“YO SOY DIOS. Y NO HAY OTRO DIOS; y nada hay semejante a mí” (Isaías 46:9). La Biblia proclama la voz del único Ser Supremo, “el Alto y Sublime, el que habita la eternidad” (Isaías 57:15). Del misterio e infinitud de su ser absoluto, El se ha declarado a sí mismo como “el Dios vivo” (Salmo 42:2; 84:2; Daniel 6:20; 1 Timoteo 4:10; 6:17; Hebreos 9:14; 10:31). “Su grandeza es inescrutable” (Salmo 145:3). Su inmensidad es tal que “en El vivimos, y nos movemos, y somos” (Hechos 17:28). Una y otra vez ha subido el clamor: “Oh, Dios, ¿quién como tú?” (Salmo 71:19; cp. 89:8; 113:5). La contestación debe siempre ser, “No hay nadie como tú”.
Conceptos populares acerca de Dios
El nombre “Dios” ha estado en muchas bocas. Han habido los que han negado su existencia, los que han usado su nombre para blasfemarlo y los que han confundido y presentado erróneamente su ser. Los ateos dicen que no hay Dios, y que pueden demostrarlo. Los agnósticos dicen que es imposible conocer acerca de su existencia, y trabajan con diligencia para llevar a millones a la misma convicción de desconocimiento. Los panteístas dicen que Dios es meramente la naturaleza, autocreada, y que el hombre forma parte de ello. Los politeístas dicen que no hay un solo Dios, sino muchos. En sus filas han figurado desde los antiguos paganos hasta los mormones de nuestros días. Se proponen, además, varias otras ideas. Se ha dicho que todo es Dios, incluyendo a Ud. y a mí, o que Dios es meramente un principio, una ley o fuerza impersonal. Se ha dicho que Dios es meramente una idea en la mente, una muleta psicológica o una neurosis (un temor irracional). Los hombres se han hecho imágenes o ídolos que representan dioses (Hechos 19:23–28), aunque tales prácticas estén prohibidas por la Biblia (Exodo 20:4–5). En muchas ocasiones, ha habido hombres que se han llamado dioses, y que han ordenado a otros que los adorasen. Algunos, en su rechazo a reconocer cualquier responsabilidad ante un Ser Supremo, han venido a ser, en la práctica, sus propios dioses.
La evidencia propia de Dios
La Biblia no intenta demostrar que hay un Dios. Asume que este Conocimiento está entretejido en el mismo ser y en la conciencia humana. Dice que el necio niega su existencia (Salmo 14:1; 53:1). Señala que los malvados tratan de olvidarle (Salmo 10:4). En arqueología se considera prueba suficiente de que el hombre ha estado presente si hay evidencias de la adoración de Dios. Ninguna dictadura ha podido erradicar todavía la fe en Dios, a pesar de intensos esfuerzos aplicados a este fin. El hombre, a lo largo de la mayor parte de su historia, ha estado incurablemente convencido en lo más hondo de su ser, de que Dios existe y de que es responsable delante de El. Este conocimiento forma la misma base de su responsabilidad. “Porque lo que se conoce de Dios es manifiesto dentro de ellos mismos; pues que Dios se lo ha manifestado. Porque sus atributos invisibles, es decir, su eterno poder y divinidad, desde la creación del mundo son claramente manifestados, siendo percibidos por medio de sus obras, para que ellos no tengan excusa” (Romanos 1:19–20, V.M.).
La firme convicción de la existencia de Dios estaba presente mucho antes de que se empezaran a producir argumentos humanos en favor o en contra de la creencia. Se suele recurrir a ataques sistemáticos por parte del estado, el proceso educativo, y los medios de comunicación de masas para debilitar la creencia en Dios. También es evidente que cuando aumentan la soberbia, la arrogancia intelectual, la maldad y la degeneración social aumentan también las dudas acerca de la existencia de Dios. Los hay que preguntan: “¿Por qué tenemos que creer en Dios? Podemos explicarlo todo en base del evolucionismo”. Los que creen ser más inteligentes que los creyentes en Dios debieran considerar lo siguiente:
1. NO HAY NADA QUE SE ORIGINE A SI MISMO. Ningún trabajo científico ha demostrado jamás una cadena inacabable que provenga de la nada. De hecho, nada viene nunca de la nada. La Biblia dice: “Toda casa es hecha por alguno; pero el que hizo todas las cosas es Dios” (Hebreos 3:4).
2. LAS ESTRUCTURAS COMPLEJAS DEMANDAN UN HACEDOR O UN DISEÑADOR. Cada parte principal del cuerpo humano, como el cerebro o el ojo, es más complicada que una máquina de procesamiento de datos o que un reloj. Y nadie creería que este tipo de máquina vino a existir por casualidad.
La perspectiva bíblica acerca de Dios
1. HAY UN DIOS. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento nos proclaman que hay un solo Dios (Deuteronomio 6:4; Isaías 45:5; 1 Timoteo 2:5). El judaísmo y el islamismo concuerdan con la fe cristiana acerca de este punto. Se habla a menudo acerca de otros dioses (1 Corintios 8:5–6), y en ocasiones la Biblia utiliza esta palabra en un sentido inferior (Exodo 7:1; Salmo 82:6), pero hay tan sólo un verdadero Dios.
2. DIOS EXISTE EN TRES PERSONAS. El, Dios, existe en una unidad plural, y no simple. Es uno en esencia, pero revelado en las Escrituras como plural en distinciones de personalidad. Un nombre para Dios en el Antiguo Testamento es Elohim, que se usa alrededor de 2.600 veces. Es plural en forma, aunque en ocasiones se use con un verbo en singular. Deuteronomio 6:4 es la clásica afirmación judía de que hay sólo un único Dios. “Jehová nuestro Dios, Jehová uno es”. Este versículo utiliza Elohim. Además señalamos que Dios a menudo habla de sí mismo, incluso en el Antiguo Testamento, como “nosotros” o “nos” (Génesis 1:26; 3:22). Ningún Rey de Israel habló jamás de sí mismo de esta manera. Hay referencias que establecen una distinción entre “Dios y Dios” (Salmo 45:6–7, cp. Hebreos 1:8, o “Jehová dijo a mi Señor”, Salmo 110:1, cp. Mateo 22:42–46). La más plena revelación de Dios existente como Padre, Hijo y Espíritu Santo se nos da en el Nuevo Testamento. Cada uno de ellos es llanamente llamado Dios, aun cuando el mismo Nuevo Testamento afirma con toda llaneza que hay tan sólo un Dios.
a. El Padre es Dios. Ver 1 Tesalonicenses 1:1; 2 Pedro 1:17.
b. El Espíritu es Dios. Ver Hechos 5:3–4; 2 Corintios 3:17.
c. El Hijo es Dios. Ver 1 Juan 5:20; Tito 2:13; Juan 1:1, 14; 20:26–28; Hechos 20:28; Romanos 9:5; Colosenses 2:8–9; 1 Timoteo 3:16; Hebreos 1:8; Apocalipsis 1:8, 17–18.
Se atribuyen a cada uno de ellos todos los atributos divinos. Las cualidades de la voluntad, de la emoción y de la razón son atribuidas a cada persona. El Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo, se distinguen el uno del otro, y con todo están unidos en la Deidad (1 Pedro 1:2; Judas 20–21). Sus nombres aparecen unidos en la fórmula bautismal (Mateo 28:19) y en la bendición apostólica (2 Corintios 13:14). Además, se pueden identificar en el bautismo de Jesús (Mateo 3:16–17), y en los discursos citados en Juan (Juan 14:16–20; 15:26; 16:7–16). También se muestra la unidad del Padre y el Hijo (Juan 14:9; 17:22). Se habla de las tres personas de la Deidad, aunque difieren de lo que nosotros entendemos por “personas”. No son tres dioses diferentes, ni se trata de un dios tricéfalo. Hay en sustancia tan sólo un Dios. La palabra “Trinidad” se usa como conveniencia para describir a la Deidad, aunque no se halle en la Biblia. Lo mismo sucede con la expresión “Dios trino”. Ya que no tenemos nada con qué comparar a Dios a este respecto, no tenemos términos en nuestro lenguaje que expresen de una manera total esta verdad. La Biblia no lo explica. Deberíamos aceptar las directas afirmaciones de las Escrituras, y dejarlo ahí.
3. DIOS ES ESPIRITU. Ver Juan 4:24. Puede asumir la forma de un hombre, o comunicarse en una voz. Puede llegar a manifestarse a sí mismo en algún fenómeno natural, tal como el trueno o el rayo. Pero es un ser espiritual invisible que no se halla limitado ni por el espacio, ni por el tiempo, ni por la forma.
4. DIOS TIENE PERSONALIDAD. El no es un mero principio, ni sólo una idea. Se le atribuyen características tan personales como conocimiento (1 Juan 3:20), sensibilidad o emociones (Génesis 6:6) y voluntad total de tomar decisiones (Santiago 1:18). Manifiesta tanto amor como ira. Recuerda o elige olvidar. Hace decretos y anuncia el futuro. Dios no es una máquina de movimiento perpétuo. Es el mayor consuelo para el creyente saber que Dios es amor (1 Juan 4:8, 16). Ningún principio, ni fuerza impersonal alguna, justificaría esta afirmación de 1 Pedro 5:7: “Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros”.
La palabra para “Dios”, en nuestro lenguaje, proviene del griego theos, y del latín Deus. En el politeísmo griego, theos denotaba a un dios o deidad. De ahí, la palabra fue apropiada por los judíos, y retenida por los cristianos, para denotar al Dios verdadero. Con muy pocas excepciones, en la versión griega del Antiguo Testamento la LXX, se usa theos para traducir las palabras hebreas Elohim y Jehová, indicando la primera su poder y preeminencia, y la última su existencia inoriginada, inmutable, eterna y autónoma.
En inglés, se usa como Dios la palabra “God”, que proviene de “good”, bueno. Ciertamente, es bueno. También recibe el nombre de Señor, de Todopoderoso u Omnipotente, Creador, Salvador, Redentor y muchos otros nombres. El nombre Jehová proviene de JHVH, una palabra de cuatro letras, denominada el tetragramatón, para denotar el Nombre Divino en el Antiguo Testamento. Nunca se pronunciaba y, en su lugar, se leía siempre adonai, Señor, por lo que su verdadera pronunciación es asunto de suposición. Nadie puede decir, en base de las Escrituras, que cualquiera de estos nombres sea el único nombre aceptable para Dios. Es esencial que conozcamos al Dios de la Biblia, que es aquel que nos manda que conozcamos a su Hijo Jesucristo. El es el único camino a Dios (Juan 14:6).
