05 EL PROBLEMA DEL PECADO

¿Por qué hay maldad, dolor, sufrimiento, guerra y odio en el mundo? ¿Por qué hay codicia, envidia, soberbia y crueldad? ¿Por qué incluso los niños actúan de una manera egoísta, mienten, desobedecen y causan dolor a los más cercanos a ellos, sin que nadie les haya enseñado directamente a actuar así? ¿Se debe sólo a un mal ambiente? La Biblia nos dice que la raíz de la condición del hombre empieza en su nacimiento y que se halla presente antes que tenga ninguna influencia exterior sobre él (Salmo 51:5; 58:3). No se pueden entender correctamente las dificultades sin afrontar primero el mal moral del pecado.

Puntos de vista comunes acerca del pecado

¿Qué es pecado? Un diccionario normal nos dirá que se trata de una ofensa contra la ley moral o contra la ley de Dios. Esto es suficientemente claro. Pero la gente se ha apartado de esta sencilla definición para introducir varias ideas extrañas. Algunos ejemplos de ello son los siguientes:

1. NO HAY PECADO. El bien y el mal son un asunto de un mero cambio en la práctica social.

2. PECADO ES LO QUE HACE DAÑO A OTRA PERSONA, pero todo lo que se haga personalmente es cosa de uno.

3. EL PECADO TIENE QUE VER CON VARIOS MALOS HABITOS. Estos son considerados por diferentes grupos de diferentes maneras.

4. EL PECADO ES PENSAR O JUZGAR MAL.

5. EL PECADO DISGUSTA A DIOS PERO NO ES COSA SERIA. Todos pecan, y a fin de cuentas sólo somos humanos.

Perspectiva bíblica del pecado

Estas ideas pueden ser contrastadas con lo que enseña la Biblia sobre lo que es el pecado:

1. Apartarnos por nuestros propios caminos (Isaías 53:6).

2. Quebrantar la ley de Dios (1 Juan 3:4).

3. Rebelión contra Dios, o iniquidad (1 Juan 3:4).

4. Saber hacer el bien, y no hacerlo (Santiago 4:17).

5. Actuar sobre otro principio que el de la fe (Romanos 14:23).

6. No creer en Jesús (Juan 16:9).

7. Toda injusticia o mala actuación (1 Juan 5:17).

8. Todo lo contrario al carácter de Dios (Romanos 3:23).

Se relacionan en Marcos varias cosas malas que provienen del corazón, como malos pensamientos, fornicación, adulterio, codicia, envidia, calumnia, orgullo e insensatez. No hay pecado que pueda esconderse de Dios (Salmo 90:8). Surgen todos ellos de una naturaleza pecaminosa (Romanos 7:18). Nuestros pecados son una ofensa contra Dios por cuanto El es absolutamente santo (Salmo 145:17; Isaías 6:3–5; Habacuc 1:13). Si no hubiera Dios, entonces no habría pecado, porque no habría un ser perfecto que fuera la norma de lo que es recto.

El origen y las consecuencias del pecado

El primer caso registrado de pecado tuvo lugar en el cielo. El ángel Lucifer deseó ser igual a Dios (Isaías 14:12–14). Su pecado fue la soberbia (Ezequiel 28:15–17). Por ese pecado fue arrojado del cielo y vino a ser el Diablo. Por su tentación a la primera familia humana, introdujo el pecado en el mundo. Aquel pecado fue desobediencia a Dios (Génesis 2:16–17; 3:1–6). Al hombre se le tuvo por responsable del pecado, y fue juzgado conforme a ello (Génesis 3:16–24).

Se ve en Génesis 3 que los primeros seres humanos perdieron su comunión con Dios. El castigo que sufrieron fue la separación de su presencia. Por primera vez quedaron sujetos a la muerte física, que es la separación del alma del cuerpo. De inmediato experimentaron la muerte espiritual, que es la separación del alma de la comunión con Dios. Descubrieron la verdad de la clásica afirmación bíblica, “La paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). Paga es aquí sueldo, lo que ganamos y merecemos. “El alma que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18:4). La muerte sólo es la paga del pecado. Esta muerte incluye la muerte segunda (Apocalipsis 20:14), que es la separación eterna de Dios. Los pecados se registran en el cielo, y se usan como base para el juicio (Apocalipsis 20:12). El dinero, la oración, la asistencia a la iglesia y las buenas obras no podrán pagar la deuda del pecado.

Dios ama y recibe a los pecadores

Es asombrosamente cierto que un Dios santo, con todo su aborrecimiento contra el pecado, sigue amando al pecador. “Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). No se trata de “que nosotros hayamos amado a Dios, sino … que él nos amó a nosotros” (1 Juan 4:10). El mostró este amor al enviar a su Hijo unigénito para que El nos salvara (Juan 3:16). Es mediante la muerte de su Hijo por nosotros como Dios puede ofrecer perdón (Hechos 13:38; Efesios 1:7).

Este reconocimiento del pecado tiene que preceder a cualquier verdadero deseo de perdón. El salmista clamó: “Yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí” (Salmo 51:3). Suplicó purificación, y no negó nada de su ofensa contra Dios. El hijo pródigo dijo: “Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (Lucas 15:18). Nuestro Salvador contó la historia de dos hombres que oraron. Uno de ellos no se atrevía ni aún a levantar sus ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho y clamaba: “Dios, sé propicio a mí, pecador.” Jesús pronunció a este hombre justificado (Lucas 18:13–14). El Santo Espíritu de Dios obra para traer la convicción interna de pecado (Juan 16:8–11).

Dios llama a los pecadores al arrepentimiento

“No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento”, dijo el Señor Jesús (Lucas 5:32). La obra del Espíritu Santo de convicción de pecado trae a los hombres al arrepentimiento (Juan 16:8). El sencillo significado de esta palabra es “cambio de mente”. En las Escrituras, su uso involucra un cambio en la manera de pensar con la intención de apartarse del pecado, a fin de volverse a Dios. El llamamiento del Antiguo Testamento era “Volveos” (Zacarías 1:3). Es tan sólo la bondad de Dios lo que nos lleva al arrepentimiento (Romanos 2:4). No se trata el pecado a la ligera, sino que más bien se tiene dolor por él (2 Corintios 7:9–10). El arrepentimiento obra para traer un cambio genuino, a diferencia de las palabras vacías (Mateo 3:8; Lucas 13:3, 5; Hechos 26:20). La temprana predicación cristiana ordenaba a la gente que se arrepintiera (Hechos 2:38; 3:19; 17:30). Este no es un acto que nos haga ganar nuestro acceso a Dios, sino un reconocimiento de nuestra mísera condición. El arrepentimiento hacia Dios y la fe hacia nuestro Señor Jesucristo son actos que van juntos en una recta respuesta a Dios (Hechos 20:21). El arrepentimiento no es una obra que gane la salvación. Es una respuesta a Dios que reconoce la seriedad de la ofensa, y que desea cambiar (Isaías 55:7).

Necesidad de examen propio

Es importante saber que estamos perdidos si hemos de llegar a conocer a nuestro Salvador (Lucas 19:10). Esta condición de perdición se debe al pecado, del cual tenemos que arrepentirnos al volvernos a Dios.

Lista de examen propio

1. ¿Ha sido siempre generoso?

2. ¿Ha estado siempre exento de envidia y de codicia?

3. ¿Ha hecho siempre todo el bien que podía hacer?

4. ¿Ha sido siempre bondadoso y solícito hacia todos?

5. ¿Ha amado siempre a Dios de todo corazón, alma, mente y fuerzas?

6. ¿Ha amado Ud. siempre a los demás como a sí mismo?

7. ¿Ha sido siempre tan perfecto como el Señor Jesucristo?

Si la respuesta a cualquiera de estas preguntas es “NO”, la Biblia dice que Ud. es un pecador. Guardar toda la ley y ser culpable de una sola violación, es hacerse culpable de toda (Santiago 2:10). Una violación de la perfecta santidad de Dios hace que una persona sea pecadora.

El Señor Jesús vino “a salvar a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). El resultado y el poder del pecado son algo terrible. La posibilidad de la muerte segunda es algo que abruma y aterroriza. El salmista escribe: “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad” (Salmo 32:1–2).

Es bueno que la persona que profese ser cristiana, pero que practica el pecado como forma habitual de vida, se haga esta pregunta: “Si una persona no está salvada de sus pecados, ¿de qué está salvada?”