07 VENCIENDO LA TENTACION

Una de las experiencias comunes a la humanidad en el reino de lo moral, es el reconocimiento de un intenso empuje o atracción a hacer lo que es malo. En algunas ocasiones resistimos con eficacia En otras ocasiones cedemos. Esta atracción a hacer lo malo recibe el nombre de “tentación”. Nuestra capacidad de comprenderla y de resistirla con éxito, por el poder de Dios, tiene un profundo efecto en nuestro progreso como creyentes. Es la clave de la derrota o de una vida triunfante.

El significado de la tentación

En la Biblia el término tentación tiene más de un significado.

1. PRUEBA de un hombre por parte de Dios en el área de la fe, es un significado (Génesis 22:1; Exodo 15:25; 16:4). La prueba de la fe puede ser directa, como en el caso del mandato de Dios a Abraham para que ofreciera a Isaac. Puede ser indirecta, en las dificultades y persecuciones en la vida (Santiago 1:2, 3; 1 Pedro 1:6; 4:12). La prueba no tiene como propósito dar información a Dios, sino el probar la realidad de nuestra fe.

2. RETAR o provocar a Dios por parte del hombre es un uso negativo de esta palabra (Exodo 17:7; Hechos 15:10; 1 Corintios 10:9; Hebreos 3:8). Se tienta a Dios al expresar dudas acerca de su amor o poder, mediante acciones antiescriturarias pensadas para obligarle a tomar alguna acción, y abusando de su gracia con una continua rebelión. Tales acciones pueden provocar la ira de Dios (Salmo 106:29; Isaías 5:25).

3. SEDUCCION o atracción a hacer lo que es malo a los ojos de Dios es el significado que nos viene a la mente con más naturalidad (Santiago 1:14; Gálatas 6:1, 1 Timoteo 6:9; 1 Tesalonicenses 3:5). Este es el tema de la presente lección. Dios nunca tienta al hombre de esta manera (Santiago 1:13), aunque El permite que Satanás lo haga. También permite, en ocasiones, que el Diablo pruebe o acose a creyentes (Job 1:12; 2:3–6).

Cuando el salmista ruega a Dios que le pruebe y que vea si hay en él camino de maldad, parece dar a esto el primer significado (Salmo 139:23). Cuando el Señor Jesús es invitado a tirarse desde el pináculo del Templo y ser así rescatado por los ángeles, El no cede a la tentación del Diablo (Lucas 4:12). Este es el segundo significado. La denominada Oración del Señor incluye la frase “no nos metas en tentación” (Mateo 6:13), y es seguida por: “mas líbranos del mal”. Está claro aquí que está a la vista el tercer significado. Cada uso de la palabra tiene que ser cuidadosamente distinguido. Es alentador leer en la Palabra de Dios: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Corintios 10:13). Dios usa la tentación para sus propios propósitos y para el bien del hombre. Por ella El pone de manifiesto la fe y la integridad, desarrolla resgos de carácter, como la paciencia, y a menudo hace cerrar las bocas de los enemigos de Dios.

Tres fuentes de seducción

El ataque sobre el hombre procede de tres direcciones. Es de ayuda no confundirlas ni pasar por alto ningún área en la que podamos ser vulnerables.

1. EL DIABLO es un agente personal y activo del mal, que seduce y atrae al hombre para apartarlo del camino de Dios. El es llamado el Tentador (Mateo 4:3; 1 Tesalonicenses 3:5). La palabra “diablo” significa “calumniador” o “acusador”. El calumnia a Dios ante el hombre (Génesis 3:5) y calumnia al hombre ante Dios (Apocalipsis 12:10). La palabra “satanás” significa “enemigo” o “adversario”, debido a que él es enemigo tanto de Dios como del hombre (1 Pedro 5:8). El origen del Diablo es sugerido en Ezequiel 28:12–19 y en Isaías 14:12–14. El Diablo opera arrojando dudas sobre la Palabra de Dios (Génesis 3:1); oprimiendo a las personas física, mental y espiritualmente (Hechos 10:38); y dejando tras de sí un rastro de destrucción que lo hace merecedor al nombre de Apolión o Abadón, que significa “destructor” (Apocalipsis 9:11). Este ministerio mortal puede influenciar al hombre de tal manera como para hacerle perder su alma. El Diablo es un asesino de almas (Juan 8:44).

2. EL MUNDO es ese sistema seductor de valores, de baja moral e influencias impías, que atrae al descuidado hacia su órbita apartándolo de Dios. Este uso de la palabra no debe ser confundido con la misma palabra que se usa en ocasiones para significar el planeta tierra o sus habitantes. El malvado sistema del mundo tiene a Satanás por su príncipe o líder (Juan 12:31; Efesios 2:2). Este sistema es mantenido por él como un pequeñuelo en los brazos de su madre (1 Juan 5:19). Ser amigo de este sistema, es ser enemigo de Dios (Santiago 4:4). Los creyentes están en él en el sentido de que viven ahí (Juan 13:1), pero no en participación personal ni en conformidad a él (Juan 5:19). De los que han nacido de nuevo se dice que han vencido al mundo (1 Juan 5:4).

3. LA CARNE se usa como una expresión en tres diferentes formas en la Biblia. Se refiere en general a la humanidad (Hechos 2:17), al cuerpo humano (Juan 1:14; 3:6; 6:51) y a los deseos o apremios concupiscentes que van más allá de los límites establecidos por Dios (Gálatas 5:16, 24; Santiago 1:14; Efesios 2:3). Es este tercer sentido el que está aquí a la vista. Los deseos naturales son llevados más allá de sus límites correctos cuando la carne está controlando la situación. Por ejemplo, el sexo, que es legítimo dentro del vínculo del matrimonio, viene a ser fornicación fuera del matrimonio. Comer para suplir las necesidades del cuerpo, viene a ser glotonería cuando vivimos para comer, hasta el punto de llegar a la obesidad. Las obras de la carne son descriptas como: “adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías y cosas semejantes a éstas” (Gálatas 5:19, 20). La persistencia en la práctica de tales cosas es una marca de aquellos que no heredarán el reino de Dios (Gálatas 5:21).

Las dos naturalezas: La carne contra el Espíritu

El creyente en Cristo está totalmente consciente de una lucha personal, a menudo intensa, entre el deseo de hacer lo recto y la tentación a hacer lo malo. “El deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la came; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiéreis” (Gálatas 5:17).

El creyente está salvado pero, desafortunadamente, su naturaleza no lo está. No ha sido cambiada por el nuevo nacimiento. La “naturaleza” es la inclinación, disposición, carácter o capacidad para hacer algo. La vieja naturaleza, que tiende con tanta seguridad a pecar como un perro a ladrar, es la disposición del hombre desde su nacimiento. Fue heredada de Adán (Romanos 5:12). Por su naturaleza, el hombre tiende a la concupiscencia y a complacer los deseos de la carne y de la mente (Efesios 2:3). En ocasiones, esta naturaleza recibe el nombre de “el viejo hombre” (Efesios 4:22; Colosenses 3:9) o “la mente carnal” (Romanos 8:7). Esta naturaleza es una fuente de mal (Marcos 7:21–23). Está formada en maldad (Salmo 51:5). Es hostil a Dios y no puede complacerle (Romanos 7:7, 8). Nada bueno hay en ella (Romanos 7:18).

Cuando nacemos de nuevo recibimos una nueva naturaleza, no una rehabilitación de la vieja (2 Pedro 1:4). Somos hechos una “nueva creación” (2 Corintios 5:17) y “un nuevo hombre” (Efesios 4:24). Hay una simiente divina implantada que no puede pecar, por cuanto viene de Dios (1 Juan 3:9). Ya que la vieja naturaleza no es eliminada, ni mejorada, existe una lucha comprensible entre las dos naturalezas, tal como se presenta en Romanos 7:15–23. Es importante para la nueva naturaleza que consiga el dominio sobre la antigua. Para ello, tenemos que tomar del poder de Dios, alimentar la nueva naturaleza en todo, y evitar alimentar a la vieja en ninguna forma en términos de gratificarla. El apóstol Pablo habla de golpear su cuerpo para mantenerlo sujeto (1 Corintios 9:27). Esta es una expresión de autodisciplina.

Dos ilustraciones de seducción

La tentación de los dos primeros seres humanos es un ejemplo de las tres formas en las que el hombre es seducido. (Nótese 1 Juan 2:16). Cuando el fruto prohibido fue expuesto ante los ojos de Eva por el Tentador (Génesis 3:6), “vio la mujer que… era bueno para comer” (el deseo de la carne), “agradable a los ojos” (el deseo de los ojos, o del mundo), y “codiciable para alcanzar la sabiduría” (la vanagloria de la vida, o el pecado del Diablo).

Las tentaciones que sufrió el Señor Jesús siguen una pauta similar. El fue tentado primeramente cuando estaba hambriento, a hacer pan de las piedras, una seducción a la carne (Mateo 4:3). A continuación fue invitado a que se arrojara del pináculo del templo, para ser rescatado por ángeles, una seducción a la vanagloria de la vida (Mateo 4:5, 6). Finalmente, se le ofreció el mundo con toda su gloria como recompensa por adorar al Diablo, o la atracción del mundo (Mateo 4:8).

La victoria sobre la seducción: lo que Dios ha hecho

No hay tentación alguna que sufra el hombre que nuestro Señor Jesús no haya conquistado ya, haciendo así provisión para nuestra victoria.

1. LA VICTORIA SOBRE EL DIABLO fue conseguida por el Señor Jesús en la cruz (Juan 12:31; 16:11). El poder de Satanás sobre los creyentes fue quebrantado (Colosenses 2:15; Hebreos 2:14). No se nos dice nunca que temamos al Diablo. En lugar de ello, se nos ordena que le resistamos, y que entonces él se apartará de nosotros (Santiago 4:7). Evidentemente, no haría esto si siguiera teniendo poder sobre el creyente. Sin embargo, se nos advierte a que no le demos oportunidad contra nosotros, ya que la aprovechará astutamente (Efesios 4:27). Aunque él puede tentar, engañar y atacar a los creyentes, puede ser resistido por el poder de Dios mediante la sangre del Señor Jesús (Apocalipsis 12:10, 11).

2. LA VICTORIA SOBRE EL MUNDO es un logro adicional de nuestro Señor. El dijo: “Confiad yo he vencido al mundo” (Juan 16:33). El lo ha condenado absolutamente (Juan 12:31; 1 Corintios 11:32). Por esta razón tenemos que mantener una separación moral con respecto al mundo (2 Corintios 6:14–17). Esto no significa que debamos aislarnos de personas no cristianas (Mateo 11:19). Más bien significa que debemos abstenernos de contaminación y de relaciones desiguales. No debemos amar al mundo (1 Juan 2:15). Debemos vencerlo por la fe (1 Juan 5:4).

3. LA VICTORIA SOBRE LA CARNE fue asegurada cuando el Señor Jesús quebrantó el poder de la carne en la cruz (Romanos 6:6). Allí El condenó el pecado en la carne (Romanos 8:3). Fuimos una vez esclavos del pecado, pero ahora somos libres (Romanos 6:20–22). Cristo es la “doble cura” del pecado en el creyente. El nos salva a la vez de la cura del pecado y de su poder sobre nosotros. No somos las víctimas impotentes de una concupiscencia irresistible. Tenemos la capacitación de Dios para vencer los deseos carnales que nos llevarían a pecar.

La victoria sobre la seducción: lo que debemos hacer nosotros

La provisión victoriosa de nuestro Señor requiere siempre que la apropiemos personalmente. Los enemigos continúan atacando. Cada tentación tiene una vía de escape (1 Corintios 10:13). Siempre es bueno orar en tiempo de tentación, conscientes de la debilidad de la carne (Mateo 26:41). Tenemos que tomar del poder capacitador del Espíritu a fin de vencer. Unas acciones prudentes nos serán de ayuda para evitar ciertas tentaciones (1 Corintios 7:5). La excesiva confianza en nuestra propia carne es una actitud peligrosa y debe ser evitada (Filipenses 3:3). Las Escrituras trazan ante nosotros el camino de la victoria.

1. CONSIDERAOS “muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 6:11). Nuestras mentes deben ser orientadas para darnos cuenta de que ya morimos con Cristo, nuestro Gran Sustituto, en la cruz, y que todo lo que pertenecía a la vida antigua murió también con El allí (Colosenses 3:3). Un hombre muerto no puede ser atraído por el pecado.

2. PRESENTAOS “vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia” (Romanos 6:13). Se nos dice que ofrezcamos nuestros cuerpos como sacrificios vivientes a Dios (Romanos 12; 1). El río del Espíritu puede entonces fluir a través de una vida controlada (Juan 7:38, 39). “Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne” (Gálatas 5:16).

3. RESISTIR al Diablo, según se nos exhorta en Santiago 4:7. Debemos orar y hacer uso de la Palabra de Dios (Mateo 4:1–11). La guerra espiritual activa, demandando nuestra participación, constituye tanto parte de nuestra vida victoriosa como el reposar en la victoria de Cristo sobre nuestros enemigos, apropiándonos de su poder. Se debieran emplear tanto las medidas pasivas como las activas.

Provisión para el fracaso

1. PIDA LA AYUDA DE CRISTO. Un cristiano, aunque pueda pecar menos, no está libre de cometer pecados. Es por ello que la Biblia dice: “Y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1). El siguiente versículo afirma que Jesús resolvió la cuestión del pecado cuando murió en la cruz por todos nuestros pecados, pasados, presentes y futuros. Ahora Jesús es nuestro abogado delante del Padre para defender nuestra causa cuando pecamos.

2. CONFIESE A DIOS. Nuestra comunión con Dios es restaurada al confesar nuestro pecado (1 Juan 1:9). La palabra “confesar” significa “decir lo mismo que otro”, “estar de acuerdo con”. Cuando confesamos un pecado estamos poniéndonos de acuerdo con Dios en que lo que hemos hecho era malo. No es suficiente el mero asentimiento de que hemos pecado, sino que tenemos que afirmar específicamente qué pecado hemos cometido.

3. RECONOZCA EL PERDON DE DIOS. Acepte el perdón completo de Dios y su purificación. Una vez que se ha reconocido y abandonado un pecado, el dejar de aceptar el perdón de Dios es llamarle mentiroso, porque El ha prometido perdón sobre esta base. La obsesión continua en un pecado pasado, puede venir a ser la ocasión de un futuro tropiezo.

Conclusión

La tentación es un hecho de la vida para cada cristiano. El cristiano afronta el trío formidable integrado por el Diablo, el sistema del mundo y la carne. A pesar de ello, el Señor Jesús nos ha llamado de las tinieblas a caminar en la luz, a vivir en la victoria, a dar fruto de una manera abundante y a manifestar una vida transformada. Cristo hizo esto posible derrotando a nuestros enemigos en la cruz, y viniendo a ser el Capitán de nuestra salvación (Hebreos 2:10). Como nuestro Capitán El desea conducirnos al triunfo, y por medio de nosotros esparcir “el olor de su conocimiento” en todas partes (2 Corintios 2:14). Además, Cristo nos ha provisto de cuatro recursos de inmenso valor para afrontar los grandes retos de la batalla espiritual: el Espíritu Santo que vive dentro de nosotros (Romanos 8:9, 11), Cristo mismo intercediendo en el cielo por nosotros (Hebreos 7:25), la Palabra de Dios alimentándonos y equipándonos para la lucha (Efesios 6:17) y la oración, abriendo la línea vital a Dios por nosotros (Hebreos 4:16).

Incluso con tan gran Conductor y con tales provisiones, la victoria espiritual demanda que sigamos y obedezcamos la verdad. No surge esta de un mero conocimiento intelectual de la información bíblica. No halla sus raíces en experiencias espirituales subjetivas aparte de la Palabra de Dios. Llamar a Jesús “Señor” y no sentir responsabilidad alguna de hacer lo que El dice es una falsa profesión en el peor de los casos, e hipocresía en el mejor (Lucas 6:46). La obediencia es la prueba de la realidad espiritual (1 Juan 2:3, 4), la prueba de nuestro amor hacia El (Juan 14:15–21) y el camino hacia el crecimiento espiritual.