01 UN PANORAMA DEL EVANGELIO

“PRINCIPIO DEL EVANGELIO DE JESUCRISTO, Hijo de Dios” (Marcos 1:1). Así empieza el relato inspirado de la vida y el ministerio del Señor Jesús. El núcleo esencial de la fe cristiana –el mayor mensaje que el hombre jamás haya oído– es éste: “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y fue sepultado, y resucitó al tercer día” (1 Corintios 15:3, 4). Es resumido así en Juan 3:16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Ciertamente, se trata de una buena nueva, porque esto es precisamente lo que significa la palabra “evangelio”. Ha sido abierto el camino para que el hombre se acerque a Dios, y El ha ordenado que este mensaje sea proclamado a toda criatura sobre la tierra (Marcos 16:15).

¿Qué es lo que sabemos acerca del evangelio? Que su origen se halla en Dios, no en el hombre. Es el evangelio de Dios (Romanos 1:1; Gálatas 1:11; 1 Tesalonicenses 2:2, 9). Su tema central es una Persona viviente. Es el evangelio del Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo (Romanos 1:3, 9; 15:19). Su propósito es llevar a los hombres a Dios. Es el evangelio de nuestra salvación (Efesios 1:13). Sus metas son las personas que no merecen nada. Es el evangelio de la gracia de Dios (Hechos 20:24). Su duración es para siempre. Es el evangelio eterno (Apocalipsis 14:6).

Nadie puede ignorar este mensaje de vida o muerte. Dios llama a los hombres a que obedezcan el evangelio, y les advierte del juicio si no le obedecen (2 Tesalonicenses 1:8; 1 Pedro 4:17; Romanos 10:16). Ya que la respuesta demandada es el creer (o la fe), hay una necesidad urgente de darlo a conocer (1 Corintios 9:16; Hechos 1:8). Todo aquel que trata de alterar su mensaje se halla bajo maldición (Gálatas 1:7–9). Esto es particularmente cierto de quienes enseñan que para la salvación se necesitan añadir obras o rituales.

Tal mensaje de Dios no apareció en el mundo sin ninguna indicación anterior. La necesidad que el hombre tenía de ser salvo del pecado y de la muerte era evidente desde el mismo principio de la historia, tal como se muestra en los primeros capítulos de la Biblia. El remedio de Dios mediante un Libertador prometido, se da a conocer tempranamente, como en Génesis 3:15. Los sacrificios cruentos de la antigüedad anticipaban el sacrificio final, una vez por todas, de Cristo en la cruz (Hebreos 10:1–4, 10–12). El Antiguo Testamento prometía un Nuevo Pacto o Testamento que sería mayor que el antiguo (Jeremías 31:31–33). El Libertador de parte de Dios sería para toda la humanidad (Isaías 42:1, 6). Así, la profecía y su cumplimiento se entrelazan en un Señor, una fe, una salvación (Efesios 4:4–6). Hay sólo un camino que nos lleva a Dios (Juan 14:6; Hechos 4:12).

La separación de Dios

El hombre fue creado para la honra y la gloria de Dios (Apocalipsis 4:11; Isaías 43:7). El propósitio eterno de Dios era que el hombre llevara su imagen y por medio de ella revelar su gloria (Génesis 1:26, 27; Romanos 8:29). Dios puso al hombre sobre la tierra con la libertad de elegir y no como un robot controlado. El hombre era libre de amar y obedecer a Dios o de no hacerlo.

1. LA PRUEBA DEL HOMBRE. Fue puesto en un maravilloso huerto, donde disfrutaba de la comunión con Dios. Sólo había una restricción que le había sido impuesta para asegurar la continuación de aquella comunión. Se le prohibió al hombre que comiera del árbol del conocimiento del bien y del mal. Ahí estaba la oportunidad de obedecer o de desobedecer, de creer o de dejar de creer en la Palabra de Dios (Génesis 2:15–17).

2. LA DESOBEDIENCIA DEL HOMBRE. El diablo, en forma de una serpiente, contradijo a Dios y afirmó que el hombre no moriría si comía del fruto prohibido. El hombre creyó aquella mentira en lugar de creer a la palabra del Dios que le amaba. El acto de desobediencia produjo un cambio fatal llamado la Caída (Génesis 3:1–7). El resultado de ello fue la inmediata muerte espiritual, que es la separación de la comunión de Dios (Génesis 3:8), y en último término la muerte física, en la que el alma del hombre queda separada de su cuerpo (Génesis 5:3–5).

3. EL PROBLEMA DEL HOMBRE. Las consecuencias de esta desobediencia no quedaron confinadas al primer hombre. El pecado y la muerte habían ahora entrado en la raza humana por medio de él (Romanos 5:12). La naturaleza del hombre quedó alterada de tal manera que se transformó en un ser contrario a Dios. El hombre vino a ser pecador tanto por naturaleza (Efesios 2:3) como por la práctica (Romanos 3:23). La paga del pecado era la muerte (Romanos 6:23). Todo pecado es pagado con la muerte (Ezequiel 18:4). Por ello, el hombre está ahora “muerto en delitos y pecados” (Efesios 2:1, 5). Esta muerte ya está presente como muerte espiritual, que es la separación de Dios. La muerte permanece como un testimonio constante de lo terrible del precio del pecado (Hebreos 9:27; Santiago 1:15). Más allá de la muerte física, que separa al alma del cuerpo, se halla la segunda muerte, que separa al alma eternamente de Dios (Apocalipsis 20:11–15). Incluso en esta vida presente es el pecado la causa principal de todos los problemas, enfermedades, dolor y separación de la vida de Dios.

Sustitución por el pecador

Las Escrituras nos enseñan que Dios amó a sus criaturas caídas (Efesios 2:4, 5; 1 Juan 4:10). Pero se vio confrontado por una dificultad moral en su plan de salvarlos de una muerte espiritual que iba a transformarse en eterna. Dios es absolutamente recto, esto significa, totalmente justo. Por esa razón, la pena por el pecado tiene que ser satisfecha (Exodo 34:7). Sin embargo, Dios es también misericordioso y amante, y desea intensamente la salvación de sus criaturas caídas (2 Pedro 3:9). ¿Cómo pueden reconciliarse la amante misericordia y la perfecta justicia?

1. LA SOLUCION DE DIOS. Mediante el Señor Jesús, se halló el camino para que quedara, por una parte, satisfecha la justicia de Dios en pago de la deuda contraída por el pecado. Pero el amor de Dios, por el otro lado, quedó satisfecho al salvar al hombre de la muerte eterna. El método fue la sustitución, por la que la culpa iba a ser pagada por otro en favor del hombre (Isaías 53:4–6). Cristo iba a ser el gran Sustituto que llevó nuestros pecados. El Hijo se hizo hombre porque la paga del pecado demandaba la vida del hombre (Hechos 2:22). El era sin pecado a fin de poder estar totalmente libre de las demandas de la muerte sobre su propia humanidad (2 Corintios 5:21). Su vida fue de infinito valor a fin de que pudiera ser una redención para todos (1 Timoteo 2:4). Es de destacar que sólo Dios puede ser un Salvador para el hombre (Isaías 43:11; 45:21). Jesús llenaba esta condición (Mateo 1:21–23).

2. LA REVELACION DE DIOS. El plan de Dios se dio a conocer en los primeros capítulos de Génesis. Los esfuerzos de nuestros primeros padres para cubrir sus pecados con las obras de sus propias manos, se ven en la manera como quisieron cubrir sus cuerpos con hojas de higuera (Génesis 3:7). Era una provisión que no cubría su desnudez ni su pecado delante de un Dios santo. El les dio pieles de animales como vestimenta apropiada (Génesis 3:21). Esta sustitución sólo podía venir cuando había habido derramamiento de sangre. Así fue como empezaron los sacrificios de animales. La siguiente generación provee otra ilustración. Caín ofreció a Dios el fruto de su trabajo en el campo, en tanto que Abel ofreció un sacrificio cruento. Dios aceptó este último, pero rechazó la ofrenda de Caín. La ofrenda de Caín tipifica las obras humanas como manera de acercarse a Dios (Génesis 4:3–5). Aquellos que buscan ser aceptados por Dios basados en sus obras meritorias, están siguiendo “el camino de Caín” (Judas 11). A Dios se llega mediante el sacrificio cruento, no por las obras humanas. Una ilustración adicional de esto se halla en la más importante de las fiestas judías, la Pascua. En su institución, antes del Exodo de Israel de Egipto, se tomó un cordero sin tacha por familia, y fue sacrificado. La sangre fue aplicada a cada morada como protección frente al juicio divino sobre todos los primogénitos. Por este sacrificio cruento, Dios pasó por encima, preservando a estas casas de la muerte (Exodo 12:3–14; 17–21). El sistema sacrificial del Antiguo Testamento continuó esta enseñanza. Estos sacrificios eran sombras de lo que tenía que venir: la muerte de Cristo en la cruz (Colosenses 2:17). Los sacrificios anteriores no podían nunca quitar el pecado, aunque anticipaban e ilustraban el sacrificio que sí lo haría (Hebreos 10:1–4). El sacrificio perfecto y total por los pecados fue el del Señor Jesús en la cruz. Este fue el sacrificio que quitó el pecado del creyente (Hebreos 9:12–14; 10:10, 12). Así vemos que Dios, desde el principio, proveyó de una base a la fe para salvación. El cumplimiento de su plan se hallaba en la venida de su mismo Hijo (Hebreos 1:1, 2). Esta fue la sabiduría secreta de Dios, preservada de las fuerzas del mal a lo largo de todos los tiempos (1 Corintios 2:7, 8).

3. EL CAMINO DE DIOS. Ya que el Señor Jesús por su sacrificio en la cruz es el único camino hacia Dios, ¿cómo se salvaban los creyentes del Antiguo Testamento? Se salvaban exactamente sobre la misma base que nos salvamos nosotros; esto es, por la gracia, por medio de la fe, sin obras meritorias (Efesios 2:8, 9). Murieron en fe, no habiendo visto el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento de un Libertador definitivo, el Mesías. Sin embargo, estaban persuadidos de que las promesas eran ciertas, y confiaron en ellas (Hebreos 11:13). Dios les contó su fe por justicia (Romanos 4:3; Santiago 2:23). Contó la obra del Señor Jesús en favor de ellos de la misma manera que la cuenta para nosotros (2 Corintios 5:21). Aunque los detalles del mensaje diferían, el evangelio también fue predicado a las personas del Antiguo Testamento (Hebreos 3:16–4:2; 1 Pedro 4:6). Ellos creyeron en Dios y mostraron la realidad de aquella fe obedeciéndole. Juan el Bautista continuó predicando antes de que Jesús comenzara su ministerio público (Marcos 1:15). El Señor Jesús predicó el Evangelio del Reino (Mateo 4:23; 9:35). Recibirle como Rey era entrar en su reino. Es por esta razón que cuando estaba con ellos, les dijo que el reino de Dios estaba en medio de ellos (Mateo 17:21).

4. LA SATISFACCION DE DIOS. Dios el Padre está complacido en su Hijo (Mateo 3:17). El está plenamente conforme con la suficiencia de aquella obra en la cruz, que satisface la deuda del pecado, y que nos hace aceptables ante la presencia de Dios. “Consumado es” (Juan 19:30). No son necesarios más sacrificios por los pecados. Nunca más serán recordadas nuestras iniquidades (Hebreos 10:17, 18). Dios nos favorece por causa del Señor Jesús (1 Juan 2:1; Hebreos 2:17). El Cordero de Dios ha pagado totalmente los pecados del mundo (Juan 1:29; 1 Juan 2:2). Su resurrección ha exhibido ante el mundo la plena aprobación de Dios con respecto a todo lo que El ha cumplido (Hechos 2:22–24).

Salvación para el creyente

Para ser salva, cada persona tiene que venir a Dios individualmente, recibiendo a Cristo como Señor y Salvador (Juan 1:12–13). En la actualidad, la respuesta a Dios clasifica a las personas en uno de dos grupos: los piadosos y los impíos. Estos son miembros de diferentes familias espirituales con diferentes padres, diferentes frutos y diferentes destinos.

1. HIJOS DE DESOBEDIENCIA (Efesios 2:2; 5:6). La reacción de estas personas frente a Dios las hace acreedoras de este nombre. El futuro de ellos esta indicado por la frase “hijos de ira” (Efesios 2:3). El verdadero padre de ellos es señalado con la expresión “hijos del diablo” (1 Juan 3:8, 10).

2. HIJOS DE DIOS (Romanos 8:16, 17; Gálatas 3:26). También podrían ser llamados “hijos de obediencia”, debido a la expresión “obediencia a la fe” que se encuentra en Romanos 16:26. La respuesta de ellos a la fe es “obedecer a Jesucristo” (1 Pedro 1:2). Ellos son obedientes al evangelio. Ya que pertenecen a la línea de la fe, reciben el nombre de hijos de Abraham (Gálatas 3:7). El Señor Jesús dijo que los hijos de Abraham “las obras de Abraham hacen” (Juan 8:39). La transformación de su vida hace que vengan a ser “hijos de la luz” (Juan 12:36; 1 Tesalonicenses 5:5). No son salvados por buenas obras, pero sí son salvos para hacer buenas obras (Efesios 2:10; Tito 3:8). La intención de la salvación es que aquellos que antes habían estado muertos en pecados, pudieran ahora vivir a la justicia (1 Pedro 2:24).

La principal diferencia entre las dos familias se halla en la fe que ambas profesan. Los hijos de desobediencia, siguiendo a Caín, tienen fe en sus propios esfuerzos para vivir delante de Dios. No obedecen al evangelio ni se acercan a Dios sólo por medio de la obra consumada de Cristo. Ellos confían en su propia bondad, en sus propias ideas, en su propia forma de vivir. En contraste a todo esto, los hijos de Dios han llegado a reconocer que necesitan un Salvador. Se han arrepentido de sus pecados (Lucas 13:3; 15:7; 24:47; Hechos 2:38; 3:19). Se han vuelto por fe hacia Dios (Hechos 20:21; 26:20). La fe de ellos está puesta sólo en la sangre de Cristo para la salvación (Romanos 3:25). Sólo su sangre nos puede limpiar de todo pecado (1 Juan 1:7; Apocalipsis 1:5).

Conclusión

La salvación del hombre estaba en el plan de Dios antes de que el mundo fuera creado. El deseaba la comunión con aquellos que estuvieran dispuestos a amarle y obedecerle voluntariamente. El principio de la desobediencia no le tomó por sorpresa. En la mente de Dios, el Cordero de Dios había sido dispuesto, incluso inmolado, desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:19, 20; Apocalipsis 13:8). Cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo (Gálatas 4:4). Aquel que había hablado de muchas maneras y a través de muchos profetas, hablaba ahora al hombre por medio de su Hijo (Hebreos 1:1, 2). El mensaje del evangelio le dice al hombre que Cristo ha muerto y ha pagado por sus pecados, satisfaciendo toda demanda de la justicia de Dios. El Hijo ha resucitado de entre los muertos para la justificación del hombre. Dios ofrece vida eterna a todos los que vengan a El por la fe en su Hijo. Recibir al Hijo es tener la vida eterna (Juan 1:12; 1 Juan 5:12). La ira de Dios permanece sobre aquellos que no creen en El (Juan 3:36). ¿Camina usted ahora como un hijo de obediencia, un hijo de luz, un hijo de Dios?