El Dios de la Biblia es un Dios santo. Su apariencia es extraordinaria. Cambió el color del rostro de un profeta piadoso (Daniel 10:8) y a otro le hizo exclamar que estaba destruído (Isaías 6:5). Aún otro cayó a sus pies como muerto (Apocalipsis 1:17). Los guardianes angelicales de esta santidad dan voces incesantemente delante de su trono, “Santo, Santo, Santo” (Isaías 6:3; Apocalipsis 4:8). Ninguna cosa inmunda puede entrar al lugar donde él mora (Apocalipsis 21:27). Sin la santidad nadie verá al Señor (Hebreos 12:14). Por lo tanto el pueblo de Dios debe ser un pueblo santo; a santidad él nos ha llamado (Efesios 1:4). El dice: “Sed santos, porque Yo soy santo” (1 Pedro 1:16; cf. Levítico 11:44; 19:2).
A menos que la santidad de Dios esté firmemente implantada ante el ojo de nuestra mente, estaremos propensos a bajos niveles de vida personal. “Hemos aprendido a vivir impíamente y hemos llegado a verlo como algo común y natural”, manifiesta A.W. Tozer. Esta actitud negligente nos hace suponer que la vida pecaminosa y el perdón fácil son completamente aceptables. Aquellos que llevan una vida de continua inmoralidad, borrachera y actitudes semejantes no heredarán el reino de Dios, no importa cuán seguros se sientan en sus oraciones y en su asistencia a la iglesia (1 Corintios 6:9, 10; Gálatas 5:19–21; Apocalipsis 22:15). El creyente es amonestado a huir de la inmoralidad (1 Corintios 6:18). Puesto que la palabra “santo” se aplica al Espíritu, a las Escrituras y a Cristo mismo, no tiene un significado inferior cuando se aplica a la clase de personas que debemos ser.
Palabras derivadas como “santificar”, “santo” y “consagrado”, vienen de la misma raíz “santo”. El significado fundamental es “apartarse”. Estas palabras se mencionan en la Biblia más de 800 veces. Las cosas inanimadas, como los utensilios del templo, fueron consideradas como santas cuando eran separadas para Dios. Israel fue apartado para los propósitos de Dios en el Antiguo Testamento, por eso es llamado nación santa. El pueblo de Dios (los creyentes) del Nuevo Testamento, son también llamados una nación santa. Dios habla de su propia santidad, porque él es santo. Esto indica la absoluta pureza de su ser y su separación de la más mínima corrupción.
Aspectos de la santidad
1. SANTIDAD POSICIONAL. Cuando aceptamos a Jesucristo como nuestro Señor y Salvador somos traídos a una posición de santificación eterna (Hechos 26:18; 1 Corintios 1:30; 6:11; Hebreos 10:10, 14). Estando “en Cristo” nos hacemos santos (2 Corintios 5:17). Por lo tanto, Dios llama a cada creyente “santo” o santificado, como lo manifiestan las salutaciones de casi todas las epístolas paulinas (1 Corintios 1:2). Por gracia se nos da una santidad la cual de otra manera sería imposible alcanzar.
2. SANTIDAD PROGRESIVA. “Progresiva” implica un proceso de hacerse santo con la práctica. Esta es la santidad por la cual Cristo oró (Juan 17:17). Dios procura nuestra santidad posicional en Cristo para estimularnos a practicar la santidad en nuestra vida diaria. La impiedad es una marca del hombre corrupto que va camino al juicio eterno de Dios (1 Timoteo 1:9, 10; 2 Timoteo 3:2–5). Nosotros somos llamados a limpiarnos “de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Corintios 7:1). Hay severas advertencias y estrictos castigos como consecuencia de las prácticas indignas (1 Corintios 11:27–31). Somos llamados a la santificación en esta vida, y no solamente en la venidera (1 Tesalonisenses 4:7; 2 Pedro 3:11). Somos llamados a mantenernos separados para los propósitos de Dios y para el uso del Maestro (2 Timoteo 2:21). Esta es una disponibilidad santa para Dios. También somos llamados a separarnos de cualquier forma de corrupción. Esto incluye actitudes tales como fornicación (1 Tesalonisenses 4:3), “deseos carnales que batallan contra el alma” (1 Pedro 2:11) y “toda especie de mal” (1 Tesalonisenses 5:22). Tampoco debemos estar “en yugo desigual con los incrédulos”, sino que tenemos que separarnos de tales alianzas (2 Corintios 6:14–17).
3. SANTIDAD PERFECTA. Nosotros no seremos separados para siempre de toda corrupción hasta que veamos al Salvador en los cielos. Después de la muerte tendremos santidad completa, definitiva y perfecta en todo aspecto (Efesios 5:27; Colosenses 1:22; 1 Juan 3:2; Judas 24). Hasta entonces, no podemos esperar tener una perfección en este sentido.
Errores con respecto a la santidad
1. PERFECCION DESPUES DE LA CONVERSION. Algunos grupos han enseñado la doctrina de la santificación instantánea y “completa” en esta vida, basados en Romanos 6:6 y Gálatas 2:20. Los creyentes son instados a buscar una experiencia por la cual el “viejo hombre sea crucificado”, y el “cuerpo de pecado… destruido”. Se les asegura que buscando esta experiencia encontrarán y disfrutarán una perfección que no es posible obtener en la regeneración. Por medio de esta experiencia, son aconsejados a lograr al mismo tiempo toda una vida santa cual nunca tuvieron antes. Sin embargo, esta doctrina no está de acuerdo con la enseñanza de las Escrituras en cuanto a un continuo andar con Cristo en vez de una “crisis” definitiva (Lucas 9:23). Ninguna experiencia en particular produce santidad consistente y perpetua o “perfección sin pecado”. Andar en el Espíritu y permanecer en Cristo es un asunto diario.
2. FARISEISMO. Hubo en el tiempo de Jesús un partido religioso cuyos miembros fueron llamados “Fariseos”, lo cual significa “separados”. Ellos basaban su santidad delante de Dios en la meticulosa observancia de ritos, tales como el lavado de manos y utensilios. Daban los diezmos (una décima parte) aún de las legumbres de sus huertos (Lucas 11:42). Pero, no consideraron la justicia y el amor de Dios. Ellos “colaban el mosquito y tragaban el camello” (Mateo 23:24). Los Fariseos recriminaban a Jesús por su contacto con los pecadores e inmundos y por su indiferencia a sus ritos (Marcos 7:2–5). Si buscamos alcanzar la santidad por medio de ritos o deberes religiosos que no impactan la vida interior, entonces, somos prisioneros del fariseísmo. Hoy, esta forma de “santidad” se manifiesta en un espíritu de extrema crítica hacia otros creyentes en asuntos de vestido, estilo de cabello, costumbres, o tal vez en detalles secundarios de doctrina. Sin embargo, los críticos carecen de amor genuino y verdadera espiritualidad en sus popias vidas.
3. ELITISMO. Algunas veces los creyentes piensan que han logrado la espiritualidad porque han tenido cierta experiencia, o han desarrollado cierto estilo de vida. Por ejemplo: vivir en pobreza, o han formulado cierta escuela de doctrina, según ellos, la verdadera. A estos les cae bien la frase “más santo que tú” (Isaías 65:5). Cuando somos prisioneros del elitismo, enfocamos nuestros logros y nos comparamos con aquellos de quienes pensamos que no han llegado tan lejos (2 Corintios 10:12). Nuestra postura es “hay una sola clase de creyentes, es decir ‘nosotrosí, con nuestras doctrinas, nuestros estilos de vida, nuestro adiestramiento especial, nuestro líder; después están todas las demás almas mal iluminadas”.
4. AISLAMIENTO. Es fácil pensar que si sólo pudiéramos salir del mundo y mantenernos aislados, entonces seríamos santos delante de Dios. Podremos permanecer alejados de los pecadores. Podremos vivir en las montañas o en un lugar alejado. Podremos adoptar una vestidura especial para identificarnos como diferentes a los demás. Podremos invertir todo nuestro tiempo con los creyentes. Podremos negarnos a leer o escuchar cualquier noticia del mundo en general. Podremos hacer todas estas cosas para alcanzar la santidad. Sin embargo, el ejemplo del Señor Jesús no enseña esto. El comió con los pecadores, anduvo en medio del pueblo y estuvo enterado de lo acontencimientos que vendrían. Con todo, él nunca comprometió sus criterios personales. Nuestro llamado es más bien para estar en el mundo, pero no pertenecer al mundo (Juan 17:14–16). Si el Señor lo quisiera de otra manera, nos quitaría de este mundo.
Areas de la santidad
La santidad personal envuelve todo aspecto de la vida del creyente. Algunas de las áreas más visibles, particularmente manifiestas a los demás, son nuestro lenguaje, disposición, conducta moral, relaciones personales, apariencia externa y prácticas festivas.
1. LENGUAJE. Nuestro lenguaje debe ser digno. Debemos evitar la murmuración y la charla sin sentido. Nuestras palabras no sólo deben ser honestas (Levítico 19:11; Proverbios 12:22), puras (Efesios 5:3, 4), y con gracia (Colosenses 4:6), sino también edificantes (Efesios 4:29). Debemos hablar de las cosas de Dios con reverencia, evitando particularmente las bromas o juego de palabras acerca de la Biblia o asuntos espirituales. Podemos ser más cuidadosos con nuestro lenguaje si guardamos la amonestación de Jesucristo siempre delante de nosotros: “Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ello darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado” (Mateo 12:36, 37).
2. DISPOSICION. El interés por los demás debe dominar la personalidad del cristiano. Somos exhortados a ser benignos, misericordiosos y perdonadores (Efesios 4:32). Nuestro carácter debe ser refrenado (Efesios 4:26). La ira santa debe ser por la causa de Dios, no por la nuestra. Una actitud colérica, malhumorada, crítica, quejumbrosa, envidiosa, vengativa, contenciosa, codiciosa y obstinada en los creyentes no puede ser justificada como “naturaleza humana”. Debe ser condenada en nuestra vida como pecado y naturaleza carnal. El refrán, “pecadores en casa, santos fuera de casa”, indica que es éste el área del gran terreno de prueba: el hogar o con las personas con quienes diariamente tenemos contacto.
3. PUREZA MORAL. Aunque Dios creó el sexo, también lo limitó al área del matrimonio (Proverbios 5:18–20). El mundo clama por una modificación de las normas de Dios, diciendo, “Está bien, si se aman entre sí…” o “Soy un homosexual”. No obstante las consecuencias quedan. El uso impropio del sexo puede destruir a un hombre física y mentalmente (Proverbios 5:1–11; Romanos 1:27; 1 Corintios 6:18). En el Antiguo Testamento Sansón y José son ejemplos opuestos de derrota y victoria en el área de la pureza moral (Jueces 14–16; Génesis 39). Sansón perdió su buen testimonio y su vida; José perdió un empleo, pero, terminó siendo líder de un reino. La pureza moral comienza con la pureza de la mente (Mateo 5:28) la cual puede ser controlada por un acto de voluntad (Job 31:1). Nuestros pensamientos deben ser dirigidos a lo que es digno (Colosenses 3:1–5; Filipenses 4:8).
4. RELACIONES. El Señor Jesús comió con los recaudadores de impuestos y con pecadores. Puesto que él vino para llamarlos al arrepentimiento, estuvo en contacto con ellos, pero no se mezcló en sus conversaciones, prácticas pecaminosas, u orientación mundanal. ¿Cómo se logra esta agradable interacción? Primeramente, él no hizo ninguna clase de alianza con ellos. La Escritura dice: “No os unáis en yugo desigual con los incredulos” (2 Corintios 6:14). La verdadera comunión entre la luz y las tinieblas, entre creyentes e incrédulos, es espiritualmente imposible sobre cualquier fundamento justo. Segundo, Cristo no se ocupó en prácticas corruptas ni descendió al nivel de los pecadores con el fin de indagar. En resumen: Tenga contacto con los incrédulos para que por su testimonio tengan un impacto en sus vidas. Nunca comprometa las normas de la santidad para actuar como ellos.
5. VESTIDURA. El cristiano debe vestirse para realzar su testimonio, no para desprestigiarlo. Tenemos que llamar la atención para Cristo no para nosotros mismos. Como embajadores del Rey (2 Corintios 5:20) nuestra vestidura no debe ser ostentosa ni costosa (1 Timoteo 2:9). El atavío de buenas actitudes es más importante que las ropas elegantes (Tito 2:10). Las vestiduras lujosas pertenecen al mundo (Lucas 7:25). Las mujeres deben ser femeninas, pero no llamativas ni seductoras. Los hombres deben elegir ropas masculinas. Dios aborrece la vestidura impropia y la confusión de sexos (Deuteronomio 22:5).
6. COMIDA Y BEBIDA. Aunque los alimentos son limpios (Marcos 7:18–29; 1 Timoteo 4:3–5), debe evitarse la glotonería (comer en exceso). La historia de Elí (1 Samuel 2–4) nos enseña el resultado de la falta de control en esta área y su efecto en las naciones postreras. En cuanto a la bebida, no se puede aplicar una razón bíblica contra la total abstinencia del vino. Sin embargo, debemos evitar ser tropiezo para otros (Romanos 14:21; Gálatas 5:13).
Indicaciones para las áreas dudosas
¿Cómo determina el creyente la conducta correcta en las áreas no tratadas específicamente en las Escrituras? ¿Qué de ciertas diversiones? (Palabra que viene de la raíz “disiparse”) ¿Son pecaminosos ciertos hábitos aunque en la Biblia no se prohiben directamente? ¿Hay alguna clase de música, programa de televisión o práctica que esté fuera de los límites para aquél que sigue a Cristo con seriedad? En asuntos que no están directamente incluidos en la Biblia, considere a manera de prueba las siguientes preguntas con sus versículos apropiados:
1. ¿Sería Dios glorificado con ello? (1 Corintios 10:31).
2. ¿Me avergonzaría de estar practicándolo si el Señor volviera en ese momento? (1 Juan 2:28).
3. ¿Es una buena inversión de tiempo y dinero? (Efesios 5:16; Lucas 16:9).
4. ¿Es cautivante, me ocasiona la formación de hábitos? (1 Corintios 6:12).
5. ¿Provee para mis deseos carnales, abriendo camino para el pecado? (Romanos 13:14).
6. ¿Ocasionaría que otros tropezaran o pecaran con el ejemplo que doy en esta área? (Romanos 14:13; 1 Corintios 8:13).
7. ¿Tengo dudas con respecto a ello? (Romanos 14:23).
8. ¿Tiene apariencia de mal? (1 Tesalonicenses 5:22).
9. ¿Es mundanal? (1 Juan 2:15–16).
10. ¿Maltrataría mi cuerpo que es templo del Espíritu Santo? (1 Corintios 6:19)
11. ¿Procedería de tal forma el Señor Jesús? (1 Pedro 2:21; 1 Juan 2:6).
Principios para una vida de santidad
Una vida santa debe ser cultivada como una delicada planta en medio de un ambiente desfavorable. Requiere tiempo, meditación y esfuerzo. He aquí algunos principios fundamentales para considerar:
1. CULTIVE HABITOS PIADOSOS. Fielmente nutrido con la Palabra de Dios como el alimento para su alma (Salmos 119:9–11). Aplíquela a su vida con obediencia en lugar de tomarla con ligereza. Medite en sus preceptos (Salmos 1:2, 3). Invierta tiempo a solas con Dios en sincera súplica delante de su trono. Mantenga una intensa vida de oración y adoración. Practique la comunión con el pueblo de Dios en las reuniones de su iglesia (Hebreos 10:25). Particularmente, invierta tiempo en compañ’a de los piadosos, escuche las prédicas (personalmente, en cassettes o al aire libre) de predicadores llenos del poder del Espíritu. Dios usa a ciertos hombres para cambiar otras vidas. Escúcheles. Lea sus libros o artículos, especialmente aquellos que han sido escritos por hombres piadosos que quizás ahora ya estén con el Señor. Evite la afluencia de material insignificante y superficial proveniente de la prensa. Guarde el Día del Señor para Dios (Apocalipsis 1:10); de otra manera, puede llamarlo “Mi día”.
2. MANTENGA SUS CONVICCIONES. Determine dónde apoyarse en sus principios. Luego viva según éstos sin importarle lo que le cueste. Esta actitud le libra de tomar decisiones bajo la presión de otros, especialmente por las normas del mundo. Daniel fue un notable ejemplo de un hombre de principios (Daniel 1). Debe aprender a decir “NO” a la tentación aún hasta el punto de tomar acciones extremas (Génésis 39:10–12; Mateo 5:29, 30). Busque la ayuda de Dios clamando a él cuando esté en conflicto (Proverbios 18:10). Elimine de su vida todo factor que pueda ser origen de tentación, tales como conocimientos, detalles del hogar, o ciertas exigencias de trabajo. Elija cuidadosamente a sus amigos íntimos ya que ellos pueden tener gran influencia (1 Corintios 15:33). Asegúrese de que compartan sus convicciones, o por lo menos que las respeten.
3. CONTROLE SUS PENSAMIENTOS. El Señor Jesus enseñó que de los pensamientos íntimos del hombre venían principalmente las contaminaciones (Mateo 15:19, 20). ¿De qué manera pueden mantenerse puros sus pensamientos? Primeramente, controle lo que recibe: analice su material de lectura u otros contactos con el mundo. La famosa frase de los expertos en computación es: “Basura entra, basura sale”. Esto se aplica a la mente, que es la computadora del hombre. No permita que su mirada se deleite en escenas corruptas o tentaciones. El sobrino de Abraham miró el camino equivocado y se mezcló en Sodoma (Génesis 13:10, 11). David miró erróneamente y cayó en derrota (2 Samuel 11:2). Manténgase ocupado, especialmente para Dios. La Biblia no dice “la mente desocupada es el taller de Satanás”, pero la declaración tiene mucho de cierto. Ponga la mira en el Señor Jesús, lo más digno de todo nuestro pensamiento (Colosenses 3:1, 2). Piense en lo puro, lo verdadero, lo digno (Filipenses 4:8). Convénzase de que puede dirigir correctamente sus pensamientos con el poder de Dios. No considere su mente como un corral abierto en el cual puede entrar cualquier pensamiento veloz y cobijarse como un pájaro en su nido. Concluimos anotando que el pronto retorno del Señor Jesucristo es constantemente mencionado en el Nuevo Testamento como un incentivo a la vida de santidad (1 Juan 3:2, 3; Tito 2:12, 13; 2 Pedro 3:14). Si él viniese hoy, ¿nos gustaría que nos encontrara en alguna condición contraria a su santidad? Si no es así, entonces, tenemos que comenzar de una vez a ocuparnos en vivir santamente.
