12 LA SEGURIDAD DE LA SALVACION

Se ha dicho muy frecuentemente que “nadie puede saber con seguridad que va a ir al cielo”. Tal postura, por lo general, es apoyada por varios argumentos. Se dice que las cosas que hacemos en la vida podrían hacer que perdiéramos nuestra salvación. ¿Sobre qué base podemos saber con seguridad que poseemos la vida eterna? Este interrogante tiene que recibir respuesta en las declaraciones de las Sagradas Escrituras.

Posibilidad de la seguridad

“Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna” (1 Juan 5:13). Veréis que no dice para que podamos sentir —abrigar la esperanza— ni imaginar. Dice: “Para que sepáis que tenéis vida eterna”, en más de 30 ocaciones repite Juan, en su primera epístola, la palabra “saber” en una u otra forma. Consideremos estas frases: “sabemos que nosotros le conocemos” (2:3), “sabemos que hemos pasado de muerte a vida” (3:14), “sabemos que él permanece en nosotros” (3:24), “conocemos que somos de la verdad” (3:19), “conocemos que permanecemos en él” (4:13).

Es verdaderamente cierto que “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos” (Mateo 7:21). Además, algunos que profesan ser creyentes y que se han asociado con cristianos, serán apartados por el Señor (Lucas 13:25–27). “Por sus frutos los conoceréis”, dijo el Salvador (Mateo 7:20). Sin embargo, si ha habido un verdadero renacimiento espiritual sellado por el Espíritu Santo (Efesios 1:13), y evidenciado por la vida de la persona afectada (1 Juan 2:6), el creyente puede estar confiado en la posesión de la vida eterna ahora (2 Timoteo 1:12; Romanos 8:38–39).

La seguridad se define como “confianza” o como un “estado de certeza”. La seguridad de la salvación es la confianza o estado de certeza que tiene un cristiano acerca de su propia salvación (vida eterna). Las Escrituras indican a las claras que Dios quiere que el cristiano sepa que se dirige al cielo. La seguridad de la salvación no es un mero optimismo o presunción humana. Es un hecho basado sobre un testimonio suficiente (divino) de que estamos en una relación recta con Dios.

Tres testigos para la seguridad del creyente

Dios ha dado al cristiano tres testigos que dan testimonio de su relación con Dios, y sobre los cuales basar su seguridad:

1. LA PALABRA DE DIOS. Este es nuestro testigo más poderoso. Así como nuestra salvación se basa en creer la Palabra de Dios (Génesis 15:6; Romanos 10:9–10), también nuestra seguridad se basa en su Palabra. El que cree en el Hijo tiene vida eterna (Juan 3:16, 36; 5:24). Nuestra salvación se basa en el hecho de que tenemos al Hijo de Dios, no de que tengamos cierto sentimiento (1 Juan 5:12). En ningún pasaje nos hablan las Escrituras de “sentirse” salvado. Si venimos a Jesús, tenemos Su palabra de que El no nos echará fuera (Juan 6:37).

2. PRUEBAS OBJETIVAS DE LA REALIDAD. Otro testimonio importante lo es el de la realidad de una vida cambiada. El ladrón en la cruz tuvo una oportunidad limitada de ponerse del lado de Cristo, pero confesó públicamente su fe y reprendió al otro ladrón (Lucas 23:40–43). Aunque hay creyentes que viven una vida carnal (1 Corintios 3:1–4), de los cuales Lot es típico (2 Pedro 2:7–8), con esto no se dice que su vida no muestre evidencia de vida espiritual. El fracaso humano tiene una provisión escritural (1 Juan 1:9; 2:1–2), pero esto no nos da licencia para pecar. A continuación, se enumeran pruebas escriturales de que hay vida divina en el individuo:

a. Confiesa a Cristo (Romanos 10:9–10)

b. Buenas obras (Santiago 2:14–26; Efesios 2:10)

c. Obediencia a la Palabra (1 Juan 2:4–5; 5:2–3)

d. Ausencia de amor al mundo (1 Juan 2:15)

e. Práctica de la justicia (1 Juan 3:7, 10)

f. Ausencia de práctica del pecado (1 Juan 3:9–10; Gálatas 5:21)

g. Amor por los hermanos en la fe (1 Juan 3:14)

h. Afirmación de la Deidad de Cristo (2 Juan 9)

i. Buena disposición a admitir y confesar los pecados propios, como creyente (1 Juan 1:8–9)

3. EL TESTIMONIO INTERNO. Un tercer testimonio es el de nuestros propios sentimientos. Este testimonio es el más débil de los tres por cuanto es subjetivo y uno puede engañarse a sí mismo. Sin embargo, tomado conjuntamente con los otros tres, es un testimonio significativo. Lo que sigue son pruebas subjetivas de la realidad de la vida divina:

a. El Espíritu da testimonio a nuestro espíritu (Romanos 8:16).

b. No hay más conciencia de pecado como deuda impagada (Hebreos 10:2).

c. Hay pesar cuando pecamos (Salmo 32:3–5).

d. Ha habido cambio en nuestra forma de vivir (ver pruebas objetivas); sentimos una realidad en la oración: tenemos carga por los perdidos; tenemos deseo de nutrirnos de la Palabra, etc.

Los cristianos que dudan frente a los profesantes no salvos

Aunque las dudas acerca de nuestra salvación son cosa seria (e incluso pecaminosa), la mayor parte de los cristianos se ven acosados por tales dudas en un momento u otro de su camino. Las siguientes líneas generales pueden demostrar su utilidad para los que ponen en tela de juicio su propia salvación:

Cristianos que dudan:
Profesantes no salvos:
1. Se hallan preocupados acerca de su relación con Dios (suscitan cuestiones acerca de ella).
1. Tienden a ser descuidados, incluso confiados.
2. Muestran frecuentemente insistente preocupación acerca de su propia salvación.
2. Afirman vigorosamente su propia salvación, frente a las evidencias contrarias en su vida. Resisten cualquier interrogante acerca de esto y se ofenden cuando alguien se lo hace.
3. Se identifican con cristianos, aunque a menudo sienten su propia indignidad de ser uno de ellos.
3. Critican con frecuencia a los creyentes y a la iglesia; los acusan de varias cosas, a menudo con áspero lenguaje.
4. A menudo ponen su salvación en tela de juicio durante “depresiones” mentales, físicas y espirituales o en tiempos cuando pasan por dificultades y crisis.
4. Muestran muy poco reconocimiento, o ninguno, de su necesidad en estos períodos difíciles.

Tratando con las dudas

1. RECONOZCA LAS DUDAS. Puede ser que Ud. haya tenido interrogantes similares a los que siguen: “Cuando acepté a Cristo, no sucedió nada; no me sentí diferente.” “No sé si creí de la manera adecuada.” “No tengo el testimonio del Espíritu.” “Creo que he cometido el pecado imperdonable.” “Mi vida no muestra que yo sea cristiano. He fracasado de la manera más miserable.”

2. EXAMINESE A SI MISMO. Las siguientes preguntas pueden ayudar a determinar el verdadero estado espiritual de una persona: “¿Ha tenido en alguna ocasión la convicción de pecado?” “¿Cuándo y bajo qué circunstancias recibió a Cristo?” Un verdadero creyente ha conocido la convicción de pecado y arrepentimiento, y basa su esperanza de salvación sólo en Cristo y en su obra. Por lo general, podrá recordar un punto en su vida en el que se entregó incondicionalmente a Jesucristo como Señor y Salvador; si no conoce la fecha sabe al menos que se entregó así a El.

3. CONFIRMELO EN ORACION. Considere una oración de entrega a Cristo como Señor y Salvador, si hay cualquier duda. Sin embargo, la repetición de oraciones de este tipo no puede tomar el lugar de venir al punto de creer la Palabra de Dios, y de reposar sobre ella, en lugar de reposar sobre sentimientos.

El valor de la evaluación propia

Jesús nos advirtió de que no nos engañemos a nosotros mismos con respecto a la salvación. Muchos son los que pretenderán haberle conocido, y haber hecho mucho en su servicio, pero que serán arrojados a las tinieblas de afuera, porque no fueron verdaderos creyentes (Mateo 7:21–23; Lucas 13:23–28). Por ello, si tenemos la más mínima duda, debemos examinarnos a nosotros mismos, si estamos en la fe (2 Corintios 13:5) usando las pruebas objetivas de realidad que se nos dan más arriba. Si todavía hay dudas, se puede hacer una entrega a Cristo como Señor y Salvador.