05 BUENOS ADMINISTRADORES DE LOS BIENES DE DIOS

“¿QUIEN ES EL MAYORDOMO FIEL Y PRUDENTE?”, preguntó nuestro Señor (Lucas 12:42). El dio respuesta a su propia pregunta con tres parábolas. Estas parábolas refirieron a un amo y sus siervos, un esposo y diez vírgenes esperándole, y tres siervos a quienes se les dio una cantidad de dinero para invertir (Mateo 24:45–25:30). En estas tres parábolas hay tres cosas en común. Primero, hay un Señor ausente, representando claramente al Señor Jesús. Segundo, hay personas que dejaron atrás sus responsabilidades. Estos son evidentemente los creyentes con obligaciones y oportunidades. Tercero, existe una necesidad de aguardar el retorno del amo y de estar debidamente preparado, así como deben estar los creyentes para la Segunda Venida de Cristo. El desafío y advertencia para nosotros como mayordomos es estar preparados para un juicio con nuestro Señor, quien vendrá y evaluará la forma en que hemos administrado lo que él confiadamente nos ha dado.

¿Qué es un mayordomo? es aquél que administra la casa o propiedad de otro. En el Antiguo Testamento significaba “alguien que administra una casa”. La posición del creyente es la de un administrador porque Dios es el dueño de todas las cosas. “Todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas” (1 Crónicas 29:11). “Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos” (1 Crónicas 29:14). “¿O qué tienes que no hayas recibido?” (1 Corintios 4:7). La clara respuesta es: “¡Nada!”. Además, el Señor nos ha comprado con su sangre preciosa (1 Pedro 1:18, 19). No somos dueños de nosotros mismos, porque fuimos comprados por precio (1 Corintios 6:19, 20). Por lo tanto, todo lo que somos y tenemos pertenece a nuestro Dueño. De este modo nosotros simplemente administramos para él todo lo que está a nuestro cargo y le damos una ganancia de su inversión. Nuestra administración es una prueba de: (1) nuestra fidelidad en dirigir nuestras responsabilidades con diligencia (1 Corintios 4:2); (2) nuestra honestidad en no desperdiciar o malgastar sus bienes de otra manera (Lucas 16:11); (3) nuestra productividad en traer una buena ganancia de la inversión (Mateo 25:20, 21); y (4) nuestra lealtad hacia él como nuestro Rey ausente (Lucas 19:13, 14). También tenemos que entender el principio de que los buenos administradores son recompensados y los malos son castigados o eliminados.

¿Qué es lo que administramos?

La vida en sí misma es una mayordomía sagrada. El Señor nos dio la vida, la cual de otra manera no la tendríamos. Todas las almas son suyas (Ezequiel 18:4). El es “el Dios de toda carne” (Jeremías 32:27).

Aparecemos como una neblina en la tierra y desaparecemos según él lo disponga (Santiago 4:14, 15). Por lo tanto, vivimos de acuerdo a su deseo, no según nuestra propia prudencia. Este simple conocimiento debe marcar en nosotros nuestras responsabilidades para con Dios. Por lo tanto, el creyente sabio presentará su cuerpo al Señor (Romanos 12:1). Rendirá cada miembro al servicio de Dios (Romanos 6:13). La mayordomía puede ser considerada bajo diferentes títulos.

1. TIEMPO. “En tu mano están mis tiempos”, exclamó un hombre piadoso (Salmos 31:15). El Señor puede determinar una duración de vida normal (Salmos 90:10). Puede acortarla (Salmos 102:23, 24). Puede prolongarla (Proverbios 10:27; Isaías 38:5). Dios nos aconseja que contemos nuestros días y que traigamos a nuestro corazón sabiduría (Salmos 90:12). Debemos “redimir el tiempo” (Efesios 5:16), usando cada momento con sabiduría. Las Escrituras enfatizan enormemente la brevedad de la vida, comparándola con la hierba, con las flores que se marchitan o con un cuento que se relata. La enseñanza es: usa tu tiempo para Dios, ¡no lo desperdicies!

2. TALENTOS. La palabra “talentos” en las Escrituras significa una cantidad de dinero, pero representa diferentes capacidades (Mateo 25:14–30). Inteligencia, habilidades especiales, aptitudes físicas y apariencia que fluyen de la provisión de Dios, aunque los hombres a menudo obtienen reconocimiento humano por estas capacidades. Los dones espirituales son dados a los creyentes para la edificación de otros en la iglesia (1 Corintios 12:4–7). Tenemos que usarlos para el bien general (1 Pedro 4:10). El desarrollo personal para intereses egoístas es contrario al propósito de Dios.

3. VERDAD. Somos “administradores de los misterios de Dios” (1 Corintios 4:1). Todo conocimiento espiritual, especialmente el conocimiento de Dios y el Evangelio, es una fe sagrada en un mundo de ignorancia y oscuridad. Cuando conocemos la Palabra de Dios somos como el padre de familia que poseía un tesoro (Mateo 13:52). Debemos compartir con otros el tesoro, y no acumularlo para nuestro propio beneficio.

4. TESORO. Hay una tendencia común aun entre los creyentes, de dar más importancia a las posesiones materiales que a los bienes espirituales. Dios o las riquezas tendrán dominio sobre nosotros. El Señor Jesús dijo que no podemos servir a ambos (Lucas 16:13). El dinero nos produce amigos cuando lo invertimos para fines eternos (Lucas 16:9). Sin embargo, puede convertirse en nuestro enemigo a raíz del mal uso y puede testificar contra nosotros (Santiago 5:1–3). El hombre rico que acabó en el infierno olvidó que fue sólo por un tiempo que las riquezas estuvieron a su cargo (Lucas 16:19–26). Todo el oro y la plata pertenecen a Dios, y no a los reyes adinerados de la tierra (Hageo 2:8). Los millares de animales en los collados pertenecen a Dios, y no a los ricos hacendados (Salmos 50:10).

Debe ponerse especial atención al asunto de ofrendas materiales al Señor (Exodo 35:5, 22). Debemos reconocer que la ofrenda no es una donación. Es la presentación de una porción representativa de lo que Dios bondadosamente ha puesto en nuestras manos. Aquí, Dios observa cuidadosamente nuestra mayordomía como lo vemos en Marcos 12:41–44, cuando Jesús está observando al pueblo mientras echa dinero en el arca. El dijo que una viuda pobre, que sólo tenía dos monedas, había echado más que todo el resto porque de su pobreza dio todo lo que tenía, mientras que los demás dieron de su abundancia. Hay varios principios que deben gobernar nuestra mayordomía.

a. Principio de Primicias (Proverbios 3:9, 10). Así como el primer grano de la cosecha fue dado para Dios, así también la primera parte de nuestro ingreso debe ser separada para él. Obviamente, con este método, no se nos acabará el dinero antes de que le demos a Dios lo que le pertenece.

b. Principio de Sacrificio (2 Samuel 24:24). Si no nos cuesta nada, entonces no se lo demos a Dios. Las sobras u ofrendas inferiores insultan a Dios (Malaquías 1:8). Notemos el ejemplo del Señor Jesús como un dador sacrificado (2 Corintios 8:2–15).

c. Principio de Adoración (Mateo 26:7–13; Marcos 14:3–9; Lucas 7:37, 38). En dos diferentes ocasiones, vinieron mujeres al Señor Jesús y le ungieron con perfume costoso como un acto de devoción. Esto fue considerado más valioso que una ofrenda para los pobres. Todas las ofrendas deben ser un acto de adoración espiritual, el privilegio de los santos de Dios. A las personas algunas veces les da la impresión de que Dios está siempre necesitado o carente de recursos. A Jesús nunca se le conoce por haber tomado una ofrenda pública o por haber solicitado fondos en alguna de sus reuniones. Los discípulos “le servían de sus bienes” (Lucas 8:3). Los primeros obreros cristianos “salieron, sin aceptar nada de los gentiles” (3 Juan 7). Lamentablemente, las generaciones posteriores han seguido siempre el ejemplo de ellos.

¿Qué es el diezmo?

Hemos visto que Jesús consideró que la viuda había dado proporcionalmente más que todos los demás contribuyentes. Sin embargo, por cientos de años, muchos creyentes han usado el diezmo (o décima parte) como una norma mínima. ¿Cuál es la práctica hoy día? Veamos la historia del diezmo:

1. Los diezmos se dieron antes de la Ley de Moisés (Génesis 14:20; 28:22).

2. Los diezmos se dieron bajo la Ley de Moisés (Levítico 27:30; Números 18:21–28; Deuteronomio 12:6, 11, 17). Al final del período del Antiguo Testamento, la práctica del diezmo fue condenada por Dios como un robo (Malaquías 3:8–10; Hageo 1:4–6). En el tiempo de los Evangelios, el diezmo fue practicado, aunque por justicia propia (Mateo 23:23; Lucas 11:42; 18:12).

3. La ofrenda después de Pentecostés (el inicio de la iglesia de Cristo), está claramente sobre un principio diferente porque en los Hechos o en las Epístolas no se menciona al diezmo. En 1 Corintios 16:1, 2, se le manda a los creyentes a dar regularmente (“el primer día de la semana”), inclusivamente (“cada uno de vosotros”), sistemáticamente (“separar para él”), y proporcionalmente (“según haya prosperado”).

El amor y agradecimiento a Cristo y no a la ley mosáica o el ejemplo de los santos del Antiguo Testamento, deben ser la motivación del cristiano para ofrendar. El sacrificio de Cristo al dar su vida en la cruz es nuestro ejemplo. Nuestra motivación debe ser la guía íntima del Espíritu, y no la presión externa de una norma establecida. Esta es una motivación distinta, pero no menor en valor. ¿Debería un cristiano que está bajo la gracia hacer menos que un judío que está bajo la ley? La ofrenda de sacrificio bajo la nueva norma debe sobrepasar a la antigua y no ser menor que ella. La ofrenda es para Cristo, no para proyectos, personas u organizaciones, aunque puede ser canalizada por medio de la iglesia local o dirigida por personas piadosas.

He aquí algunas indicaciones para la administración del dinero: Ore cuando tenga que ofrendar, en lugar de decidir impulsivamente. Consulte con creyentes maduros y sabios. Lea cuidadosamente revistas o reportes misioneros. Sea responsable en el trabajo de su iglesia local. No piense que la llegada de cartas o solicitudes radiales son necesariamente la voz de Dios para que ofrende. Brinde su apoyo a aquellos que verdaderamente esperan en Dios para sus necesidades y no están solicitando recursos. Evite dar a aquellos que invierten demasiado en gastos promocionales, publicaciones lujosas u oficinas costosas. Evite especialmente a aquellos que usan técnicas manipuladoras, tales como tratar de conseguir dinero usando fotografías de niños hambrientos o prometiéndole una recompensa económica por sus ofrendas.

¿Cómo debemos administrar el dinero?

Es impresionante el gran énfasis del Nuevo Testamento en cuanto a la fidelidad. Es el mayordomo fiel quien es alabado (Mateo 25:21–23). Es el siervo fiel quien es apreciado (Colosenses 1:7; 4:7, 9). Jesús dijo: “El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel” (Lucas 16:10). Dios usa frecuentemente lo pequeño para probar nuestra disposición para administrar lo grande. Las cosas materiales prueban nuestra responsabilidad en las cosas espirituales (Lucas 16:11). Las responsabilidades terrenales determinan nuestra capacidad para las responsabilidades eternas (Lucas 19:17, 19). Además, cuanto más se nos dé para administrar, tanto más responsabilidades tendremos para con Dios (Lucas 12:48).

¿Qué es lo que estorba nuestra mayordomía? El egoísmo mata nuestra disposición de compartir nuestras vidas con otros. Ambicionamos en lugar de estar satisfechos con lo que Dios nos ha dado. Nos enorgullecemos en lugar de reconocer humildemente que todo lo que tenemos es un regalo de Dios. Somos desagradecidos en lugar de tener un espíritu de alabanza y gratitud. Estamos temerosos y afanosos en lugar de confiar en nuestro Padre quien conoce nuestras necesidades y promete sustentarnos. Somos de visión tan limitada que sólo ponemos la mira en las cosas temporales y no en las cosas del eterno reino de Dios.

Conclusión

Cada administrador debe esperar la evaluación de sus superiores. Así es con el creyente delante de Dios. “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el Tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2 Corintios 5:10). Este juicio es para evaluar nuestra vida y servicio como mayordomos. No es un juicio sobre nuestros pecados. El administrar nuestras vidas y los bienes de Dios es igual que construir una casa sobre un fundamento. Aquel fundamento es Jesucristo y su obra consumada en la cruz (1 Corintios 3:11). Nuestra labor es construir sabiamente sobre aquel fundamento. Si lo hacemos bien, recibiremos recompensa. Si no, sufriremos pérdida (1 Corintios 3:14, 15). ¿Cómo está usted administrando lo que Dios le ha confiado?