12 ALEJADOS DE DIOS

“Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano” (Salmos 32:4). “Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí” (Salmos 51:3). ¡Qué trágica es nuestra experiencia como creyentes cuando hemos quebrantado nuestra comunión con el Señor! ¡Estamos lejos del Señor! Aquella comunión que una vez fue dulce y llena de gozo se ha convertido en amargura. Se ha perdido el gozo de la salvación (Salmos 51:12). Podemos abrigar algo de satisfacción temporal de la vida pasada (2 Timoteo 4:10). Podemos justificarnos por este estado miserable apelando a las circunstancias. Pero, para un verdadero hijo de Dios esta condición estropeada no halla satisfacción íntima en la vida presente. Además de esto, hay una pérdida de recompensas eternas en la vida venidera (1 Corintios 3:14, 15). Hemos menospreciado el amor del Salvador, quien nos reprende, disciplina y nos llama al arrepentimiento (Apocalipsis 3:19).

Debemos observar que la comunión quebrantada es un extravío de los propósitos que Dios tiene para nosotros, de llevar frutos en esta vida (Juan 15:2). Somos salvados para andar en una vida de buenas obras (Efesios 2:10; Tito 3:8). Estar apartado de Dios es vivir una vida imposible de sostener. Debe considerarse atentamente la actitud del Señor Jesús hacia los árboles que no llevaron fruto (Mateo 12:33; Lucas 13:6–9). Como una enfermedad, las pestes y sequías destruyen los árboles de la tierra; de igual manera los azotes espirituales arruinan, impiden el brote de los frutos del Espíritu de Dios. Haríamos bien si prestáramos atención al llamado del Señor: “Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros” (Malaquías 3:7).

El mundo cristiano comúnmente usa la palabra “rebelión” para referirse a la condición de comunión quebrantada. Es asombroso cuán frecuentemente se usa para explicar la conducta de aquellos que demuestran poca evidencia de haber sido regenerados a una nueva vida en Cristo (2 Corintios 5:17). No obstante, debemos notar que la palabra “rebelión” no se usa en el Nuevo Testamento. Su mención está limitada a los libros de Jeremías y Oseas, con la posible excepción de Proverbios 14:14. Se usa especialmente para referirse a Israel como una nación alejada de Dios y no para referirse a personas que se encuentran fuera de comunión. Describe básicamente una condición de apostasía (negación de la fe) y se traduce así en versículos como Jeremías 5:6; 8:5; 14:7 y Oseas 14:4. Considerando Hebreos 6:4–6; 2 Pedro 2:20–22 y Judas 5–19, uno raramente describiría a un hijo de Dios como un apóstata. Entonces contextualmente estos verslcuíos del Antiguo Testamento que usan la palabra “rebelión” no describen generalmente a los verdaderos creyentes.

¿Fuera de comunión o no salvo?

La primera consideración al examinar la vida de alguien que afirma ser un cristiano, pero cuyos caminos no confirman tal afirmación, es buscar una genuina conversión. ¿Hemos nacido de nuevo? La pregunta no es si alguna vez hicimos una oración y le pedimos a Jesús que entre a nuestro corazón; o si hemos trabajado con algún grupo cristiano; o si hemos sido miembros de alguna confraternidad local. La pregunta es: “¿Recibimos al Espritu Santo cuando creímos?” (Hechos 19:2). Si no lo recibimos, entonces no hemos renacido. ¿Cómo podemos estar seguros? Si continuamos siendo personas sexualmente inmorales, borrachos, ladrones, celosos, envidiosos, alborotadores, nunca heredaremos el reino de Dios, no importa cuán seguros estemos de nuestra salvación (1 Corintios 6:9, 10; Gálatas 5:20, 21). Dios dice que si decimos que conocemos al Señor Jesús pero no guardamos sus mandamientos, somos mentirosos (1 Juan 2:4). “Pero ¿quién de vosotros guarda siempre estos mandamientos?”, dice el objetor. Por supuesto, nadie los cumple intachablemente. Según 1 Juan 3:7–9 lo que se considera es la práctica del pecado, o la continuación en el pecado. No hay un sólo ejemplo en las Escrituras, aparte del Señor Jesús, de una persona que no haya tenido pecado. Todos nosotros todavía pecamos, y por lo tanto, debemos confesar y abandonar el pecado para mantener nuestra comunión con Dios (1 Juan 1:9, 10). De este modo se hace una distinción entre pecado casual y la práctica del pecado. Por consiguiente, debemos asegurar que nuestra vida y testimonio apoyen nuestra afirmación de haber nacido de nuevo. Si nuestro testimonio está en duda, debemos someternos a Jesucristo como Señor y Salvador y volvernos de nuestros pecados. Debemos tener una relación con Dios antes de hablar de comunión quebrantada.

Causas de la comunión quebrantada

No puede haber comunión con Dios si andamos en tinieblas (1 Juan 1:6). “Mientras no confesé mi pecado, mi cuerpo iba decayendo por mi gemir de todo el día” (Salmos 32:3 VP). El pecado, ya sea del santo o del pecador, siempre tiene como efecto la separación de Dios. “Pero nuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oir” (Isaías 59:2). Uno puede dejar de permanecer en Cristo. “El que no permanece unido a mí, será echado fuera y se secará como las ramas que se recogen y se queman en el fuego”. Lo que empieza como prioridades erróneas y descuida la comunión con Dios pronto trae como resultado la pérdida del interés, falta de compromiso y luego la absorción por las cosas de esta vida (Mateo 13:22). Luego viene una etapa posterior cuando se comienza a participar en asuntos dudosos y se es seducido por la concupiscencia (Santiago 1:14), hasta que finalmente, se comete pecado notorio.

Los ejemplos del Nuevo Testamento con respecto a la comunión quebrantada son menos comunes de lo que uno supondría. Sin embargo, he aquí una demostración de los síntomas:

1. PERDIDA DEL AMOR A CRISTO (Apocalipsis 2:4). Nuestro “primer amor” por Cristo produce una profunda apreciación por él y un ardiente fervor. Es como el amor entre una pareja comprometida y es el que Dios aprecia (Jeremías 2:2). Cuando permitimos este cambio de la “luna de miel” con Cristo a la indiferencia con él, estamos en peligro de convertirnos como la persona tibia a quien el Señor Jesús promete vomitar de su boca (Apocalipsis 3:15, 16).

2. MALAS ACTITUDES (Efesios 4:31; Hebreos 12:15). Alguna actitud amarga en vez del perdón y la reconciliación puede quedar para prolongarse más tarde. La confusión y disputa pueden reemplazar la bondad y la paz interior. Los resentimientos con Dios y con el hombre llegan a ser como cizañas en el alma.

3. CONCIENCIA TOLERANTE (1 Corintios 11:28, 29). Si no juzgamos el pecado en nuestras vidas, Dios lo juzgará por nosotros (1 Corintios 11:31). El nos disciplinará a fin de que podamos ser partícipes de su santidad (Hebreos 12:10). Debemos ser sensibles para con Dios y su mandato para nuestra vida y conducta. Como alguien dijo: “Mantén breves cuentas con Dios”.

4. MUNDANALIDAD (Tito 2:12). El sistema de valores: moral, poder, orgullo y ambición que pertenece al escenario de este mundo, no tiene parte con Cristo, ni nosotros debemos tener parte con él (Juan 17:14). Somos instruidos a dejar el deseo mundanal y vivir piadosamente en esta presente generación. El deseo de acumular posesiones es una parte de aquel sistema y además trae ruina (1 Timoteo 6:9). Cuando amamos el sistema del mundo, en lugar de reconocer su pecaminosidad y naturaleza pasajera, estamos desobedeciendo a Dios (1 Juan 2:15–17). Gastar nuestro tiempo en actividades mundanas es también una señal de peligro.

5. AUSENCIA A LOS SERVICIOS DE LA IGLESIA (Hebreos 10:25). Cuando amamos a Cristo, amamos a su pueblo. Cuando amamos a su pueblo queremos estar con éste. Las personas pueden estar alejadas de Dios mientras aún asisten a los servicios. Es un mal indicio cuando el alejamiento de Dios ha llegado al punto de descuidar nuestra asistencia a las reuniones de la iglesia. La costumbre del Señor Jesús fue estar en la sinagoga en el día de reposo (Lucas 4:16). Nunca se ha escrito que Jesús usó la excusa de que no era necesario hacer esto para estar en comunión con Dios.

6. INCREDULIDAD (Marcos 16:14). Cuando rehusamos creer en lo que Dios ha dicho o no queremos asirnos de su Palabra por la dureza de nuestro corazón, justificamos su solemne reprensión. ¿“Dónde está tu fe?”, fue su frecuente desafío (Lucas 8:25). La directa desobediencia a Dios, tal como casarse con un inconverso (2 Corintios 6:14), es una evidencia de incredulidad. Otros síntomas incluyen el descuido de nuestro tiempo devocional, el no confesar a Cristo abiertamente delante de los hombres y la retención de recursos para los necesitados o para los siervos de Dios. La inmadurez y carnalidad (satisfacción de la carne) son la semilla para un alejamiento de Dios (1 Corintios 3:1–3).

El precio de la comunión quebrantada

Una vez que comprendemos la diferencia entre relación y comunión, no debemos seguir pensando que por la infracción de algún mandato de Dios perdemos nuestra salvación. No vendremos a juicio por nuestros pecados ya que hemos sido apartados por medio de la ofrenda única del cuerpo de Jesucristo sobre la cruz (Hebreos 10:10). No vendremos a juicio por los pecados porque hemos pasado de muerte a vida (Juan 5:24). Siendo ése el caso, ¿por qué no disfrutar de nuestra salvación y también del mundo? ¿Por qué nos preocupamos por el pecado si Jesús ya lo ha pagado? ¡Dios prohibe tal pensamiento! (Romanos 6:1, 2). Es un síntoma de la pérdida de la perspectiva de la eternidad y del amor de Dios. Las consecuencias de la comunión quebrantada a causa del pecado son suficientes para hacernos frenar; nos hace estremecer.

1. PARA USTED. Existe la posibilidad de que su testimonio se arruine. El incrédulo lo hollará bajo sus pies como sal sin sabor (Mateo 5:13). Recibirá la disciplina de Dios (Hebreos 12:5–7). Puede experimentar depresión emocional, enfermedad física y hasta la muerte (1 Corintios 11:30). Puede perder oportunidades para servir. Puede perder el gozo de la salvación (Salmos 51:12). Las Escrituras ya no tendrán vida cuando las lea o las escuche. Su oración no es escuchada (Salmos 66:18), porque los cielos se han cerrado para usted. La comunión con otros creyentes ya no es la misma. La satisfacción aun por los simples placeres de la vida, se apaga. Perderá recompensas en el Tribunal de Cristo por haber edificado su vida con madera, heno y hojarasca (1 Corintios 3:12–15). Puede convertirse en un barco náufrago sobre las olas de la vida (1 Timoteo 1:19).

2. PARA OTROS. Puede poner una piedra de tropiezo en el camino de los creyentes que le han visto como un ejemplo (Romanos 14:13). Puede dar ocasión para que los incrédulos rechacen a Cristo porque usted se convirtió en uno de los “hipócritas de la iglesia”. Puede causar la muerte de alguien cercano a usted (2 Samuel 12:14) o de aquellos que están bajo su responsabilidad (1 Crónicas 21:14, 17).

3. PARA DIOS. Puede ocasionar censura del nombre de Cristo (1 Timoteo 5:14). El inconverso puede blasfemar del Señor por la conducta de aquellos que profesan ser sus seguidores (2 Samuel 12:14). Con una vida ligera y voluntariosa testifica que no tiene verdadera devoción a Dios quien lo amó y se dio por usted. El no significa nada para usted.

¿Y todavía dice que puede vivir con ligereza entretanto que es salvo?

Cura para la comunión quebrantada

Dios no nos abandonará a la desesperación si ha ocurrido la calamidad de que nos hayamos apartado de él. Sin embargo, el enemigo puede tentarnos a desistir. William MacDonald en su libro, “Hay un camino de regreso a Dios”, caracteriza la voz del destino con estas frases: “No hay esperanza en él. No hay absolutamente nada que valga la pena. Puedes darte por vencido. Todo lo que puedes hacer es cooperar con lo inevitable. De cualquier modo las cosas nunca podrían ser las mismas… Has pecado sin tener un día más de oportunidad. Has pasado el punto sin retorno”. Por supuesto, ésta es una negación de la Palabra de Dios para un hijo suyo. En primer lugar, nada podrá separarnos del amor de Dios (Romanos 8:38, 39). Nunca somos expulsados de su familia por mala conducta (Juan 10:28). En segundo lugar, él es el Gran Pastor del rebaño. El siempre buscará a aquellas ovejas que se descarrían (Lucas 15:4). El Señor buscó a Adán mientras procuraba esconderse de él (Génesis 3:8, 9). El es un Dios de restauración. Buscó a Adán y lo restauró. Buscó a David y lo restauró (2 Samuel 12:13) y le dio eterno regocijo el cual es descrito en los Salmos para nuestro consuelo (Salmos 32:1, 2). Restauró a Pedro con una triple confesión que borró el recuerdo de su triple negación (Juan 21:15–17).

¿Cuál es el camino a la restauración? Empezamos desde el punto donde nos descarriamos de la senda. Confesamos y nos apartamos de nuestro pecado (Proverbios 28:13). Dios no despreciará al corazón quebrantado y al espíritu contrito (Salmos 51:17; Isaías 57:15). Nos arrepentimos y hacemos las obras que hacíamos al principio (Apocalipsis 2:5). Debemos producir frutos (obras) de acuerdo a nuestro arrepentimiento profesado (Mateo 3:8). Las confesiones que no incluyen abandono del pecado y un cambio en nuestras vidas son palabras vanas. Tenemos que considerar la raíz del pecado. Debemos clamar a Dios con profunda sinceridad así como lo vemos en el Salmo 51.

¿Podemos estar seguros que Dios nos perdonará? Sólo tenemos que creer en lo que su Palabra dice al respecto. El tendrá misericordia y será amplio en perdonar (Isaías 55:7). Vendará y curará nuestras heridas (Oseas 6:1). Su método es considerar el pecado y luego acabar con él. Pueden haber consecuencias temporales, tales como deudas, alianzas paganas, hijos impíos y salud deteriorada. Sin embargo, podemos tener contínuamente una dulce comunión con él, quien ama nuestras almas. Esa es la posesión inapreciable que perdimos tan ligeramente, y que luego recuperamos con tal arrepentimiento. Aquellos que temen haber cometido el “pecado imperdonable” (Mateo 12:22–32) deben estudiar cuidadosamente las palabras de nuestro Salvador. El extendido temor por este pecado es más opresivo para aquellos que tienen un mínimo conocimiento de lo que es este pecado. Los impíos del tiempo de Jesús dijeron que sus milagros fueron hechos por el poder de Satanás y no por el poder del Espíritu de Dios. Su caprichosa negativa a creer en las obras de Dios y sus injurias al Espíritu fueron actitudes de hombres impíos, no de creyentes.

Compromiso a una comunión inquebrantable

La gracia de la restauración no debe tentarnos a creer que el alejarse de Dios siempre tiene a su disposición un remedio fácil. Debemos aprender una lección que impida cualquier repetición. Debemos proponernos permanecer cerca de Dios. Si hemos tratado cabalmente con el pecado en las áreas principales que hemos tropezado, la repetición es menos probable. Aun el que piensa permanecer firme debe cuidar de no caer (1 Corintios 10:12). Debemos aprender a odiar el pecado, como aquello que causó sufrimiento a nuestro Señor Jesús, y que ha destruido la vida de millones llevando a muchos al infierno. Necesitamos tener un temor saludable a Dios, el cual no jugará con su santidad ni abusará de su gracia. Debemos aprender a permanecer en Cristo y a extraer diariamente de los recursos espirituales disponibles en él. Debemos aprender a acercarnos a Dios cada día, sabiendo que a cambio de esto, él se acercará a nosotros (Santiago 4:8). Entonces nuestra nueva perspectiva en la vida reflejará el deseo de vivir cada día sólo para la gloria de Dios quien nos amó con tal profundidad que se dio a sí mismo por nosotros. Así, con toda seguridad en su promesa, esperamos que él restaurará en nosotros los “años que comió la oruga” (Joel 2:25), el derroche de días preciosos que pudieron ser usados para el reino de Dios.