control?

Conclusión

El creyente no puede experimentar un crecimiento apropiado hasta que se aparte del yo; hasta que la entronización del yo sea eliminada y Cristo reine en su vida. La consagración defectuosa o la devoción incompleta a Dios está en la raíz de la impotencia en muchas vidas de creyentes y de muchas iglesias. El Señor dice: “Dame, hijo mío, tu corazón” (Proverbios 23:26). El corazón es el que gobierna nuestro ser. En él Cristo tiene que regir como Señor. Este es el tema central en la conducta del cristiano, indispensable para experimentar una vida abundante.

Hace mucho tiempo el mayor enemigo del hombre sugirió que Dios nos estaba privando de lo mejor al poner su voluntad por encima de la nuestra (Génesis 3:5). Generaciones tras generaciones han pagado un terrible precio debido a que alguien dio oído a esta calumnia contra Aquel que nos ama con un amor eterno. Nuestro futuro depende de creer que la sumisión a la voluntad de Dios, al Señorío de Cristo, al reinado del Eterno, son aspectos esenciales para nuestro bien eterno.