“¿QUE ES EL HOMBRE, PARA QUE TENGAS DE EL MEMORIA?” pregunta el salmista (Salmo 8:4). Nuestro cuerpo proviene del polvo, y al polvo vuelve (Génesis 3:19). ¿Qué somos? ¿Por qué somos significativos? ¿Cuál es nuestro propósito en la vida? Las respuestas que demos a estos interrogantes afectarán profundamente a nuestra perspectiva y la manera en que vivamos.
El origen del hombre
Son muchos los que han sugerido que el ser humano es simplemente una de las muchas formas de vida que vinieron a la existencia en el universo por mero accidente. Dicen que se trata simplemente de un “animal superior”, de “la cima de la evolución”; tiene una vida pasajera sin ningún valor duradero. Hay quienes han respondido a esta teoría viviendo como meros animales, aferrándose egoístamente a cada placer a la mano y viviendo en desesperanza, mientras esperan entrar en la nada. Otros tienen un punto de vista místico de que la vida es una especie de rueda cósmica, que da vueltas incesantemente. Dicen que la vida siempre ha existido en una u otra forma. El hombre aparece, muere, se funde en un tipo de “nada”, y después se “reencarna” en alguna otra forma. No hay explicación de orígenes, ni de ninguna inteligencia directiva, ni de un Dios personal.
Contraste estos dos sistemas de creencia. ¿Cuál le parece más razonable?
| Fe en el origen por casualidad | Fe en un Creador Supremo |
| 1. Originalmente no había nada. La materia y la energía vinieron a existir sin causa, después vinieron a formar sistemas planetarios enteros, todo ello por casualidad. | 1. Dios creó el universo, incluyendo la tierra, el hombre, los animales, la vida marina, las aves y otras criaturas (Génesis 1:1–2:25; Juan 1:3; Colosenses 1:16; Hebreos 11:3). |
| 2. La vida empezó espontáneamente en varios sistemas planetarios. Se desarrolló de formas más sencillas a más complejas sin dirección inteligente alguna. No hubo plan ni propósito detrás de todo ello. | 2. Dios, la Suprema Inteligencia, es la fuente de todo designio, orden y ley. El es el origen de toda la vida El hombre es su creación especial, hecho a su imagen y semejanza espirituales. |
| 3. El hombre evolucionó de un antecesor antiguo similar a los simios. Es un animal sin naturaleza espiritual, un accidente biológico en el espacio, sin propósito, ni futuro. | 3. Toda la humanidad desciende de los seres humanos originales creados por Dios, tal como se describe en Génesis 1–2. Los hombres difieren de los animales en su capacidad de conocer espiritualmente y adorar a Dios, en su posesión de lenguaje articulado y comunicación escrita, y de un alma y espíritu inmortales. |
La Biblia dice: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra … creó Dios al hombre” (Génesis 1:1, 27). “El nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos” (Salmo 100:3). Somos conocidos por Dios antes de nuestro nacimiento (Salmo 139:13–16). ¿Por qué nos hizo? Fue para su propio placer (Colosenses 1:16; Apocalipsis 4:11). El fue el alfarero, y nosotros fuimos el barro (Romanos 9:20–21). ¿Cuál es nuestro propósito aquí? Hemos sido creados para glorificar a Dios (Romanos 1:21; Salmo 86:9, 12; Mateo 5:16). Sin embargo, el hombre ha rehusado adorar y servir a su Creador (Romanos 1:25). En lugar de ello, ha buscado vivir para sí mismo.
La naturaleza del hombre
El hombre ha sido hecho a la imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:26; 5:1; 9:6). Esto significa “sombra” o “semejanza”. Ya que Dios es un Espíritu, la semejanza no es física, sino espiritual (Efesios 4:24; Colosenses 3:10). Este es el principal aspecto de la singularidad del hombre. El hombre tiene un aspecto material llamado cuerpo, que en muchas fases de sus funciones, es como el cuerpo de otras criaturas. Y con todo, se trata meramente del “tabernáculo” o “casa terrenal” en la que vive (2 Corintios 5:1–4; 2 Pedro 1:13–14). Más significativo, tiene un alma y un espíritu que, junto con el cuerpo, forman su ser trino (1 Tesalonicenses 5:23). Es difícil discernir entre el alma y el espíritu (Hebreos 4:12). El cuerpo tiene que ver con el contacto sensible con lo que nos rodea. Por ello recibe el nombre de asiento de la conciencia de lo terreno. El alma es el centro de la emoción, la razón y la decisión (Salmo 13:2; 42:5). Es el asiento de la conciencia del yo. El espíritu tiene que ver con nuestra capacidad de conocer a Dios y a las cosas que pertenecen al reino de lo espiritual. Es el asiento de la conciencia de lo divino (Romanos 8:16). Incluso las personas que no conocen a Dios tienen espíritu (Santiago 2:26).
Al ser interno del hombre, en ocasiones se le llama el “corazón” (Deuteronomio 29:4; Salmo 40:8, 10, 12; Proverbios 14:10; Isaías 44:18). Los deseos las percepciones y las actitudes internas se ven como proviniendo de esta fuente. La conciencia, como sabemos por referencia común, es una sensibilidad a lo que es recto y a lo que es malo (Romanos 2:15; Hebreos 5:14). Habla a nuestro sentido del deber o de la responsabilidad, así como a nuestro sentido moral. A menudo decimos: “que tu conciencia te dirija”, incluso si es débil o excesivamente sensible (1 Corintios 8:10). Pero una conciencia puede ser buena (Hechos 23:1; 1 Timoteo 1:5, 19; Hebreos 13:18), o puede ser mala (1 Timoteo 4:2; Hebreos 10:22). Puede ser pura (1 Timoteo 3:9; 2 Timoteo 1:3), o puede estar corrompida (Tito 1:15). Debiera guardársela sin ofensa (Hechos 24:16).
La elección del hombre
La necesidad de decidir un asunto, de echar la propia suerte, especialmente en lo moral y lo espiritual, es el deber más serio de la conciencia humana. Puede afectar, y afectará nuestro destino eterno. Dios ha dado claramente al hombre el derecho a elegir, y ha hecho de ello la base del justo juicio (Deuteronomio 30:15, 19; Josué 24:15; Apocalipsis 20:12–13). Al hombre le encanta elegir, pero no le gusta sobrellevar las consecuencias de sus malas elecciones. Echa la culpa a Dios, a los padres, a la sociedad, a las instituciones y a los acontecimientos, con el fin de desligarse de su propia responsabilidad, incluso mientras persiste en hacer malas elecciones. Hay sistemas religiosos que enseñan que el hombre es un robot moral dispuesto por un Dios que lo determina todo y que no le da una verdadera posibilidad de elegir. Pero no hay base para tal enseñanza. Dios llama al hombre a que elija, y dice que si se aparta de El, está sin excusa (Romanos 1:20).
La caída del hombre
Las personas reflexivas, se han dado cuenta desde hace años, de que algo con el hombre se ha echado a perder. Incluso ciertos tipos de animales evidencian una capacidad de vivir en armonía y cooperación entre los de su propio tipo. ¿Por qué el hombre mata, aborrece, actúa brutalmente y deja que otros mueran de hambre? ¿Por qué el egoísmo y el comportamiento rebelde se evidencian ya en los niños más pequeños, sin que nadie se lo haya tenido que enseñar? ¿Por qué a los niños hay que enseñarles a hacer el bien, en tanto que no se necesita enseñarles a hacer el mal? Se han propuesto todo tipo de teorías acerca del ambiente, de los hábitos paternos, de las fuerzas sicológicas, y de sistemas políticos y sociales. Pero nadie ha podido demostrar sus proposiciones ni ha podido cambiar satisfactoriamente la naturaleza humana mediante sus teorías.
Las Escrituras nos dicen qué ha ido mal. Los primeros seres humanos tenían un ambiente perfecto, e hicieron la elección equivocada de desobedecer a Dios (Génesis 3). Fue en este momento cuando el pecado entró en el mundo (Romanos 5:12–19), y con ello una cadena de nefastas consecuencias. El juicio se pronunció de manera rápida porque el hombre era evidentemente culpable (Génesis 3:16–24). Resultó en la pérdida de aquel ambiente perfecto, y en la certidumbre de la muerte física, del dolor y de la dificultad para el hombre y sus descendientes hasta nuestros días. Esto ha recibido el nombre de “la caída del hombre”. Las consecuencias de esta caída se detallan en Génesis 6:5; Salmo 12:1–3; Romanos 3:10–23 y otros pasajes. Los continuos efectos de ello se ven en la naturaleza del hombre incluso en la actualidad. El pecado ha oscurecido su entendimiento espiritual (Efesios 4:18; 1 Corintios 2:14), le ha dado un corazón engañoso (Jeremías 17:9), y ha corrompido tanto su carne como su espíritu (Efesios 2:3). La Biblia atribuye todos los conflictos humanos, dolores y males, a una sola fuente: el pecado, y dice que satura la misma naturaleza humana. También afirma que ha afectado la creación entera en un sentido físico, desde las espinas en el reino vegetal hasta la violencia en el reino animal.
La responsabilidad humana
El ser humano es responsable ante un Dios amante y solícito. Dios le da un gran valor (Mateo 10:31) y lo cuenta como digno del mayor sacrificio (Juan 3:16). Esta amante solicitud se ve en la actitud de Jesús al derramar su llanto sobre una ciudad que le había rechazado (Lucas 19:41). El estaba dispuesto a salvarla, pero sus habitantes rehusaron su salvación (Lucas 13:34).
El hombre no es ni independiente ni autónomo, aunque en ocasiones se lo crea y actúe en consecuencia. Vino de la mano de un Creador y Sustentador de quien depende incluso para su aliento (Isaías 42:5). El hombre tendrá un día que presentarse ante su Creador, y dar cuenta de sí mismo (Romanos 14:12; Hebreos 9:27). Se presentan dos alternativas en Juan 3:36 y en 1 Juan 5:12. El hombre tiene que elegir.
